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La revolución tecnológica de hoy nos asoma al abismo

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OpiniónEl Economista

Las revoluciones tecnológicas han marcado la historia con rupturas profundas y traumas humanos, sociales y económicos que han ocasionado guerras, sufrimiento y transformaciones políticas radicales. La primera gran ruptura de nuestra era fue la revolución copernicana, que cuestionó los dogmas cristianos al demostrar que la Tierra no era el centro del universo. Este giro debilitó el poder eclesiástico y abrió el camino a la Ilustración. Desde entonces, la razón se convirtió en principio rector de la política y la ciencia. La invención de la imprenta fue decisiva en este proceso: difundió la Biblia en lenguas vernáculas y aceleró la circulación de ideas críticas, favoreciendo a la Reforma protestante y las guerras de religión. El cambio tecnológico fue el detonante de una transformación cultural y política que hizo que la soberanía recayera en la persona para gobernarse a sí misma mediante instituciones forjadas por hombres, desplazando al rey como depositario de la soberanía por mandato divino. Así se abrió paso a nuevas formas de pensamiento.

La Revolución Industrial representó otro trauma histórico. El cercamiento de tierras expulsó a millones de campesinos hacia las ciudades, donde la máquina de vapor transformó la economía agraria en industrial. El ferrocarril y la electricidad reconfiguraron el espacio y el tiempo, acelerando la movilidad y la producción. Pero estos avances trajeron consigo explotación laboral, jornadas laborales interminables y condiciones de vida insalubres. El resultado fueron huelgas obreras, revueltas y movimientos sindicales que buscaban frenar el abuso del capital. La revolución bolchevique de 1917 fue, en parte, una respuesta al trauma de la industrialización y a la miseria de las masas trabajadoras. Además, la industrialización facilitó la expansión imperial y las guerras modernas, pues permitió movilizar ejércitos y recursos a una escala inédita. La técnica sujetó al hombre a los intereses de los dueños de las máquinas y del capital, generando un trauma social masivo que se tradujo en conflictos políticos y militares de gran escala.

Hoy vivimos la revolución digital, igualmente traumática. Yuk Hui, el mayor referente sobre estudios de filosofía y tecnología advierte en Máquina y soberanía que la soberanía moderna -asociada al Estado, las fronteras y autogobierno institucional- ha sido desplazada hacia las entidades tecnológicas. Las plataformas digitales, las redes logísticas, los sistemas algorítmicos, la inteligencia artificial y las infraestructuras computacionales ejercen formas reales y nuevas de poder soberano. Amazon, Google, Tencent o los sistemas financieros automatizados nos gobiernan calladamente: organizan nuestro tiempo y comportamiento, el acceso a la información, el trabajo, la atención y la vida cotidiana. El problema, señala Hui, trasciende la eliminación de empleos. Lo crucial es quién diseña los sistemas, bajo qué lógica, para beneficio de quién y qué tipo de humanidad producen esos sistemas. En una entrevista reciente, advirtió que las grandes tecnológicas no buscan simplemente innovar, sino “explotarnos y controlarnos cada segundo”. La técnica, por tanto, es una herramienta de poder, una arquitectura de gobernanza.

Las implicaciones de este poder son profundas: la lógica algorítmica tiende a homogeneizar, estandarizar, cuantificar, optimizar y controlar todo. El resultado es una pérdida simultánea de biodiversidad, diversidad cultural y diversidad del pensamiento. La biodiversidad se degrada porque los modelos productivos uniformizan la relación predadora con la naturaleza. La diversidad cultural se erosiona cuando las plataformas globales imponen lenguajes y estéticas que diluyen las identidades locales. Y la diversidad del pensamiento se reduce cuando los algoritmos privilegian la repetición y la confirmación sobre la reflexión y la diferencia. Se generan burbujas cognitivas que empobrecen el debate público; es decir, se crean entornos mentales, ideológicos o informativos cerrados donde una persona sólo interactúa con ideas, opiniones y datos que confirman sus propias creencias preexistentes.

Así como la industrialización generó huelgas y revoluciones frente a la explotación laboral, la revolución digital está generando nuevas formas de protesta: movimientos por la soberanía digital, luchas contra la vigilancia masiva, resistencias culturales frente a la estandarización global. Aunque aún no han evolucionado hacia una revolución como la bolchevique, estas tensiones muestran que el trauma tecnológico sigue siendo un motor de disrupción política. Pero el peligro acecha: la pugna por la hegemonía tecnológica entre Estados Unidos (potencia en declive) y China (potencia emergente), ya reconfigura el mapa político mundial y se cierne la amenaza de enfrentamientos, que va desde la lucha por desplazar al dólar como la moneda de referencia mundial (medio de pago y reserva) y una feroz batalla por los recursos naturales.

