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Entre futbol e inteligencia artificial

Alexia Bautista | Columna invitada
Dice el sociólogo argentino Pablo Alabarces que, en 2022, cuando su país ganó su tercera Copa del Mundo, Argentina vivió “un momento feliz”. Nada más, nada menos. No es poco en un mundo como el nuestro. Escribir que el fútbol despierta pasiones raya en la tautología. Pero lo cierto es que, seamos o no futboleros, cada cuatro años ese deporte en específico logra suspender la realidad temporalmente y ofrecernos una épica sencilla y compartida. Durante noventa minutos, un país se mira a sí mismo en el estadio y se permite sentir algo parecido a la alegría colectiva. Qué bueno que así sea.
El mundo, sin embargo, sigue girando más allá de los reflectores de la cancha. Y es que en estos días, mientras los marcadores ocupan buena parte de la conversación pública, otros titulares como el posible acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán y la reunión del G7 en Évian-les-Bains, Francia, mueven el tablero de manera mucho más decisiva.
La cita en Évian importa por los conflictos en la agenda —Irán y Ucrania, entre ellos—, pero también por quienes se sientan a la mesa. Junto a los líderes políticos de siempre, incluido Donald Trump, están los directivos de algunas de las principales empresas de inteligencia artificial del mundo: OpenAI, Anthropic, Google DeepMind, Meta. Es sintomático de la época. La IA es mucho más que una promesa tecnológica o una herramienta de trabajo. Se trata de una nueva frontera donde convergen seguridad nacional, competencia económica, control de datos, capacidad militar, productividad y desigualdad.
La fuerza de un país ya no depende solamente de indicadores tradicionales como el territorio, el tamaño de la economía o la capacidad militar. En la nueva infraestructura de poder también cuentan los chips, los modelos tecnológicos, los centros de datos y los minerales críticos. No es menor que apenas hace unos días la administración Trump haya endurecido las condiciones para que usuarios extranjeros accedan a algunos de los modelos más avanzados de Anthropic bajo argumentos de seguridad nacional. La decisión plantea una pregunta de fondo sobre si los gobiernos permitirán que la inteligencia artificial circule como un bien comercial o la concentrarán como un activo estratégico reservado a unos cuantos.
Regular mejor la inteligencia artificial y definir quién gobierna sus límites es urgente. Para países como el nuestro, esta discusión debería, al menos, ser más visible. Aunque la inteligencia artificial todavía parece lejana para buena parte de la población, está llamada a definir la economía, la seguridad y el trabajo de las próximas generaciones. Además, no hay que perder de vista que la dependencia puede adoptar otras formas. Si durante años se expresó en comercio o acceso a recursos naturales, en adelante puede traducirse en infraestructura digital ajena, modelos cerrados, y reglas escritas por otros.
Desde mi perspectiva, la soberanía del siglo XXI, ese concepto que tanto gusta al oficialismo, también se juega en la capacidad de entender, regular y participar en las tecnologías que organizan el presente y definirán el futuro. Sin embargo, aquí, como en muchos otros lugares, los ojos están puestos en otro partido. Es comprensible. A México le gana siempre lo nacional y lo inmediato sobre lo global y el largo plazo.
Y, aun así, quizá vale la pena volver al fútbol, al menos por unos días. Porque mientras los poderosos reordenan el mundo desde espacios cada vez más opacos, fiestas como el Mundial (con todos sus asegunes) nos devuelven algo inmediato y recuerdan la posibilidad de reunirnos alrededor de una emoción compartida. Algo que, por fortuna, los modelos de inteligencia artificial aún no reproducen.

