Lectura 4:00 min
Colombia: tan cercana al corazón y mente
No mucho nos separa de Colombia. Mucha menor separación es la que hay respecto de pasión y formas de enfrentar la vida; más bien allí estamos muy cercanos. Más de lo que pudiéramos imaginar, como no lo tuvo que imaginar, por ejemplo, Antonio López de Santa Anna que hizo de Cartagena y de Turbaco tierra de acogida, luego que de su país fuera echado a patadas y terminó en Colombia las dos veces.
Lo que mis ojos no vieron lo vieron otros ojos. Donde mi corazón no estuvo otro se exaltó de dicha o de dolor, G. J. Franco: Poética
No mucho, en términos de territorio, nos separa de Colombia. Mucha menor separación es la que hay respecto de pasión y formas de enfrentar la vida; más bien allí estamos muy cercanos. Más de lo que pudiéramos imaginar, como no lo tuvo que imaginar, por ejemplo, Antonio López de Santa Anna (mexicano, aunque nos duela decirlo) que hizo de Cartagena y de Turbaco tierra de acogida, luego que de su país, dos veces, fuera echado a patadas y terminó en Colombia las dos veces.
Y quizá sea por esa cercanía no territorial, sino pasional, que Eduardo Cruz Vázquez (pasión e inteligencia plenas) tuvo la osadía de acercarse a Colombia -no en su carácter de conquistador, sino sólo de aventurero y diplomático- a buscar El Dorado. ¿Y qué fue lo que encontró?
Encontró, claro, no la utopía de la tierra pródiga y rica, en donde la vida no tiene fin ni principio y la riqueza rueda de las manos en términos de joyas y metales preciosos, sino que sólo encontró a lo mejor lo que andaba buscando: música rica y variada, alcohol de todo tipo, una vida cultural y educativa llena de enseñanzas, amistades de esas que pocas veces se encuentran y algo que a Eduardo -como a todo ser cargado de pasión- nunca le puede faltar: mujeres de una belleza y un calor fuera de lo común (no utopías, realidades de carne y hueso).
Es así que usando como excusa el correo electrónico, en este libro uno va recorriendo, indistintamente, lugares geográficos, una historiografía llena de singularidades (en donde uno, por ejemplo, se pregunta qué hubiera pasado en la Colombia del siglo pasado si ella, como nuestro país, hubiera tenido una revolución agraria: ¿su violencia hubiera sido la misma a la que aún la sigue agobiando?), amistades (el club de Toby) que todos hubiéramos querido tener, la música pegajosa y cálida del vallenato, la cumbia, la rumba, que lo mismo se da en los valles, que en la montaña y en la costa, y mujeres de una belleza de físico y de corazón que hoy son también signo indeleble de ese país bolivariano que, quienes hemos tenido la suerte de conocerlo y no somos de allí, de inmediato lo sentimos como una segunda patria, y encontró ron también, sí, como el Medellín (¡Sin mi medallo, no me hallo!), para darle a uno ánimos toda la vida.
Encontró, también, a mexicanos perdidos (la nieta de Gilberto Owen) y declaraciones trascendentes como las de Rulfo en entrevistas archivadas de radio y televisión.
No en balde, pues, Eduardo, como todo aventurero pertinaz y obstinado, quisiera estar esta noche, seguramente, no entre nosotros, sino ubicado por ejemplo en el Carnaval de Barranquilla, navegando quizá en la proa de la embarcación que pasea a las bellas mujeres que concursan para ser Reina Nacional de su país y que todas ellas son verdaderas beldades, pues, como refiere Eduardo citando al periodista Héctor Abad: No he visto un país con tantos tipos feos, desagradables, flacuchentos, desabridos, toscos, bigotudos, habladores de futbol, entecos, contrahechos, borrachos, pobretones, haraganes, raquíticos, sosos, incultos, al lado de semejante desfile continuo de mujeres bonitas [...] De ahí que no sea raro que, al revés, las mujeres colombianas sean tan majestuosas, tan despampanantes, incluso tan operadas (se mandan hacer colas de pavorreal artificiales en el pecho, en los labios y en las nalgas) para poder competir por los pocos hombres decentes que hay en el mercado .
Y eso y más, mucho más, lo lleva a uno a emprender la búsqueda de El Dorado, en ese país, que como bien lo pinta Eduardo en su libro, parece inacabable dada sus bellezas naturales y humanas.