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Opinión

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Palabra de Rosalía, amén

​No hay en este momento un artista pop más fascinante que la Rosalía

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OpiniónEl Economista

Concepción Moreno

(El siguiente texto no es en modo alguno un análisis objetivo e incluye registro de mis lágrimas de emoción. Advertidos están. Bienvenidos a mi relación parasocial con Rosalía).

Ahora se ha hecho moda que las figuras internacionales que vienen a la CDMX salgan a pasearse por todos lados como hijos de vecino: Harry Styles corre en Chapultepec, Dua Lipa visita CU, Sam Smith come en Polanco. Todos pisan la Roma en algún momento. Rosalía también lo hizo y visitó varios locales de moda y comida. Y una librería, La Polilla. No sabemos qué libros compró, solo que salió con una tote bag nueva con, supongo, algunos títulos latinoamericanos del catálogo de la librería, especializada en editoriales independientes.

Lo digo como mero dato curioso pero quizá delate un glimpse de la personalidad de la cantante y compositora catalana, la artista pop más fascinante del momento. En el vértigo de la vida de una estrella mundial como Rosalía hay espacio para sentarse a leer. No es santa pero está blessed con inteligencia y curiosidad.

En este mismo espacio hace unos meses reseñé Lux, su álbum más ambicioso hasta ahora. Álbum conceptual, Rosalía es apoyada por una orquesta completa en un tracklist en el que hay trazas de ópera, jazz y flamenco. Carajo: canta en 14 idiomas. Todo eso ya se ha dicho: una producción uberatrevida, Dios la bendiga. Yo, como fan, agrego que, si bien me gustó mucho, el álbum me parecía un vino difícil de embotellar, me costaba imaginarlo en vivo. Cuando se anunció la gira mundial para promover Lux, de inmediato supe que tenía que atestiguar ese tour de force.

Acá arriba les advierto que tengo una relación parasocial con Rosalía. Es cierto: desde que escuché El mal querer, el disco seminal de su carrera (y que de origen era su tesis de licenciatura), supe que ahí había un ídolo.

Las relaciones parasociales son un fenómeno bien descrito en la psicología. Nacen de la impresión falsa de que se tiene una relación personal con una figura pública. No me pasa mucho (demasiado cínica para enamorarme de verdad), pero con Rosalía sí. Quiero saber todo de ella, sufro cuando la critican, salgo a defender su honor en discusiones. Me gusta enterarme que está enamorada o que la pasa bien después de que C. Tangana y Rauw Alejandro le rompieran el corazón. Cuando escucho algo malo sobre ella—este año le cayeron críticas severas por no ser clara en su posición sobre Gaza, por nombrarse fan de Picasso y porque en una entrevista dijo no ser feminista porque no cree que su papel sea el de faro moral—, me tapo los oídos. Lalalala, lo que pasa es que no la comprenden.

Menos mal que no vivo en Barcelona, ya tendría una orden de restricción.

Normalmente voy a conciertos con anticipación y entusiasmo, pero a este iba con miedo. ¿Y si no lo logra? ¿Si resulta que Lux es una mera fruta de estudio, más producto de tecnología que del talento musical de los involucrados, Rosalía incluso? ¿Y si no le gusta al público, si de plano no prende? ¿Y SI NO ME GUSTA?

En el camino al Palacio de los Deportes, recinto chilango famoso por su pésima acústica pero toda una institución en el panorama conciertil nuestro (por él han pasado la más grandes figuras de la música pop y todos los fans lo hemos sufrido porque no se oye bien en toda la arena), noté, como ya han escrito críticos y cronistas mejores que yo, que Rosalía ha hecho cool el catolicismo.

En los conciertos de black metal hay adolescentes (o señoras y señores, que el merol no tiene edad) disfrazados de cadáveres y con playeras de iglesias ardiendo. En los conciertos de Rosalía hay velos de rezanderas, rosarios, coronas de espinas con foquitos intermitentes, todo el imaginario católico que anima Lux. La misa está por empezar, hermanos y hermanas.

Se apagan las luces justo después de que la orquesta tome su lugar. Parte del show es ver a los músicos partir plaza con sus instrumentos, un guiño al video de “Berghain”, primer sencillo del álbum. Un acto teatral, una advertencia: esto va a ser grande.

En estos días de impaciencia y distracción, el público busca el setlist de los conciertos para, no sé, saber qué canciones aprenderse o alguna idiotez de ese tamaño. En fin, yo también lo busqué. El repertorio es prácticamente todo el Lux en orden. Track one: el alarido del público no ahogó la introducción de “Sexo, violencia y llantas”. Y, ¡albricias, mis manos florecen!, se oye bien. No cabe duda que los ingenieros se la rifaron para que el Palacio sonara decente al fin.

