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Arte e Ideas

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Dolores

El Barrio Chino de la Ciudad de México.

La mejor entrada a la calle de Dolores, Barrio Chino de la Ciudad de México, es por la avenida que abre El Complot Mongol, la novela de Rafael Bernal. Yo, que no soy chino, pero que me decían El Chino por mis ojos rasgados, por mis cachetes de luna llena, llegué a ésa, mi imaginaria patria, por dicho portal.

Pero cuando se traspone la ficción, la realidad no tiene símil con aquello que se entumece en la creencia: los garitos en donde el naipe es palabra de honor, y los fumaderos de opio paz fresca para el alma, droga perfecta para el cuerpo?maduro , no encuentran en dicho rumbo asidero para la aventura.

Es fácil, sin embargo, pensar que ahí, a unos pasos de tal escalera, en ese segundo piso?de fachada ruinosa, atrás de aquel restaurante o en la bodega aquella de especies orientales, viejos jugadores apuestan en una sola carta su alma al diablo y, por supuesto, la pierden. Y también que, esclavas de piel arena, alquimia para enloquecer al más cuerdo de los hombres, son más que quimeras.

No fue sino en el año 4690, según el calendario lunar de los chinos, que caminé por primera vez a lo largo de la corta Dolores, que viví el retorno de mi improbable exilio. El motivo lo merecía: había que enfrentar el paso de Nie, ese animal feroz, furioso, devorador de humanidades, que determina el suceder de un ciclo a otro. Y como el puente fue benévolo, pude observar en puertas, postes y fachadas de Dolores, las telas rojas con las que se alejan a los malos espíritus y dan mensajes de felicidad, y los festejos con marionetas, óperas y danzas de leones y dragones.

Después, mi retorno al Barrio Chino ha sido por el pasaje de otra novela, Un hilito de sangre, de Eusebio Ruvalcaba y, posteriormente, a través del guión cinematográfico de Alejandro Lubezki. Es decir, aquella Dolores lóbrega, achacosa, húmeda, de raros espejismos imaginarios más que reales, se había convertido en coto creativo en el que abrevaban dos de mis amigos.

Si Eusebio y Alejandro eran capaces de transformar lo ordinario de una calle en toda una colonia de misterios, de tesoros invisibles, había que retomar su cartografía y volver a Dolores. El viaje sucedió en otra fecha clave: cuando la Gran Bretaña regresó Hong Kong a China. En aquella ocasión le hablé por teléfono a mi médico de cabecera, el doctor Enrique Eng. Le dije que lo invitaba a brindar con nuestros parientes lejanos, a comer en El 4 Mares, el restaurante de Lyn May, aquella vedette con la magia negra de Circe, el baile candente de Sela y el exotismo de Turanga Ni Lasakau.

Eng aceptó. Pero no acudió a la cita. Entre nosotros, los de rasgos orientales, hay una memoria colectiva que nos invita a negar nuestra ascendencia. Sin embargo, aquel día infausto para la Ciudad de México, Mónica, Melisa, Diego el Alto?y yo nos adentramos al Barrio?Chino con el firme deseo de si no conocer a Lin May, sí beber alguno de sus famosos brebajes.

Y digo infausto porque la celebración buscada fue una de las más grises que se tenga memoria. Por la mañana, Dolores agonizaba carnes abiertas: las baldosas que dan entrada a la calle estaban fuera de su sitio y a espera de ser recolocadas, de tal suerte que era difícil caminar hasta El 4 Mares. Por la tarde, hora en que iniciarían los festejos, empezó a llover y, peor aún, a mancharse la ciudad con la ceniza de la más fuerte erupción de los últimos tiempos del Popocatépetl. Vamos, Nie no nos devoró, aunque sí ensució la devolución de Hong Kong.

Desde entonces no he regresado al Barrio Chino. Me he conformado con los cafés que se han extendido como conejos a lo largo de Avenida Revolución, con una lavandería a la que llevo mi ropa y con ver la hora de vez en cuando en el reloj de Bucareli que, por cierto, no es chino, sino otomano. Pero sé que Dolores está ahí con sus imágenes que invocan sueños perdularios, aventuras de una realidad inexistente.

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