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Opinión

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Un yogurt, una fila: La tendencia de las nuevas generaciones

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Alfredo Duplan | Más allá del éxito

Alfredo Duplan

La semana pasada hice una hora de fila por un yogurt. No porque tuviera hambre, no porque fuera el mejor yogurt del mundo, sino porque la fila me llamó la atención de una forma que no pude ignorar. Había algo ahí — decenas de personas esperando con una paciencia casi religiosa por algo que, hace seis meses, nadie conocía — y tenía que entender qué estaban viviendo todos los que esperaban conmigo. Me quedé, observé, y platiqué con algunos de los que estaban formados. Ninguno supo explicarme bien por qué estaba ahí. Solo sabían que tenían que estarlo.

Y lo entendí rápido. El yogurt era casi lo de menos; lo que la gente estaba comprando era el momento: el ritual, la historia, el poder decir "yo estuve ahí" cuando alguien lo mencionara después. En la economía de la atención, la experiencia vale tanto como el producto — a veces más.

Esto define las tendencias de hoy, y es radicalmente distinto a lo que fue por décadas. Las tendencias siempre han existido, pero antes viajaban despacio — de ciudad en ciudad, de país en país, tardaban años en cruzar fronteras y generaciones enteras en consolidarse. Hoy, un video en TikTok puede convertir una heladería en Seúl en el lugar más buscado de Buenos Aires al día siguiente. Los ciclos se han comprimido tanto que lo que genera la fila más larga del barrio esta semana, en tres meses puede ser un local vacío — no porque el producto sea malo, sino porque la atención colectiva ya se fue a otra parte, persiguiendo la siguiente novedad que alguien convirtió en viral desde su cuarto.

El problema no es aprovechar una tendencia — eso tiene todo el sentido del mundo. El problema es apostarle todo a ella, construir la casa entera sobre arena que ya está moviéndose. He visto emprendedores que levantaron negocios completos alrededor de un producto viral: la bebida de moda, el snack que todos publicaban, el concepto de restaurante que todos querían fotografiar. Algunos tuvieron meses brillantes, con ventas que superaban cualquier proyección, cobertura espontánea en redes y filas en la puerta. Y luego, casi sin aviso, llegó el silencio — no porque hicieran algo mal, sino porque la tendencia simplemente siguió de largo, como siempre hace, indiferente a quién dejó atrás.

Una tendencia no es un negocio, es una ventana — y las ventanas se cierran. La pregunta inteligente no es "¿cómo me subo a esto?" sino "¿cómo integro esto a algo que ya tiene raíces?" Las empresas que sobreviven los ciclos cortos son las que tratan las tendencias como capas, no como cimientos. Una marca de alimentos con distribución, clientes y reputación puede lanzar una edición limitada del producto de moda, capturar la atención del momento y, cuando la tendencia se vaya, su negocio core sigue intacto. Eso es un portafolio flexible — y esa flexibilidad no es oportunismo, es estrategia de largo plazo disfrazada de agilidad.

Pero hay algo que ninguna tendencia puede reemplazar, y que el mercado sigue premiando con una consistencia que me parece fascinante: la perfección en la ejecución. La calidad real. El cuidado en los detalles. Mientras los ciclos se acortan y las modas se evaporan, el cliente que encuentra un producto o servicio verdaderamente bien hecho — uno donde se nota que alguien se preocupó por cada detalle, desde la presentación hasta la experiencia de compra — no solo regresa, sino que lo recomienda. La obsesión por hacer las cosas bien es, paradójicamente, la estrategia más antigua y más vigente que existe. Las marcas que perduran no son necesariamente las que capturan más tendencias; son las que han decidido que la excelencia no es negociable, independientemente de lo que esté de moda.

El riesgo real está en los que confunden popularidad con solidez, en los que ven la fila y asumen que va a durar para siempre. Este fenómeno no solo afecta a las marcas de consumo: afecta a cualquier negocio que dependa de la atención — medios, tecnología, entretenimiento, restaurantes, fitness, moda. Todos estamos jugando en un tablero donde los ciclos se acortan y la velocidad del olvido aumenta al mismo ritmo. La diferencia entre las empresas que crecen y las que desaparecen suele estar en si tenían algo debajo de la tendencia — una comunidad, una propuesta de valor, un estándar de calidad que el cliente reconoce y por el que está dispuesto a volver — o si eran, simplemente, la tendencia.

Entonces la pregunta que me quedé pensando mientras comía ese yogurt — que, por cierto, estaba muy bueno — es esta: ¿cómo construyes algo que dure en un mundo que premia lo efímero? ¿Estás invirtiendo en la tendencia o en la ejecución que sobrevive a cualquier tendencia? ¿Tu negocio tiene algo debajo del momento — una calidad, un detalle, una experiencia — por la que el cliente regresaría aunque nadie estuviera hablando de ti?

No hay una respuesta única, pero sí hay una trampa clara: confundir la fila con el futuro.

Esto es Más Allá del Éxito. ¡Nos leemos pronto!

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