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Arte e Ideas

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El Cuévano? de los Cuevas

El pez globo o botete, manjar para los japoneses, se vende como ceviche en Sinaloa.

Los cuevarios, famosos en el siglo pasado, se han convertido en el Cuévano de la familia Cuevas, pues el sainete que se ha dado en los últimos días entre las hijas, la madrastra y el pintor, es digno de una historia de Jorge Ibargüengoitia.

Yo, en lo personal, estoy preocupado. No tanto por la relación de José Luis con Beatriz del Carmen, sino por la de Martha Mónica conmigo. Me explico: en la semana, mientras mi esposa filmaba para los medios de comunicación un video sobre lo bien que me cuida, dándome con popote un poco de té de floripondio para combatir mi deshidratación, sonó el teléfono.

Papá, papá decía una voz angustiada del otro lado del auricular , ayúdame, me tienen…

¡Carajo! la interrumpí furioso pero en voz baja, cuidando que mi esposa no se diera cuenta , te he dicho que no me llames aquí.

Papá, papá… alcanzó a repetir de manera lastimosa.

No me importa lo que me tengas que decir. No vuelvas a llamar a esta casa dije con firmeza y colgué.

¿Quién era? preguntó Martha Mónica.

Nadie mentí.

Nadie no habla por teléfono respondió molesta.

Está bien, era una de mis hijas.

Carlos Marcial, pero si tú no tienes hijas.

Por eso, mujer, Nadie me hablaba.

Ah, muy bien, pues que Nadie no te vuelva a llamar dio por concluidos la charla y el video sobre nuestro amor, saliendo de la habitación para prepararme otro té.

En esos momentos de soledad, sin embargo, mientras intentaba calmarme, inhalando y exhalando oxígeno de un tanque, recordé lo que me dijo una señora con quien llegué a compartir alguno de mis 650 encuentros eróticos antes del 2000 y que, desde entonces, no la he vuelto a ver.

Marcial, esa bruja te está dando toloache. ¿Dónde quedó ese gato macho que nos volvía felices a las mujeres que teníamos la fortuna de conocerte? ¿Dónde, ese muchacho rebelde que enfrentó a la generación de escritores anterior a la suya? ¿Dónde, ese hombre que convertía a los dementes en obras de arte, que gozaba con las corridas de toros e, incluso, practicaba el toreo de sombra? ¿Dónde? ¿Dónde?

Y aunque en aquel instante pensé que mi amiga llevaba razón e, incluso, casi me convence que los frutos de algunas daturas, sobre todo las que tienen flores que se llaman Trompetas de ángel o del diablo, según sea el caso, poseen la burundanga necesaria para hipnotizar a la persona que la consume y, a la postre, que no recuerde nada de lo que le ordenaron que hiciera, dicha charla se me olvidó por completo al regresar a casa y encontrarme con la bellísima, culta e inteligente Martha Mónica.

Cansado de tanto recordar, decidí encender la televisión. No, por el momento nadie comentaba en pantalla algo de mí o de mis novelas, cuentos, ensayos, etcétera; en cambio, iniciaba un documental en el que se dice que el pez globo, o bien, el botete, además de ser un manjar en las mesas de los japoneses, y un buen ceviche en los mercados de Sinaloa y Nayarit, es utilizado en el vudú para crear zombis y, justo cuando pensaba hablarles a mis hijas para disculparme por lo mal que las he tratado, Martha Mónica entró a la habitación y me dijo que ya dejara de hacer el tonto, pues debíamos ir a una comida en casa de uno de sus hijos y que Arturito, el mayor, estaría feliz si le obsequiaba las regalías de mi más reciente libro.

Pero tú, Martha Mónica, no tienes hijos.

¡Qué! respondió furibunda.

Y antes de hacerla enojar más, tan sólo atiné a decir:

Es broma, mi amor, mi vida. Yo también creo que es un excelente regalo para Arturito. Es más, creo que lo más conveniente sería obsequiarles a tus otros hijos los derechos de todos mis libros, pues quiero que me consideren un padre ejemplar.

Martha Mónica sonrió entonces de manera angelical, me dio un picorete en la boca, además de un sorbito de ese té de floripondio que tanto me gusta.

marcial@ficticia.com

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