La línea histórica de estas revoluciones muestra un patrón claro: la revolución copernicana y la imprenta dieron lugar a la Reforma protestante, a las guerras de religión y a la Ilustración. La revolución industrial produjo huelgas, sindicalismo, revoluciones sociales y las dos grandes guerras mundiales. La revolución bolchevique fue una respuesta directa al trauma de la industrialización. Y la revolución digital está generando tensiones en torno a la soberanía digital, la vigilancia masiva y la pérdida de diversidad. Las revoluciones han sido traumáticas porque reorganizan la vida bajo intereses ajenos al bienestar humano.

La diferencia con las revoluciones pasadas es que hoy resulta más claro lo que Hui subraya: la técnica es mucho más que un instrumento: es un sistema de gobierno invisible que organiza la vida social, política y económica. En las revoluciones industriales, el poder de las máquinas estaba ligado a los dueños del capital; en la era digital, el poder de las infraestructuras técnicas está ligado a quienes diseñan y controlan los algoritmos (Yanis Varoufakis los llama tecnofeudales). En ambos casos, el hombre queda sujeto a intereses fuera de su control, pero ahora la subordinación es más totalizante, pues se ejerce a través de la mediación de dispositivos y plataformas diseñadas para extraer rentas de los usuarios mediante la información que proporcionan gratuitamente a esos sistemas, efecto de visualizaciones, me gusta...

Para que las revoluciones tecnológicas dejen de ser traumáticas, es necesario pensar en cómo gobernar la técnica de manera diferente. Hui propone una política basada en la tecnodiversidad y la diplomacia epistemológica, consistente en una estrategia que busca conciliar distintas formas de producir conocimiento, cosmovisiones y paradigmas. En lugar de imponer una sola “verdad”, usualmente la occidental, promueve el diálogo horizontal entre saberes tradicionales, indígenas y científicos para resolver problemas locales y fortalecer las relaciones internacionales. El objetivo es la convivencia de las distintas culturas y racionalidades técnicas sin ser subsumidas por un modelo único.

Gobernar la técnica desde la pluralidad y la diversidad evitaría que la revolución tecnológica sea sinónimo de dolor y abriría la posibilidad de un pluralismo planetario más justo y menos disruptivo. En otras palabras, la técnica debe subordinarse a las necesidades humanas en lugar de que el hombre se convierta en una pieza desechable. Fareed Zakaria complementa esta visión en La era de las revoluciones. Propone que las democracias fortalezcan a sus instituciones invirtiendo en educación crítica y en regulación inteligente de las tecnologías. El reto es promover la innovación, garantizando que los sistemas digitales sean diseñados para servir al interés público en lugar de sólo a las corporaciones. Zakaria insiste en que la clave está en preservar la diversidad política y cultural frente a la homogeneización algorítmica, y en asegurar que la técnica se someta a la deliberación democrática.

Si Hui aporta la idea de que la técnica es arquitectura de gobierno y que debe ser gobernada desde la diversidad epistemológica, Zakaria recuerda que las instituciones democráticas deben recuperar su capacidad de regular y orientar el cambio tecnológico. Solo así se podrá evitar que las revoluciones tecnológicas sigan siendo traumáticas y que, como en el pasado, desemboquen en guerras, sufrimiento y desarraigo. La conjunción de ambas perspectivas abre un horizonte: pensar la política de una nueva forma, pues el control territorial, que es sinónimo de soberanía desde la revolución industrial, ha mutado. Hoy la soberanía la ejercen las grandes empresas de la información. Pasar por alto el control que imponen las empresas tecnológicas sobre las decisiones personales, las elecciones y las políticas públicas, es ignorar que en esta era el control democrático de la tecnología es fundamental para preservar las libertades individuales. El hombre gobernado por los algoritmos pierde su capacidad de elegir y de convivir en pluralidad. La soberanía cambió de dueño: de ser soberanía popular, hoy es soberanía de las empresas tecnológicas. Este cambio es de gran trascendencia.

Ha sido profética La sociedad del cansancio de Byung-Chul Han: el régimen contemporáneo se sostiene en la autoexplotación, gracias a la cultura del rendimiento máximo y el poder de los algoritmos sobre nuestras vidas. Quedó atrás, de manera genérica, la represión como medio de control social. La hipervigilancia de los algoritmos y el control conductual que ejercen han hecho innecesario recurrir a la fuerza bruta, como antaño. Los hombres actualmente se creen libres aunque realmente están atrapados en la lógica de la optimización y el rendimiento máximo de sí mismos. Entre las consecuencias de esta nueva manera de esclavitud se encuentran el cansancio, la depresión y el colapso psíquico. Son los síntomas de una técnica que ha penetrado hasta la intimidad de nuestras vidas. ¿Adónde nos llevará este cambio?

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