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Opinión

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Eutanasia: cuando la medicina ya no puede prometer más

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Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada

Dra. Carmen Amezcua

Hay una frase que he escuchado en consulta más veces de las que quisiera contar. No llega gritada, ni entre lágrimas. Llega en voz baja, casi de pasada:

Doctora, si yo pudiera elegir, elegiría ya no estaría aquí.

La primera vez que la escuché, tenía frente a mí a una mujer de cincuenta y dos años que llevaba doce con depresión resistente al tratamiento. Cuatro antidepresivos distintos, múltiples esquemas terapéuticos, tres hospitalizaciones y terapia semanal. Había agotado todo lo que el sistema le ofrecía.

Esa frase no es ideación suicida en el sentido clínico habitual. Es una declaración de soberanía sobre la propia vida. Y durante años, como psiquiatra, no tuve ninguna herramienta legal para responderle a la altura de lo que me estaba pidiendo.

Hoy quiero hablar de eso.

Tipos de eutanasia

El debate sobre la eutanasia y el suicidio asistido está lleno de confusiones de lenguaje. A veces, mezclar los términos sirve para no entrar en lo que realmente está en juego.

La eutanasia activa ocurre cuando un médico administra directamente la sustancia que provoca la muerte. La eutanasia pasiva, en cambio, implica retirar o no iniciar tratamientos que prolongarían artificialmente la vida. Es una figura que ya existe en México: la Voluntad Anticipada. Está disponible en catorce estados y permite a pacientes con menos de seis meses de expectativa de vida documentar qué intervenciones rechazan.

El suicidio médicamente asistido es distinto. Allí, el médico prescribe o proporciona los medios, pero es el paciente quien ejecuta el acto final. La diferencia tiene que ver con quién realiza el acto y con cómo entendemos la autonomía cuando el cuerpo ya no responde.

Ninguno de estos términos significa lo mismo. Usarlos como sinónimos es una forma de no pensar en serio sobre lo que estamos discutiendo.

¿Cómo llegamos aquí?

Los Países Bajos fueron los primeros en legalizar la eutanasia activa, en 2002, tras décadas de debate médico, comisiones parlamentarias y construcción gradual de consenso social. Fue el resultado de una sociedad que decidió mirar de frente algo que durante mucho tiempo evitó nombrar. Bélgica y Luxemburgo siguieron ese camino en 2002 y 2009, respectivamente.

En América Latina, Colombia fue pionera: despenalizó la eutanasia en 1997 por vía judicial, no legislativa, y en 2022 amplió ese derecho al suicidio médicamente asistido. Ecuador lo hizo en 2024. En 2025, Uruguay se convirtió en el tercer país de la región en aprobarlo, esta vez por el Congreso, con una ley que reconoce el derecho a morir dignamente en personas adultas con enfermedades incurables.

Suiza representa un caso singular. Desde 1942, el suicidio asistido no es delito si no median motivos egoístas. Esto ha permitido que organizaciones como Dignitas operen legalmente, incluso con ciudadanos extranjeros.

El proceso que exige Dignitas da una idea de lo que implica esta decisión. Exige una carta personal explicando las razones, una autobiografía completa, historial médico actualizado y el nombre de un familiar o amigo que acompañe el proceso. El costo total supera los trece mil dólares. Así que hoy, morir con dignidad es un privilegio de quienes pueden viajar al otro lado del planeta a ejercerlo, con largos trámites legales y altos gastos. .

Más allá de lo físico

Aquí está el territorio que más me interpela como psiquiatra.

En Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo, la eutanasia está permitida también para personas cuyo sufrimiento se atribuye a una enfermedad mental: depresión grave resistente al tratamiento, trastornos de personalidad de curso crónico, psicosis refractaria.

El caso que partió a la comunidad médica fue el de una mujer joven en Países Bajos, con diagnóstico de trastorno límite de la personalidad y sin enfermedad física concomitante, cuya eutanasia se autorizó tras años de tratamiento. El debate que dejó sigue abierto. Si una enfermedad mental puede considerarse irreversible en términos comparables a una enfermedad terminal, cómo se evalúa el sufrimiento psíquico, quién determina que ya no hay más por intentar.

La respuesta honesta es que no hay consenso. Psiquiatras de distintos países están divididos. En la consulta, sin embargo, hay algo que se repite. Quienes llegan a esa conversación no suelen hacerlo desde el impulso. Llegan después de años de tratamientos, de intentos, de espera. Ponen en palabras un límite que la medicina no siempre sabe cómo abordar.

