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Opinión

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Entre Mundos: cuando sanar se vuelve un esfuerzo colectivo

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Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada

Dra. Carmen Amezcua

La tribu que se fue armando

Llegaron de a poco, como llegan las cosas que importan: con cautela, con una desconfianza ganada a pulso, con historias que llevaban años guardadas en el cuerpo antes de poder ponerse en palabras.

Una había sobrevivido un secuestro. Otra cargaba décadas de un padre cuya presencia era sinónimo de miedo. Otra más llevaba el peso de un abuso sexual que nadie a su alrededor quiso nombrar por lo que era. Algunas tenían diagnósticos de trauma. Otras, depresión resistente al tratamiento. Otras más, ansiedad severa. Etiquetas clínicas que, en su frialdad, a veces significan algo dolorosamente sencillo: ya se intentaron los caminos convencionales y no alcanzaron a sanar. Pero compartían también algo que ningún manual describe con suficiente precisión. La dificultad de mirarse al espejo sin que el reflejo duela, de creer que el mundo puede ser un lugar donde una cabe, un lugar seguro.

Así se fue armando la tribu. Evaluación clínica por evaluación clínica. Conversación por conversación. Con el tiempo paciente que requiere construir algo sobre cimientos honestos.

Este fin de semana, dieciséis mujeres se reunirán para iniciar un proceso de terapia asistida con ketamina, una de las herramientas psicodélicas hoy legales en México para este tipo de trabajo clínico. Un proceso que, en condiciones normales de mercado, para la mayoría de ellas habría sido simplemente imposible de pagar, pero que ahora es posible gracias al poder de la comunidad.

Hubo quienes donaron sin preguntar demasiado, entendiendo —con una generosidad que no busca reconocimiento— que la salud mental también se construye entre todos. Quienes decidieron que su dinero podía hacer algo más grande de lo que habrían imaginado: abrir una oportunidad de tratamiento para otras personas. A ellos va un agradecimiento que no cabe en un párrafo, pero que quiero al menos nombrar con claridad: gracias.

Este modelo tiene nombre. Se llama medicina comunitaria. Y es, quizás, una de las ideas más antiguas y más urgentes que la psiquiatría integrativa está recuperando: que la comunidad salva y sostiene.

¿Qué es la ketamina y por qué importa ahora?

La ketamina tiene una historia larga y honrosa. Lleva décadas en quirófanos de todo el mundo como un anestésico disociativo seguro, predecible y controlado. Lo conocíamos bien desde la medicina, pero no imaginábamos todo lo que tenía que ofrecernos.

En el año 2000, una publicación que pasó casi inadvertida fuera de los círculos especializados descubrió algo inesperado: a dosis mucho más bajas que las anestésicas, la ketamina producía un efecto antidepresivo rápido. No en semanas, como los antidepresivos convencionales. En horas. Para pacientes que llevan años esperando un salvavidas, eso significa nada menos que una revolución.

Su mecanismo de acción es completamente distinto al de todos los antidepresivos que conocemos. En lugar de trabajar sobre serotonina y dopamina, actúa como antagonista del receptor NMDA del glutamato, el neurotransmisor más abundante del cerebro, y a través de esa vía favorece la neuroplasticidad, que es la capacidad del cerebro de crear nuevas conexiones, de literalmente reorganizarse.

La esketamina —una variante de la ketamina desarrollada específicamente para uso médico y comercializada en su presentación intranasal como Spravato— fue aprobada por la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos en 2019 para el tratamiento de la depresión resistente. Cuenta con protocolos clínicos bien establecidos para su uso terapéutico.

Los datos recientes son contundentes: estudios de la Universidad de Florida publicados en 2025 encontraron que bajo supervisión médica, más del 80% de los participantes con trastorno de estrés postraumático (TEPT) reportaron dormir mejor, sentir menos ansiedad, experimentar menos disparadores traumáticos y tener mayor calidad de vida.

