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Péndulo latinoamericano

Alexia Bautista | Columna invitada
Cuando estudiaba relaciones internacionales, estaba de moda hablar de la “ola rosada” en América Latina. Con esa imagen se describía el ciclo de gobiernos de izquierda que llegaron al poder desde finales de los noventa y durante buena parte de la primera década del siglo. Hoy, el mapa latinoamericano ya no se tiñe de rosa, sino de azul, con el regreso de gobiernos de derecha. El triunfo de Abelardo de la Espriella, “el Tigre”, en Colombia, es el último acontecimiento de esa secuencia.
Hace unas semanas, cuando escribí sobre la elección colombiana y comparé a Gustavo Petro con López Obrador, un lector y amigo me dijo que discrepaba conmigo. Argumentaba, de manera válida, que las izquierdas de México y Colombia tienen orígenes muy distintos. Morena se alimenta del viejo nacionalismo revolucionario mexicano; el petrismo carga con las raíces de la guerrilla. Son tradiciones distintas, sí. Pero también son izquierdas que se parecen en muchas de sus políticas sociales y, sobre todo, en su narrativa. En la promesa de redimir al pueblo, corregir la historia y gobernar contra una élite presentada como enemiga moral. Esa narrativa acaba de fracasar electoralmente en Colombia. En México, por ahora, no.
Desde mi perspectiva, la división entre derecha e izquierda en México siempre ha sido menos franca que en otros países de la región. No sólo porque la derecha esté debilitada, sino porque, durante décadas, la izquierda se ha confundido con el progresismo y ha ocupado una posición de superioridad moral en el discurso público. Morena representa una izquierda populista y, en muchos sentidos, conservadora, que ha lastimado al país al desmantelar instituciones, concentrar el poder y dejar a México en una especie de inmovilidad económica. Al mirar los indicadores de crecimiento y atracción de inversión frente a sus pares latinoamericanos, México parece detenido en el tiempo.
Hoy, la izquierda regional se repliega y la presidenta Claudia Sheinbaum se queda cada vez más sola. Entre los países de mayor peso económico y político, sólo México y Brasil siguen gobernados por la izquierda, y eso podría cambiar en la elección brasileña de octubre. Pero tampoco veo que esa soledad le pese demasiado a Morena. México no ha construido grandes alianzas latinoamericanas desde hace demasiados años. Al contrario, el gobierno de López Obrador subordinó la agenda internacional a las necesidades de su proyecto político interno y se enfrentó con buena parte del continente. La excepción fue Gustavo Petro, quizá porque en él encontró un espejo.
La elección en Colombia revela que el experimento de izquierda en ese país llegó agotado a las urnas. Pero el giro a la derecha tampoco garantiza nada. De la Espriella recibirá un país económicamente frágil, atravesado por un enorme problema de seguridad y profundamente dividido. La eterna condena latinoamericana sigue siendo la gobernabilidad. Y para él no será sencilla, menos aún con un resultado electoral tan apretado. Como en la Argentina de Milei, la promesa es una terapia de choque. Y las terapias de choque, en América Latina, pueden curar, agravar la enfermedad o simplemente abrir otra herida.
Por lo demás, conviene tomar con cuidado la idea de un giro regional a la derecha. Sí lo hay desde el punto de vista de los gobiernos que llegan al poder, pero no necesariamente desde el de los votantes, que apenas se han movido en los últimos años. Muchas elecciones recientes se han decidido por márgenes pequeños, por el desplazamiento mínimo de un electorado cansado, inseguro o simplemente harto de quien gobierna. La política se ha convertido en un plebiscito permanente contra el poder, no en una discusión de futuro. Detrás de cada giro hay sociedades más impacientes, que tal vez no saben con precisión hacia dónde quieren ir, pero sí saben con claridad lo que ya no soportan.
En México, mientras tanto, el péndulo permanece estático. O, peor aún, suspendido por falta de contrapeso. La derecha no logra reconstruirse, el centro se diluye y Morena gobierna con una ventaja que no proviene sólo de su fuerza, sino también de la debilidad de todo lo demás.