El caso mexicano

En México, la eutanasia activa está prohibida por el artículo 166 Bis 21 de la Ley General de Salud. Cualquier acción para terminar con la vida de un paciente aun por compasión y apetición del propio enfermo está tipificada como homicidio por piedad, con penas de hasta doce años de prisión.

Y sin embargo siete de cada diez mexicanos están a favor de modificar esa ley. Entre los jóvenes, ese porcentaje es todavía mayor.

La iniciativa más reciente es la Ley Trasciende, impulsada por Samara Martínez, una activista de treinta y un años con insuficiencia renal terminal. Presentada ante el Senado en octubre de 2025 con más de ciento veintiocho mil firmas ciudadanas, cinco meses después sigue estancada en revisión. Lo que sí avanza, en silencio, es el sufrimiento de quienes esperan.

Hay un dato que debería hacernos detener: entre el tres y el cinco por ciento de quienes necesitan cuidados paliativos en México tiene acceso real a ellos. La gente no solo no puede elegir cómo morir, muchas veces tampoco puede vivir su final con acompañamiento, con control del dolor, con presencia médica.

Antes de hablar de eutanasia, México tiene pendiente una deuda mucho más básica.

Lo que hacemos sin esa herramienta

Sin la ley, ¿qué le decimos al paciente que ya agotó todo?

Nombramos lo que está sintiendo sin esquivarlo. El sufrimiento no desaparece por ignorarlo. A veces, lo más difícil y lo más necesario es decir: te escucho. Lo que describes es real.

Ofrecemos lo que sí existe. La Voluntad Anticipada, disponible en catorce estados, permite documentar qué tratamientos se rechazan al final de la vida. Es una forma de poner un límite a la intervención médica.

Y acompañamos. Quizá ahí está lo más difícil. La medicina integrativa entiende el proceso de morir como parte de la vida, un tránsito que requiere presencia, cuidado y significado.

Como ciudadanos, queda otra tarea. No apartar la vista. Hablar de esto. Exigir que el Congreso responda. Entender que el debate no se agota en la ley.

El día que yo elija

No voy a fingir que no he pensado en mi propia muerte.

Como médica, he acompañado suficientes finales para saber que hay formas de morir que no le desearía a nadie. He visto cuerpos mantenidos artificialmente cuando ya no había mente ni voluntad. He escuchado a familias pedir que se deje ir a alguien que lleva semanas en una cama, sin consciencia, sin respuesta, sin nada que se parezca a la persona que fue. Y también he visto a colegas mirar al suelo cuando la ley no les permite hacer lo que, en ese momento, consideran correcto.

¿Bajo qué condiciones yo no aceptaría continuar? Mi respuesta no es una lista clínica. Es más íntima. Tiene que ver con la conciencia. Si ya no soy capaz de pensar, de sentir, de relacionarme con quienes amo si lo que queda de mí es solo biología sin presencia, entonces lo que queda no soy yo. Y no quiero que me mantengan ahí.

También tiene que ver con el dolor. No el dolor que se puede tratar. El otro, el que ya no responde a nada, el que convierte cada hora en una negociación imposible con el cuerpo. Si llegara a ese punto, querría tener la posibilidad de decidir.

Lo que espero lo que le pido al tiempo, a la ciencia, a la conversación pública de este país es que cuando ese momento llegue, existan las herramientas. Que las leyes alcancen a la realidad. Que un médico pueda acompañarme sin miedo. Que mi familia no tenga que cargar con una decisión que debería ser mía.

Porque morir dignamente no es rendirse. Es el acto final de quien vivió con intención.

Y yo pienso vivir y, cuando llegue el momento, morir con toda la intención posible.

Sigamos dialogando: puede escribirme a dra.carmen.amezcua@gmail.com o contactarme en Instagram, en @dra.carmenamezcua.

La Dra. Carmen Amezcua es psiquiatra y especialista en medicina integrativa. Es autora de Tu Viaje de Sanación Psicodélica, disponible en versión impresa, digital y audiolibro.

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Dra. Carmen Amezcua

Carmen Amezcua es consultora, conferencista y experta en psiquiatría integrativa. Tiene más de 17 años de experiencia dentro de la industria farmacéutica y de la salud.

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