En México, la ketamina racémica es legal y existen clínicas que operan bajo supervisión médica con plena conformidad regulatoria. Eso la convierte, hoy, en la única puerta de acceso legal en el país para este tipo de trabajo de terapia asistida con sustancias psicoactivas.

La ketamina fuera del consultorio

La ketamina tiene una doble vida que se repite, con variaciones, en la historia de casi todas las moléculas psicoactivas que la medicina ha intentado domesticar. Nace en el hospital, gana reputación en el underground, y termina navegando entre dos mundos que no se hablan.

Hoy, la ketamina se consume en formato cristalizado —la famosa “Special K o Keta"— en contextos recreativos. Se inhala, se mezcla con otras sustancias, se usa sin protocolo alguno, sin preparación, sin integración, sin el andamiaje clínico que es parte fundamental de su eficacia terapéutica. Eso genera riesgos reales como dependencia, daño en la vejiga con uso crónico y episodios disociativos sin contención.

El problema nunca ha sido la sustancia, sino el marco en que se consume. La misma ketamina que bajo supervisión médica produce neuroplasticidad, reduce ideación suicida en horas y abre ventanas de sanación en pacientes que habían perdido la esperanza, sin ese mismo andamiaje, se convierte en otra cosa.

El ruido mediático en torno al abuso recreativo está empujando a la ketamina fuera del consultorio en el imaginario colectivo, justo cuando más la necesitamos dentro. Y la mala comunicación sobre sus efectos —la confusión entre el uso clínico y el uso recreativo, entre la disociación terapéutica y la intoxicación— aleja a quienes más podrían beneficiarse de ella, y atrae a quienes menos están preparados para usarla.

Ese es el costo de no hablar con claridad y permitir que el mercado negro dicte la narrativa de una herramienta que, bien usada, puede salvar vidas.

El precio de sanar

Pongamos los números sobre la mesa. Una sesión de infusión intravenosa de ketamina en una clínica privada de Estados Unidos cuesta entre 400 y 800 dólares (es decir, entre 7,000 y 14,000 pesos). Un protocolo estándar de seis a ocho sesiones durante el primer mes de tratamiento representa entre 2,400 y 6,400 dólares (41,500 y 110,000 pesos), sin cobertura de seguro —que, en la mayoría de los casos, simplemente no existe, porque la ketamina intravenosa para salud mental sigue clasificándose como un uso off-label—.

El Spravato, la versión intranasal con aprobación de la FDA, cuesta sin seguro entre 900 y 1,300 dólares (15,500 y 22,500 pesos) por visita, incluyendo el monitoreo clínico obligatorio. Y esto ocurre en un país con un sistema de salud que, con todas sus limitaciones, sigue ofreciendo una cobertura mucho mayor que la nuestra.

En México y Latinoamérica, un ciclo completo de infusiones en una clínica privada puede costar entre 30,000 y 60,000 pesos. Un retiro terapéutico con psilocibina —legal en algunos países y en proceso regulatorio en otros— oscila entre 40,000 y 100,000 pesos, según el formato y la duración. Los programas en Oregon o Colorado cuestan entre 1,500 y 3,500 dólares (entre 25,000 y 60,000 pesos) por un proceso completo que incluye preparación, sesión e integración. Los retiros en los Países Bajos —donde las trufas con psilocibina son legales— van de 400 a 1,500 euros (entre 8,000 y 30,000 pesos) por día. Y un protocolo completo de terapia asistida con MDMA para el TEPT, según análisis económicos del Global Initiative for Psychedelic Science Economics, costará alrededor de 11,500 dólares (unos 200,000 pesos) por paciente cuando llegue a comercializarse.

Si el salario mínimo en México en 2025 fue de aproximadamente 248 pesos diarios, hagamos la cuenta.

Hay algo que me parece importante decir con claridad: estas terapias no son costosas porque las moléculas en sí lo sean. De hecho, una dosis de ketamina puede costarle a una clínica alrededor de un dólar. Lo que encarece el tratamiento es el tiempo clínico, la infraestructura, la supervisión y el proceso de integración. Todo eso es real y necesario. Pero el resultado es una paradoja difícil de ignorar: el costo del sufrimiento no tratado —en productividad perdida, hospitalizaciones, cronicidad y vidas interrumpidas— puede ser enorme.