Rosalía no sólo canta, se pone a bailar ballet. Ballet: puntas. Entrenó para interpretar el arte de las ballerinas y logra el hito de pararse sobre los dedos del pie y bailar. No sé si un conocedor del ballet está leyendo y burlándose de mí por impresionable, pero a mí me parece dificilísimo, sobre todo porque Rosalía no tiene formación clásica. Una performer comprometida, sin duda.

Una de las características más osadas de Lux es que se compone de canciones en 14 idiomas distintos para honrar, en su lengua natal, a diferentes santas históricas de la iglesia católica. Pero, a ver, los conciertos pop son para que el público cante. ¿Vas a cantar en latín, tú? ¿En ucraniano, en japonés? ¿Siquiera entiendes la letra? El asunto está resuelto con una pantalla que traduce al español: no es que se logre un karaoke babélico, pero al menos permite que uno se entere qué está cantando Rosalía, una solución tomada de las funciones de ópera. Buena idea. Hasta la recomiendo para otros conciertos para los fans a los que se nos olvidan las letras.

Me dirán: “los verdaderos fans sí nos sabemos las canciones, Concha, no somos villamelones como tú”. Sea. Pero quizá no sería mala cosa tener las letras a la vista para una construcción dramática completa, como sucede con la ópera. También es posible que eso meta a los conciertos en un corsé, ¿dónde está la improvisación que distingue al pop? En el caso de esta gira, Rosalía sigue un plan muy estructurado porque el espectáculo requiere un guión para la orquesta y las coreografías. Supongo que unas por otras.

Se podría creer que esa estructura ahoga el espectáculo: no es así. Invita a esperar la apoteosis. De nuevo, la inspiración es la ópera más clásica: todo es larger than life. Y resulta que Rosalía lo logra: Lux es llevado a escena en toda su complejidad. La primera parte del concierto es muy afortunada en ese sentido, augura une grande finale.

Hay una dinámica que para mí rompió el hechizo. El tal confesionario en el que Rosalía invita a alguna famosa a que le cuente secretos de confesión. Me valió madre que la invitada en este caso fuera Mon Laferte, una cantante que respeto, pero no hubo nada vital en juego, ningún verdadero chismito sabroso, todo muy falso. Siquiera se echaran un palomazo. Nada, next.

No todo tiene que ser tan serio, tampoco. Todos vinimos a escuchar Lux, pero también a divertirnos. Llega el momento del Motomami, una producción gozosamente antisolemne. “La combi Versace”, “La fama” y “CUUUUuuuuuute” invitaron a entender la foquin vibra. Mucha orquesta, mucha ópera y ballet, pero también dembow y perreo. La música de Rosalía también es jolgorio y así como “Divinize” nos arroja por un precipicio lastimero, “Despechá” es un muy bienvenido respiro.

Una vez leí a una usuaria de Twitter decir que los conciertos son experiencias sobrevaloradas: son caros, no siempre se ven o se escuchan bien, los artistas no se entregan y decepcionan. En suma, no hay garantías de que te la vayas a pasar bien. Mejor escuchar música en casa donde no hay tipos gritándote al oído o empujándote en un moshpit que apesta a sobacos. La pureza del álbum tal cual se le concibió se disfruta más en un cuarto con las luces apagadas y sin otro sonido que tu respiración y el latir de tu sangrante corazón.

Pffft, ¿se puede ser más pedante? Sí, los conciertos son caros y son un riesgo. Hay algo muy adolescente en emocionarse porque viene TU banda, esa que has amado desde hace tres discos. Te desvives haciendo la fila virtual, consigues al amigo que tiene la tarjeta de la preventa, anuncias a todo mundo cuando al fin tienes el boleto dorado como si fueras un Perseo triunfal.

Llega un momento en la vida en el que ese adolescente crece y tiene que pensar en cuántas idas al súper significa el precio del boleto. Ya me pasa. A veces incluso con boleto siento alguna hueva. Y sí, artistas que amo me han decepcionado acremente. Pero por conciertos como los de Rosalía es que sigo creyendo en la música en vivo. Me quedo corta con lo que viví esa noche. Rosalía nos dio absolutamente todo. Y está lista para hacerlo una y otra vez. ¿Se desangra como las mártires a las que idolatra en Lux? Mejor, lo hace con una carcajada. Mañana lo hará de nuevo porque los grandes maestros de la escena saben ser brillantes on cue. Siempre hay que ver a Rosalía.

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