1. La población mundial, medio siglo después

En los años 60, las previsiones catastrofistas sobre el exceso de población crecían de un modo incontrolado. En 1968 se publicó The Population Bomb, libro en el que Paul Ehrlich anunciaba el inminente colapso de la humanidad, incapaz de alimentar a su población. El libro del biólogo de Stanford se convertiría en la biblia de los predicadores del control de población, apoyados con millones de dólares aportados por fundaciones y organismos internacionales. Cincuenta años después, la población mundial ha seguido creciendo y está mucho mejor que entonces.

Los pronósticos de Ehrlich y demás “expertos” que hace medio siglo decían que la Tierra ya no podía sustentar a la población mundial, han resultado fallidos. En 1968 el planeta tenía 3,550 millones de habitantes, que crecían a un ritmo del 2.09% anual. En 2017 la población se ha más que duplicado hasta los 7,630 millones, y el crecimiento demográfico ha descendido a la mitad (1.09%). Y no solo hemos sobrevivido, sino que estamos mucho mejor que en 1968, incluso los pobres.

Según las voces pesimistas de entonces, la humanidad estaba al borde del abismo por tres amenazas. La primera era la escasez de alimentos frente al rápido aumento de la población: como la superficie de las tierras cultivables es limitada, el desbordamiento demográfico llevaría a una hambruna sin precedentes. El mismo Ehrlich aseguraba que la batalla por alimentar a la población mundial estaba ya perdida entonces, y que en la década de los 70, cientos de millones de personas morirían de inanición. La India era ya un caso de país irrecuperable, que nunca sería autosuficiente en alimentos. Todos los indicadores básicos del bienestar muestran una evolución positiva en las últimas cinco décadas.

Después vino “la revolución verde” de Norman Borlaug, que multiplicó la productividad agrícola, y más tarde los cultivos transgénicos. Gracias a estas innovaciones, aunque la población mundial se ha duplicado, la producción de alimentos per cápita ha superado de manera constante y significativa el crecimiento de la población.

Aun así, la FAO estima que todavía hoy unos 800 millones de personas sufren desnutrición crónica, cifra que no ha variado mucho a pesar del aumento de la población. En países que son autosuficientes en producción alimentaria, hay gente que pasa hambre, pero por falta de poder adquisitivo. En otros el problema es la guerra o catástrofes naturales.

Según el último informe sobre seguridad alimentaria, presentado por la FAO este año, en 10 de los 13 países más afectados por la escasez de alimentos hay enfrentamientos armados. En otros, el problema es la mala gestión política, como en la Venezuela chavista.

2. Problemas de desigualdad:

Lo que ha cambiado también es el tipo de problemas alimentarios, entre ellos, el aumento del consumo mundial de carne, un problema de ricos. Se acaba de publicar en la revista Science el mayor estudio internacional sobre el impacto de la ganadería en el medio ambiente, basado en los datos de casi 40,000 granjas de 119 países. El estudio, dirigido por Joseph Poore, de la Universidad de Oxford, concluye que mientras la producción de carne y lácteos proporciona el 18% de las calorías y el 37% de las proteínas de la alimentación humana, utiliza la gran mayoría de las tierras agrícolas (el 83%) y provoca el 60% de las emisiones de efecto invernadero causadas por la agricultura (The Guardian, 31-05-2018).

El estudio mide el impacto de 40 productos, que suponen el 90% de lo que se come, en lo que respecta al uso de tierras, emisiones de efecto invernadero, consumo de agua y polución del agua y del aire. Y afirma que comer menos carne es el modo más sencillo de reducir la “huella carbónica” de una persona sobre el planeta. Mucho más decisivo que comprar un coche eléctrico.

También revela que hay muy diferentes modos de producir la misma comida y también la carne, lo que da un margen para una reducción de los efectos sobre el medio ambiente, sin necesidad de hacerse vegetariano. También el demógrafo francés Hervé Le Bras señala que “hoy se produce el doble de las calorías vegetales que las que se consumen, ya que esas calorías vegetales alimentan a los animales que nos aportan calorías animales. La mitad de la producción actual de cereales se destina a los animales domésticos”. En cualquier caso, son los países ricos los que deberían modificar su dieta, ya que en los países pobres se come mucha menos carne, si se come.

Otro problema crónico es el despilfarro de alimentos, pues se tira o estropea entre un cuarto y un tercio de lo que se produce.

3. Los recursos se crean

La segunda amenaza que señalaban los agoreros de los años setenta era el agotamiento de los recursos. El libro apocalíptico sobre el tema fue Los límites del crecimiento. Informe al Club de Roma (1972), realizado por expertos del MIT (Meadows y otros) y que vendió la asombrosa cantidad de cuatro millones de ejemplares en todo el mundo. Su tesis principal era que si el incremento de la población mundial y la explotación de recursos naturales se mantenían al ritmo de entonces, los recursos se agotarían antes de cien años. Según sus cálculos, a estas alturas de 2018 ya se nos habrían acabado el aluminio, el plomo, el cobre, el petróleo, el zinc, el estaño… Como solución proponían un “crecimiento cero” o “estado estacionario” de la economía y de la población, para no agotar los recursos.

