Si la acción climática no se fortalece a escala mundial, se corre el riesgo de que comience a operar la ley del más fuerte, con medidas unilaterales, afirmó el director de Desarrollo Sostenible y Asentamientos Humanos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), José Luis Samaniego.

Dijo que eso se traduciría en el cobro de impuestos en frontera, extraterritoriales al carbono y una serie de medidas económicas restrictivas que nos sacarían del marco de valores compartidos.

Al participar en el segundo día de trabajos de la Pre Cop 26 de la Sociedad Civil, destacó que América Latina tiene serias dificultades de coordinación y prueba de ello es lo ocurrido en la sexta cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), celebrada en Ciudad de México, donde quedó de manifiesto que la relación entre los países es frágil, como para tomar acuerdos, por ejemplo en materia de armonización normativa a escala regional.

Sin embargo, admitió que hay muestras de agenda internacional funcional, como la que permitió la creación de la Agencia Espacial de América Latina y el Fondo para la Atención de los Desastres.

El especialista planteó que, además de los defectos de la gobernanza climáticas que padecen las naciones, vienen de una crisis multilateral y agudización de problemas globales, como el cambio climático y la segregación ante la revolución tecnológica, el problema estructural de la migración, el crecimiento de la desigualdad y la exclusión.

Eso, aunado a la pandemia de la Covid-19, remarcó, ha sido un revés al avance de la agenda del desarrollo ambiental y el Acuerdo de París.

Incluso mencionó que hay problemas globales como los límites de los flujos bioquímicos, donde el fósforo y nitrógeno están totalmente fuera de control y para eso no hay acuerdos de gobernabilidad internacional. Bueno, ni siquiera métricas acordadas internacionalmente.

Para el funcionario de la CEPAL, es fundamental avanzar, lo más que se pueda, en materia de acción climática, para entrar a controlar otros umbrales ya rebasados.

Dijo que lo grave es que la situación actual nos está llevando a registrar niveles de concentración de emisiones que no se habían tenido en millones de años, y, de seguir así, podrían generar que la concentración del hielo polar sea un asunto ocasional o se podría llegar al derretimiento de los hielos en el polo sur.

Esos son algunos de los ejemplos de los círculos viciosos que se desatan en el mundo, ya no por la quema de combustibles  fósiles, sino por las emisiones de metano que no están ya bajo control humano y que ocasionarían fenómenos como el incremento en el nivel del mar, destacó.

Samaniego insistió en que la trayectoria de desarrollo actual no nos está llevando a un buen camino. Los países, conforme mejoran sus niveles de ingreso, van aumentando también su huella ambiental y sus niveles de bióxido de carbono.

Destacó que no hay país que combine altos niveles de bienestar con altos niveles de protección ambiental que le permitan articular su economía y hacer que quepa su economía dentro de los límites climáticos del planeta.

Por ello, el cambio en los incentivos y en rentabilidades relativas se convierten en algo muy importante, remarcó.

El especialista expuso su preocupación por que hay una total desarticulación entre las convenciones que protegen los bienes públicos globales como la biodiversidad y la seguridad climática con las áreas económicas y financieras, lo cual de existir, hubiera podido lograr acuerdos sobre inversión extranjera directa, fiscalidad internacional, financiamiento y riesgos, cómo regular mejor la competencia entre instituciones y países.

El expositor comentó que con la culminación de la llamada guerra fría, a finales del siglo pasado, surgió la esperanza de poder utilizar los recursos que quedaron liberados de la carrera armamentista para el desarrollo sostenible.

Sin embargo, eso no ocurrió porque el neoliberalismo fue relegando al Estado a un rol crecientemente subsidiario, lo cual fue cabalmente expresado en los objetivos del desarrollo  del milenio.

No obstante indicó que, luego, con la crisis financiera de 2008 hubo una nueva toma de conciencia del papel rector de los estados y se acordó internacionalmente la llamada agenda 2030, con base en el Acuerdo de París.

diego.badillo@eleconomista.mx