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Arte e Ideas

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De formas y reformas: avenida, que no paseo

En un principio, la construcción del Paseo del Emperador obedeció a fines prácticos y de mucha atención a nuestro nuevo jefe de Estado.

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Nada necesita tanto una reforma como las costumbres ajenas. De las leyes y las calles no estamos tan seguros. Porque más allá de la geografía literaria, todas las historias personales, familiares, colectivas cambian cuando desaparece una esquina, se pierden bajo capas de cemento y se destruyen cuando son intervenidas. (Todo ello por no mencionar el horror de ver convertido un parque en estacionamiento o desaparecida una cuadra completa). Y entonces, ¿qué?

Enterarse. Para que después con conocimiento de causa podamos protestar o lamentarnos.

Brevemente narrada, escribe Salvador Novo en 1968, la historia del Paseo de la Reforma es la siguiente: se inauguró en 1865, durante el imperio de Maximiliano, quien mandó construir una nueva avenida trazándola sobre terrenos que se consideraban como ejido de la ciudad (nombre que hasta hace poco conservó una calle que hoy recibe el nombre de Avenida Juárez), del Caballito al Monumento a la Revolución. Hasta 1867 se llamó Paseo del Emperador o Paseo de la Emperatriz.

Lo que no cuenta Salvador Novo es que, en un principio, la construcción de aquel magnífico paseo obedeció a fines prácticos y de mucha atención a nuestro nuevo y flamante emperador. Maximiliano de Habsburgo y su esposa Carlota engañados y engañando habían llegado a México en 1864, llenos de ilusiones, para establecer un gobierno y llevar una vida a la usanza de las grandes cortes de Europa. Cuando hubieron de decidir dónde vivir se instalaron en el castillo de Chapultepec donde estaba el Colegio Militar y decidieron remodelarlo. Pero el ancho Valle del Anáhuac, la Ciudad de México desde aquel entonces no era ni chica, ni de fácil transportación.

Escribe el ingeniero Manuel Aguirre Botello: Mientras tanto Maximiliano se veía precisado a despachar sus asuntos de gobierno en el Palacio Nacional ubicado en el Zócalo, en el centro de la ciudad... y allí comenzaron los problemas (...) Para que Maximiliano pudiera trasladarse desde el Palacio Nacional hasta su casa, tenía que llegar primeramente hasta la Glorieta del Caballito. Las calles a recorrer en este primer tramo, tenían los siguientes nombres en orden consecutivo a partir de la Plaza Mayor: Plateros, La Profesa y San Francisco en el tramo que hoy conocemos como Madero y la Calzada del Calvario, para el tramo que hoy conocemos como Avenida Juárez. (...) El último tramo, que se tomaba una vez que el carruaje llegaba a los arcos del Acueducto y medía 2.5 kilómetros, quizá fuese el más conflictivo y el que diera más problemas en época de lluvias. Después (...) Maximiliano llegaba a la base del cerro del Chapulín y solamente restaba que ascendiera por el camino renovado que conducía hasta la puerta del castillo. Este tramo final representaba alrededor de 750 metros, con lo que el trayecto total desde la Plaza Mayor hasta la entrada del Castillo habría sido de casi seis kilómetros en total, que en condiciones normales y a buen paso del carruaje impulsado por briosos corceles debiera representarle un poco más de una hora de camino.

No es extraño entonces, como bien puede atestiguar usted, lector querido, que el emperador decidiera construir un camino que de verdad fuera recto, pasara en línea recta sin importar los sembradíos y las haciendas ganaderas y le hiciera más rápido el trayecto y más efectivo su trabajo. Eso decidió el monarca y así se hizo. (Práctico y curioso porque ahora resulta que sí. Que desde la primera piedra del Paseo de la Reforma, la idea, como dicen ahora, era la movilidad ante todo).

Todas los deseos estaban listos y el deseo incólume en la voluntad del monarca. Pero ya se sabe: de la idea al hecho hay muchísimo trecho y también desde entonces la efectividad, los planes y el dominio del terreno no eran una tarea ni fácil ni rápida. Sobre todo porque el plan del emperador no era tan sólo construir un camino aplanado, con pavimento y directo, sino también una obra grande, con un gusto exquisito en el diseño, una empresa magnífica con las últimas tendencias del arte urbano y los materiales más novedosos. Incluso una que le diera una y mil vueltas de gloria al Paseo de los Campos Elíseos de París.

Maximiliano, en una de sus artísticas ensoñaciones convocó a un grupo de expertos: Carl Gangolf, el arquitecto Ramón Rodríguez Arangoiti y algunos artistas de la Academia de San Carlos, Felipe Sojo, Miguel Noreña y Santiago Rebull. Las características solicitadas quedaron muy pronto establecidas: una calzada de espectacular amplitud, glorietas ornamentadas con vegetación colorida pero elegante, camellones arbolados y fuentes en los retornos para indicar y aligerar el paso. Solamente faltaba el encargado del proyecto de la construcción, pero la pareja imperial no tardó en hallarlo: el ingeniero en minas austriaco Luis Bolland Kuhmackl. (Se cuenta que la designación del ingeniero Bolland fue tan adecuada que hasta se voló las bardas de la imaginación de su Alteza Real pues proyectó una vía monumental que tendría dos calzadas de nueve metros de ancho y dos camellones laterales también de nueve metros cada uno, que contendrían una doble fila de frondosos árboles y áreas verdes).

Manuel Aguirre Botello, nos cuenta el muy triste y primer desenlace: El ritmo de la construcción en los distintos frentes de la obra fue verdaderamente febril durante el período comprendido entre 1864 y 1865, pues Maximiliano tenía especial impaciencia por ver terminada la calzada (...) pero no fue sino hasta el correr del año 1866, cuando la emperatriz Carlota Amalia tuvo la satisfacción de ver concluida la primera sección de dicho paseo y que en su honor Maximiliano bautizó con el nombre de Paseo de la Emperatriz. Esta vía inconclusa, por lo pronto, no conducía a ninguna parte y se convirtió en un paseo ecuestre de elite, para uso exclusivo de la corte imperial.

La avenida, nuestro primer proyecto grandilocuente de calzada, tuvo que suspenderse por un tiempo. Permanecer inacabada y cerrada, con todos los bártulos estorbando e impidiendo el paso como sería (y es) habitual durante un tiempo. Mientras Maximiliano era capturado y fusilado en Querétaro, los conservadores vencidos, la república restaurada y Juárez otra vez nombrado presidente.

Faltaba solamente un poco para que las reformas y la Reforma dejaran de ser sólo un capricho, una opinión particular.

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