Hemos llegado a cuarta semana de las campañas políticas con dos sorpresas. La primera: el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) permitió la inserción de Margarita Zavala y Jaime Rodríguez Calderón en la boleta electoral.

El manejo político del TEPJF es evidente; independientemente de las razones de técnica jurídica, el punto es que se está premiando la trampa. Que el Tribunal a estas alturas tenga problemas de credibilidad es un factor ominoso que hace prever que, en el caso de impugnación de resultados, la autoridad judicial no será imparcial y se escudará en argucias legales para favorecer al mejor postor. La otra sorpresa es el abierto rifirrafe entre Carlos Slim y AMLO.

La campaña de lodo no es sorpresa. La última ocurrencia ha sido acusar a López Obrador y a su esposa de lavado de dinero. Llevamos meses viendo que Anaya ha sido torpedeado por un presunto tráfico de influencias. Los dueños de la guerra sucia están tan entretenidos, que no se ve que apoyen sustancialmente a su candidato; no sube más de medio punto en las encuestas. Ni Meade ni Anaya convocan a los ciudadanos hartos de sus promesas incumplidas.

Margarita y el Bronco resultarían anecdóticos si no es porque sus fraudulentas candidaturas impactan en quién será el candidato que se quede con el segundo lugar, cuya importancia radicaría en que tendencialmente sería visto como el líder de toda la oposición.

La competencia resulta ilusoria porque todo parece estar centrado en un candidato. AMLO marca agenda y es a quien los grupos de presión siguen más acuciosamente. Claro, los grupos de presión no quieren el poder político, si no que éste sea funcional a sus intereses. En esta coyuntura, están alarmados.

¿Será porque empresarios, intelectuales, clero, sindicatos y Fuerzas Armadas asumen que será el próximo presidente de México? Las encuestas así lo indican. El consenso es que, si no pasa nada extraordinario, tendencialmente López Obrador será el ungido.

Las encuestas también muestran que hay sectores importantes de la ciudadanía que no están con el Peje, porque lo que propone es lesivo a sus intereses o no consideran que sus propuestas corrijan el rumbo, o ambos. En el caso de los grupos de presión esto es más visible.

En el primer caso están los empresarios. La propuesta económica de López Obrador tiene una base keynesiana de economía mixta, nostálgico del desarrollo estabilizador. Los tiempos ya no están para eso, aunque hay elementos del Estado de bienestar que serían muy agradecibles, como educación y salud universales y de calidad.

Los encuentros que ha tenido Obrador con banqueros, industriales, empresarios no han sido tersos. Ronda el fantasma de Luis Echeverría. Por un lado, el enlace con los empresarios, Alfonso Romo, ha tratado de apaciguar —literal— las dudas del empresariado, recalcando que López Obrador respetará a la IP. Pero parece que AMLO goza en dejar a su enlace en ridículo, pues cada vez que ha tenido un encuentro con empresarios, si no es un discurso providencialista, en la entrevista banquetera remata con alguna frase que deja en entredicho su “buena voluntad”. Un ejemplo es el “tigre suelto” si no gana las elecciones. Lo dijo después reunirse con banqueros en Acapulco.

El caso de la discusión sobre el Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México (NAIM) entre el Peje y Carlos Slim es paradigmático. Un nuevo aeropuerto para la capital es indispensable desde hace más de 25 años. Con dos pistas que no permiten el despegue y aterrizaje simultáneos, más las dificultades impuestas por la ubicación del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, son razones más que suficientes para la construcción de uno nuevo.

Ninguna ubicación cercana al Valle de México logró el consenso general. No me refiero sólo a las cuestiones materiales, sino a las sociales y ecológicas. El mal fario del NAIM nació con el Atencazo del 2002 que pudo haberse evitado pagando justamente las indemnizaciones por expropiación a los ejidatarios.

Las otras opciones, Tizayuca y la Base Aérea de Santa Lucía, fueron descartadas por estudios hechos durante la administración calderonista. El Aeropuerto Internacional de Toluca, impulsado por Enrique Peña Nieto en el 2007, fue una alternativa que no funcionó. Era obvio que el NAIM iba a construirse en el Estado de México porque está cerca de la CDMX, 14 kilómetros, y es la obra del sexenio peñista.

No soy experta en el tema, pero por lógica, la inversión pública y privada destinada al NAIM no se puede tirar por la borda bajo ningún concepto. La posición de López Obrador tiene una parte sensata: la de revisar contratos por temas de corrupción y conflictos de interés detectados por la Auditoría Superior de la Federación.

Pero de ahí a cancelar la obra hay un trecho largo. Y eso de construir dos pistas más en Santa Lucía, como propone AMLO es inútil. ¿Es prudente juntar la aviación civil con la militar? No lo creo. Detrás de la negativa a proseguir con la construcción del NAIM si llega al poder, está la ruptura habida entre AMLO y Slim desde que éste se acercó al gobierno peñista precisamente por el proyecto aeroportuario. ¿Suena sensato romper con el empresario más importante del país cuyo peso internacional le podría ayudar muchísimo a López Obrador en el caso de que llegue a ser presidente? Parece que no…

Como es natural, el ingeniero Slim está protegiendo sus intereses. Y son muchos los que tiene invertidos en el NAIM, desde el diseño hasta la construcción. Es perfectamente consistente que le haya respondido a AMLO de la manera en que lo hizo, así como que el Consejo Coordinador Empresarial lo haya respaldado al cancelar la mesa de diálogo sobre el aeropuerto con López Obrador. Percibieron que no sería diálogo, sino monólogo. Para qué perder el tiempo…

Entre los grupos que no consideran que el proyecto de gobierno de AMLO sea eficiente está la Iglesia católica. El 12 y 13 de abril los cuatro candidatos que estaban originalmente en la boleta se presentaron ante los obispos reunidos en la CV Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado. A cada uno se le dio una hora. Según se supo, los obispos encontraron que las propuestas de Anaya y Meade eran más o menos semejantes. Al parecer Meade fue el que les pareció más claro en sus propuestas; AMLO los sorprendió, porque siendo la tercera vez que se reunía con el Episcopado, sólo habló de cambio.  No existe un voto católico debido a la proporción entre fieles y sacerdotes, pero el peso institucional de la Iglesia es reconocido. El 12 de abril, el PRI presentó una iniciativa en la Cámara para otorgar a las asociaciones religiosas lo que en 1992 se les negó: medios de comunicación, posibilidad de adquisición directa de bienes inmuebles y objeción de conciencia. Es poco probable que la Iglesia católica caiga en el garlito, los obispos no quieren ser usados electoralmente y, además, la reforma beneficiaría más a los evangélicos.

Empresarios y clero son cortejados por los candidatos, excepto el puntero que ni los ve ni los oye.