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Trump y Xi

Alexia Bautista | Columna invitada
Una buena amiga periodista se mudó hace poco a Beijing. Me comparte fotografías que muestran drones en el cielo y autos sin conductor. No se parece al Beijing que yo recordaba de hace más de una década. El cambio apunta a una apuesta tecnológica y a un modelo económico que se alejan de lo que conocemos en este lado del mundo.
El contraste es nítido en el terreno de la inteligencia artificial. Un episodio reciente de The Daily, el podcast del New York Times, lo explica bien. La estrategia china en IA ha consistido, desde el principio, en llevar la tecnología lo mismo a la fábrica que a la calle. Su obsesión ha sido traducir la IA en aplicaciones concretas para la vida diaria, la manufactura, el transporte y los servicios. Silicon Valley, en cambio, se ha concentrado en la carrera por construir los modelos más sofisticados y en la expansión de la inteligencia artificial generativa.
Traigo esto a colación no sólo porque la inteligencia artificial forma parte de la agenda del encuentro de esta semana entre Donald Trump y Xi Jinping, sino porque el presidente estadounidense verá por sí mismo cuánto ha cambiado China desde su última visita en 2017. El país que hoy gobierna Xi, ya en su tercer mandato, es más fuerte y más asertivo.
La visita, largamente anticipada y pospuesta una vez, tendrá como telón de fondo lo que ocurre en Irán. Esbozo a continuación cuatro razones por las que este encuentro importa:
- La primera es Ormuz. China quiere que el estrecho reabra por razones económicas internas. Hay preocupación por una crisis que deprime el crecimiento global y, con ello, las exportaciones chinas. Además, China depende del Golfo para abastecerse de gas natural licuado, con Qatar como uno de sus proveedores clave. Así que Trump debe tener presente que China, al igual que el resto del mundo, quiere que el conflicto termine.
- La segunda es la inteligencia artificial. Washington y Beijing mantienen una competencia por dominar la tecnología. El problema es que no hay reglas claras en esta carrera. Tras la Segunda Guerra Mundial, las potencias nucleares tardaron años en construir tratados de no proliferación, líneas rojas y mecanismos de verificación. Con la inteligencia artificial no hay aún una arquitectura equivalente y los riesgos los compartimos todos. La cumbre ofrece una oportunidad para, al menos, comenzar esa conversación.
- La tercera es Taiwán. Mucho se especula sobre cómo reaccionaría Trump ante una exigencia formal de Xi sobre la isla. Taiwán produce alrededor del 90 por ciento de los semiconductores avanzados del mundo, los chips que hacen funcionar desde un teléfono celular hasta un sistema de defensa. Cualquier crisis en el estrecho se convertiría en un evento económico global. El riesgo también es de cálculo político. Trump construye su identidad pública sobre la imagen de hombre fuerte, y cualquier gesto que lo haga parecer débil lo empuja a la represalia. Si Beijing concluye que es buen momento para tensar la cuerda, el mundo podría entrar en una espiral difícil de contener.
- Finalmente, está la disputa por la narrativa global. Xi proyecta estabilidad frente a la imprevisibilidad de Trump. Aliados tradicionales de Washington como Reino Unido, Canadá y Alemania han desfilado por Beijing en los últimos meses porque China parece más previsible en su ejercicio del poder. Es transaccional y autoritaria, pero no necesariamente errática. Xi recibe a Trump como anfitrión de un orden internacional que ya no orbita exclusivamente alrededor de Washington.
Para México, todo esto importa. Hemos cedido, junto con otros países de la región como Panamá, que el año pasado abandonó la iniciativa china de la Franja y la Ruta. México ha hecho concesiones del mismo tipo en el frente comercial. Aunque esas decisiones pueden ser inevitables o prudentes, al final, es probable que las dos grandes potencias terminen por alcanzar sus propios acuerdos. Y cuando eso ocurra, quienes cedieron demasiado estarán privados del margen de maniobra que ofrece la pluralidad.