El diagnóstico de Los límites del crecimiento venía avalado por ese respeto mítico que entonces tenían los primeros programas de simulación por ordenador. Pero si algo hemos aprendido en el medio siglo posterior son los límites de las predicciones. No solo seguimos teniendo petróleo o aluminio, sino que en ciertos recursos tenemos más que en 1972. Y es que las previsiones basadas en el concepto de reservas conocidas de un recurso natural son engañosas por dos razones. Primera, porque la cantidad de reservas nunca es fija, ya que los recursos se buscan y se encuentran cuando son necesarios. Segunda, porque aunque se conozca la cantidad de reservas, el inventario actual no dice lo que se podrá utilizar en el futuro, lo que depende del precio que alcance el recurso. Así, el aumento del precio de los combustibles sólidos puede hacer rentable la extracción de gas y petróleo por fracking.

En un mundo que siempre había considerado el crecimiento económico como un signo de progreso, la recomendación del “crecimiento cero” fue polémica. Pronto se vio que bastaba hacer cambios mínimos y realistas en las hipótesis para que el modelo diera conclusiones más optimistas. Por otra parte, también hemos aprendido a utilizar los recursos de manera más eficiente, como se ha visto en las medidas de ahorro de energía. Y el recurso más inagotable es la inventiva humana, que siempre descubre nuevas posibilidades donde antes no las veíamos.

4. La degradación de la naturaleza

Como ni las hambrunas ni el agotamiento de los recursos se han cumplido, el maltusianismo ha acentuado más bien la tercera amenaza: la progresiva degradación de la naturaleza. El cliché típico occidental transmite la imagen de un mundo desarrollado, con una natalidad “civilizada”, frente a un Tercer Mundo con una natalidad desbordante, que le impide salir de la pobreza y le fuerza a esquilmar el medio ambiente. La “capacidad de carga” del planeta para sostener a su población estaría llegando al límite. Desde este punto de vista, el control de la natalidad se convierte en el principal objetivo, teñido de acentos ecologistas de respeto a la naturaleza, o de defensa feminista de los “derechos reproductivos”, aunque en la práctica se trata de que no se reproduzcan tanto.

En realidad, el problema ambiental no es tanto el número de habitantes como su nivel de consumo. Para los países del Norte rico, señala Hervé Le Bras, denigrar la exuberante natalidad de los pobres “es un modo cómodo de no cuestionar su propio modo de vida y su consumo. Al incriminar a los países del Sur porque tienen más hijos, los países ricos les dicen en realidad que no tienen derecho a contaminar y a consumir como nosotros lo hemos hecho”. Esta percepción ha condicionado las negociaciones internacionales para luchar contra el calentamiento global. Se comprende que los países, como China e India, que quieren dejar atrás la pobreza, exijan a los países ricos que proporcionen los recursos económicos para que la defensa del medio ambiente no sea a costa de su desarrollo.

Este enfoque que perpetúa la distinción entre el Norte rico y el Sur pobre pierde de vista que la división entre países desarrollados y subdesarrollados no es estática. Hace cincuenta años nadie hubiera considerado a China como una potencia económica mundial, y hoy lo es. Con el paso del tiempo, cada vez hay más países de clase media, que han franqueado un umbral mínimo de renta y de desarrollo.

5. Conclusiones: hemos ido a mejor, por tanto la iniciativa es regresiva.

Si la medida del avance o del retroceso es el bienestar de las personas, es indudable que en el último medio siglo ha habido un gran progreso mundial. La esperanza de vida está creciendo en casi todas partes, y para los nacidos en 2015 era de 69 años en los hombres y 73 en las mujeres. Por supuesto, las diferencias regionales continúan pesando: mientras que la esperanza de vida en 29 países de renta alta es de 80 años o más, en 22 países en desarrollo, todos ellos africanos, apenas roza los 60, pero son estos los que han logrado más ganancia.

Como se ve en los Objetivos de Desarrollo del Milenio, fijados el año 2000 con el horizonte en 2015, el alza de la esperanza de vida se debe en gran parte al descenso de la mortalidad de los menores de cinco años, que en el periodo 2000-2015 se redujo de 100 a 50 por mil; y del descenso de la mortalidad materna, que se redujo en un 45%. La tasa mundial de escolarización en la enseñanza básica ha subido hasta el 91%, aunque no en todos los países hay que identificar escolarización con aprendizaje efectivo. También en casi dos de cada tres países se ha alcanzado la paridad de sexos en la enseñanza primaria. La meta de reducir a la mitad (respecto a 1990) la proporción de personas con renta inferior a 1.25 dólares diarios se alcanzó en 2010, si bien este índice de pobreza extrema es un tanto arbitrario.

En suma, todos los indicadores básicos muestran una evolución positiva en las últimas cinco décadas, tanto en el Norte como en el Sur. Es verdad que también hay “Estados fallidos” que no proporcionan a sus ciudadanos un mínimo de seguridad material, pero suelen coincidir con países donde hay conflictos armados.

*El autor es Máster y Doctor en Derecho Económico. Profesor Investigador de las Facultades de Negocios, Derecho y Políticas Públicas de la Universidad De La Salle Bajío, consultor de varios gobiernos estatales en materia económica, autor del libro El derecho de la competencia en tiempos de crisis, Profesor de Competencia Económica en la Facultad de Gobierno y Economía de la Universidad Panamericana, colaborador de diferentes medios periodísticos nacionales e internacionales