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Suicidio ideológico del ambientalismo

Gabriel Quadri de la Torre | Verde en serio
A ningún observador escapa la decadencia del ambientalismo en el mundo como campo social o movimiento político. Podemos relacionarla con su dilución dentro de la izquierda. A pesar del derrumbe del socialismo, el ambientalismo se mantuvo en la izquierda, derivando a lo largo de los años hasta entreverarse con causas “progresistas” liberales (en el sentido estadounidense) de una izquierda “social” típicas de la cultura hoy llamada Woke. Ahí, sus intereses originarios fueron olvidados, se confundieron o ignoraron, o bien, fueron subsumidos en reivindicaciones cada vez más numerosas y disímbolas. Esto lo alejó y le hizo perder prestigio ante la opinión pública dominante.
El ambientalismo ligó su destino a la izquierda ultra, marginalizándose y evaporando gran parte de su legitimidad. Ahora converge con feministas radicales, abortistas, defensorías de grupos considerados vulnerables, grupos pro-Palestina, antisemitas, anticapitalistas, indigenistas y comunitaristas, con NIMBYS (Not in my Backyard) de todo tipo, e islamófilos, y con militantes de ideologías de género y de “diversidad e inclusión”. Entre tanto, debe advertirse el ascenso de la derecha y extrema derecha en el mundo, vinculadas a una fuerte reacción anti-Woke, que, lógicamente, golpea también al ambientalismo. La derecha y la extrema derecha van recogiendo presuntos agraviados por el ambientalismo.
Destacan agricultores europeos hartos de restricciones ecológicas; transportistas encolerizados por impuestos a combustibles; automovilistas hastiados de la peatonalización y privilegios a ciclistas, y de Zonas de Bajas Emisiones (en Francia, ahora derogadas); ganaderos que se sienten criminalizados por las emisiones de metano del ganado, y también, victimizados por la repoblación de grandes depredadores en Europa (como osos y lobos) que, aducen, diezman a sus hatos; trabajadores que pierden o ven amenazados sus empleos por nuevas tecnologías; ciudadanos que perciben su destino cada vez más determinado por instituciones e intereses supranacionales, que se sienten manipulados por lo que califican como catastrofismo climático y exageraciones sobre riesgos del calentamiento global, y, que resienten una arrogante superioridad moral ostentada por ambientalistas. Ciudadanos conservadores ven en el ambientalismo una amenaza contra la libertad y la propiedad privada.
El wokismo del ambientalismo en México, contribuye indudablemente a su devaluación y menguante relevancia. Esto se ilustra de manera sugerente con un comunicado emitido en días pasados por un vasto conglomerado de grupos “contra el Fracking”. Lo firman 80 organizaciones, y lo curioso es que de ellas, al parecer, sólo alrededor de 10 pueden identificarse como ambientalistas por el nombre. Las demás cubren toda la gama progre y Woke, incluyendo grupos feministas, transgénero, y de diversidad sexual (¡!). Dos o tres organizaciones ambientalistas de gran prestigio quedan extraviadas en una lista agobiante de membretes, donde destaca la cantidad, no la calidad. El texto del comunicado contra el Fracking es parco en argumentos ambientales, pero rebosa de lenguaje “inclusivo”, retórica anticapitalista y contra empresas “transnacionales”. Habla de “explotación” de la mano de obra, dimensión de “género”, “extractivismo voraz”, y pueblos y comunidades indígenas y sus “territorios” como vanguardia y protagonistas de la historia moderna. Al parecer, quisieran anular la propiedad privada y los tres órdenes de gobernanza territorial, e imponer un idiosincrático comunismo indigenista en México.
Además de estas tendencias de fondo, hay factores adicionales prácticos que explican la decadencia del ambientalismo en México. Sobresalen la afinidad ideológica y política de numerosos cuadros ambientalistas con el régimen, y su incorporación a la administración pública, mientras otros mutan en consultores profesionalizados del gobierno o de grandes empresas. Algunos han abandonado la crítica y la militancia para congraciarse con funcionarios con la esperanza de influir en sus decisiones. Es la malhadada estrategia del “cambio desde dentro”. Otros más se han hecho fuertes en la seguridad laboral que brindan las universidades, o se ha apagado su energía crítica por la edad, por el temor de ser víctimas de represalias políticas o mediáticas, o de ver bloqueados sus accesos al poder y a los medios de comunicación, y, ahora, también, a sus cuentas bancarias y a donaciones deducibles de impuestos. Igualmente, el progreso tecnológico ha hecho irrelevantes banderas antes muy caras al ambientalismo, como la energía limpia, la calidad del aire, o las emisiones contaminantes de los vehículos automotores. Además, las grandes empresas privadas ya no son blancos fáciles, dado que han asumido políticas corporativas de sustentabilidad más o menos creíbles. También, abogados ambientalistas han visto debilitarse al litigo ambiental dadas las recientes reformas que emasculan el Juicio de Amparo, eliminando sus efectos generales y el interés jurídico difuso. En fin, observemos y saquemos lecciones de la agonía del ambientalismo.

