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La materia que respira: Ivana Bašić y las promesas aún abiertas del cuerpo

Foto: Cortesía
Hay artistas que trabajan con el cuerpo y hay artistas que trabajan desde el cuerpo como problema existencial. Ivana Bašić pertenece a la segunda categoría, y lo hace con una radicalidad que no se agota en la contundencia formal de sus esculturas. Nacida en Belgrado en 1986 y formada entre el colapso de Yugoslavia y los talleres de Nueva York, Bašić ha construido una de las prácticas más coherentes y perturbadoras de la última década. Sus figuras —cera, vidrio soplado, alabastro, acero, aliento y polvo— no representan la vulnerabilidad humana: la materializan hasta el límite de lo soportable. Me parece que precisamente por eso, abren un territorio que el arte contemporáneo aún no ha terminado de explorar.
Lo más interesante de su obra no es solo la belleza inquietante de esas criaturas que parecen a punto de deshacerse o de renacer, sino la postura ética que sostiene detrás. Bašić no estetiza el trauma de la guerra ni lo convierte en narrativa identitaria. Lo convierte en método. El refugio antiaéreo de 1999, los setenta y ocho días de bombardeos, la conciencia temprana de que “si el cuerpo perece, yo perezco con él”, no se convierten en tema, sino en motor de una investigación material. Cada escultura es un experimento sobre los límites de lo que puede ser sostenido, comprimido, respirado o reducido a polvo. En un momento en que gran parte del arte contemporáneo se mueve entre el comentario político rápido y la producción digital acelerada, Bašić insiste en el tiempo largo, en el trabajo manual extremo y en la verdad de los materiales. Esa insistencia ya es, en sí misma, una forma de resistencia.
Pero lo que hace especialmente propositiva su práctica es que no se detiene en el diagnóstico de la fragilidad. Hay en ella una apuesta, aún en desarrollo, por la transformación. El polvo no es solo final: es también potencial. El aliento no solo sostiene la vida, sino que la acerca a su disolución. Las figuras no son ni víctimas ni monstruos; son estados de tránsito. Aquí es donde se abren las preguntas más fértiles para el futuro del arte. ¿Puede la escultura volver a ser un laboratorio de posibilidades ontológicas y no solo de representaciones? ¿Es posible pensar un posthumanismo que no pase necesariamente por la tecnología digital, sino por la intensificación de lo material? ¿Qué sucede cuando el artista deja de “crear objetos” y empieza a “dejar pasar seres”, como afirma Bašić?

Foto: Cortesía
Su obra no responde estas preguntas. Las formula con una claridad física que pocas prácticas actuales alcanzan. Y ese es, quizá, su mayor aporte: no cerrar el sentido, sino ampliar el campo de lo que el arte todavía puede intentar.
Bašic nos devuelve a la materia como lugar de pensamiento y nos deja, deliberadamente, con la duda más productiva de todas: si el cuerpo es el límite, ¿qué formas de existencia estamos todavía a tiempo de inventar más allá de él?