La ironía histórica que me pesa al pensar en esto es que muchos pueblos originarios de México utilizaban hongos sagrados, peyote y otras plantas de poder como formas de medicina comunitaria: accesibles, colectivas y profundamente arraigadas en el territorio y la cultura. Décadas después, parte de ese conocimiento ha sido incorporado a circuitos científicos y comerciales globales, reempaquetado con lenguaje clínico y devuelto en formas de tratamiento cuyo costo, en muchos casos, termina alejándolo de buena parte de la población. También de algunas de las comunidades que durante siglos resguardaron estos saberes.

Los modelos que abren la puerta

La pregunta que debemos hacernos colectivamente es quién decide quién puede acceder a estas medicinas. Es una pregunta política, ética y profundamente humana.

La respuesta que yo he encontrado, al menos por ahora, tiene forma de comunidad.

El modelo comunitario no es filantropía en el sentido clásico. Tampoco es caridad. Es una arquitectura de cuidado colectivo en la que quienes han sanado quieren que otros también puedan hacerlo; donde colegas aportan su tiempo y su criterio clínico, y amigos entienden que el acceso a la salud mental es un bien común. Cuando esos esfuerzos se suman, lo que parecía imposible se vuelve posible.

Los estudios publicados en 2023 sobre terapia psicodélica grupal muestran que este modelo puede reducir hasta un 50% los costos clínicos en protocolos de MDMA para TEPT y cerca de un 35% en protocolos de psilocibina para depresión mayor, sin sacrificar eficacia.

El modelo que estamos construyendo bajo estas bases se llama Entre Mundos y lo hemos venido desarrollando en mi práctica junto con un equipo de profesionales altamente calificados, pero además de eso, con un gran sentido de humanidad.

Propone un espacio de transición, preparación y comprensión que permite a las personas acercarse a estas terapias, entenderlas e integrarlas a su historia de vida, sin que el precio del mercado sea quien tome la decisión.

El encuentro de este fin de semana existe porque hay personas que decidieron que el acceso a la sanación no debía depender únicamente del tamaño de la cartera. Pacientes que han sanado y quieren que otros también puedan hacerlo. Colegas que aportaron su experiencia y su tiempo. Amigos que entendieron que apoyar a una desconocida en su proceso de salud mental es también, de alguna manera, una forma de cuidarse a sí mismos. Su corazón estará presente en cada una de esas mujeres este fin de semana. Gracias a Wilhemina de Castro, Andrea Anaya, Nicole Rajwan y María Mirón por su tiempo, su amor y su compromiso con la comunidad.

Si este modelo es posible una vez, podrá replicarse. Y esas sí que son buenas noticias.

Reflexión final

Hay algo que estas mujeres me enseñaron mucho antes de que comenzara el proceso: que la sanación, cuando se comparte, se multiplica. Quien ha sanado tiene una responsabilidad con quien todavía no puede hacerlo, y el acceso a ello no debería ser un lujo.

La ketamina no es una panacea, pero en las manos adecuadas, en el contexto clínico correcto y con una preparación e integración cuidadosas, es una de las herramientas más prometedoras que la psiquiatría ha incorporado en las últimas décadas. Por eso merece estar disponible para quienes podrían beneficiarse de ella.

Si quieres entender más sobre estas terapias —sus mecanismos, sus posibilidades, sus límites, y el viaje que representan para quienes las reciben— encontrarás una guía en mi libro, Tu Viaje de Sanación Psicodélica. Porque entender es, siempre, el primer paso.

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Dra. Carmen Amezcua

Carmen Amezcua es consultora, conferencista y experta en psiquiatría integrativa. Tiene más de 17 años de experiencia dentro de la industria farmacéutica y de la salud.

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