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Cancelaciones, cierres y evacuaciones: el costo económico que comienza antes de que llegue un huracán
El paso de Polo frente a las costas del Pacífico mostró que un ciclón no necesita tocar tierra para generar efectos económicos: puertos cerrados, actividades suspendidas y recursos movilizados forman parte de una factura que comienza desde la prevención.

Porque para la economía, un huracán no empieza cuando toca tierra
Un huracán no necesita tocar tierra para comenzar a generar costos. Durante el paso de Polo frente a las costas del Pacífico mexicano, las medidas preventivas adoptadas ante sus posibles efectos implicaron el cierre de puertos, la suspensión de actividades escolares, el despliegue de personal y la preparación de infraestructura.
Polo alcanzó la categoría 5 en la escala Saffir-Simpson el martes 22 de septiembre y para el miércoles había disminuido a categoría 4. Aunque en ese momento no se preveía que el centro del sistema impactara directamente territorio nacional, la Coordinación Nacional de Protección Civil (CNPC) advirtió que su circulación mantendría lluvias de muy fuertes a intensas, fuertes vientos y oleaje elevado en estados del occidente y sur del país.
Ahí aparece una de las paradojas económicas de la prevención: esperar hasta conocer con certeza dónde golpeará un huracán puede ser demasiado tarde, pero prepararse implica movilizar recursos, suspender actividades y, en algunos casos, dejar de generar ingresos aun cuando el peor escenario nunca llegue a concretarse. Así, la factura de un ciclón puede comenzar varios días antes de acercarse a las costas e incluso existir aunque nunca toque tierra.
El costo de un huracán empieza con el pronóstico
Las primeras acciones por Polo comenzaron cuando todavía era la depresión tropical Diecisiete-E. Desde el 20 de septiembre, la CNPC preparó el despliegue preventivo de una Misión de Enlace y Coordinación (ECO), reforzó la coordinación con autoridades estatales y municipales y mantuvo vigilancia sobre zonas susceptibles a inundaciones y deslizamientos.
Ese mismo día, el sistema evolucionó a tormenta tropical y el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) ya anticipaba una rápida intensificación, con la posibilidad de que Polo se convirtiera en huracán mayor a mediados de semana. Conforme aumentó su intensidad, también lo hicieron las medidas de preparación: cuando alcanzó la categoría 5, la Secretaría de Marina (Semar) mantenía activo el Plan Marina en fase de prevención en los estados del litoral del Pacífico, mientras otras dependencias movilizaban personal y recursos.
El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), por ejemplo, desplegó personal especializado en Lázaro Cárdenas, Michoacán, y Manzanillo, Colima, además de mantener vigilancia permanente sobre 748 inmuebles médicos y no médicos ubicados en estados con potencial de afectación. El organismo también puso en alerta permanente su Centro Virtual de Operaciones en Emergencias y Desastres y preparó vehículos, plantas de energía eléctrica, sistemas potabilizadores, motobombas, equipos para emergencias y sistemas de comunicación satelital.
Se trató de recursos movilizados antes de conocer cuál sería el impacto final del fenómeno. Esta secuencia puede entenderse como un costo preventivo —un concepto descriptivo, no una categoría económica oficial—: recursos utilizados y actividades modificadas o suspendidas con el objetivo de reducir pérdidas potencialmente mucho mayores.
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Hoteles: las pérdidas pueden comenzar con una cancelación
En el turismo, el impacto económico puede aparecer desde que un ciclón entra en los pronósticos. Claudio Guerrero, gerente de Restaurantes del Hotel Kempinski Cancún, explicó en entrevista con El Economista que los establecimientos comienzan a monitorear estos sistemas con varios días de anticipación y, conforme aumenta el riesgo, algunos huéspedes cancelan reservaciones, modifican sus vuelos o deciden abandonar anticipadamente el destino.
Al mismo tiempo, los hoteles comienzan a prepararse: retiran mobiliario de playa, protegen restaurantes e instalaciones, resguardan equipos y organizan al personal que permanecerá durante la contingencia. El gasto, por tanto, aparece incluso antes de saber si habrá daños.
Si el ciclón cambia de trayectoria o pasa sin provocar afectaciones mayores, el establecimiento puede haber perdido reservaciones y destinado recursos a proteger sus instalaciones. Si finalmente ocurre un impacto, a esa primera factura se suman los ingresos que dejan de generarse durante el cierre y los recursos necesarios para reparar los daños y recuperar la operación.
El costo para una empresa puede dividirse así en distintas etapas: prepararse, dejar de operar, reparar y recuperar la actividad, procesos que no necesariamente comienzan ni terminan al mismo tiempo.
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Un puerto cerrado puede afectar negocios lejos de la costa
El paso de Polo también permitió observar cómo las medidas preventivas pueden alcanzar a actividades económicas que dependen de la conectividad marítima. El miércoles 23 de septiembre, la Secretaría de Marina mantenía medidas de prevención y restricciones a la navegación en distintos puntos del Pacífico ante las condiciones generadas por el huracán, con el objetivo de reducir los riesgos asociados con el oleaje elevado, los fuertes vientos y las lluvias para embarcaciones, tripulaciones y comunidades marítimas.
La relevancia económica de este tipo de medidas aumenta cuando se aplican en nodos que concentran una parte importante del comercio. Manzanillo ofrece uno de los ejemplos más claros: entre enero y julio de 2026, el puerto movilizó 2 millones 455,956 TEU, equivalentes a 43.4% de todos los contenedores manejados por el sistema portuario mexicano durante ese periodo.
El TEU (Twenty-foot Equivalent Unit) es la unidad utilizada internacionalmente para medir la capacidad de carga de los contenedores y equivale a un contenedor estándar de 20 pies de longitud. En otras palabras, más de cuatro de cada 10 contenedores movilizados en México durante esos siete meses pasaron por el puerto de Manzanillo.
El cierre preventivo de un puerto no implica necesariamente que toda esa actividad se pierda, pues las operaciones pueden reanudarse y parte de la carga simplemente experimentar retrasos. Sin embargo, cuando la interrupción se prolonga, sus efectos pueden extenderse hacia otros eslabones de la cadena: un barco que espera para ingresar o salir puede retrasar una mercancía; esa mercancía puede contener insumos que necesita una fábrica y, a su vez, la demora en la producción puede afectar inventarios, entregas o exportaciones.
Puerto → transporte → insumos → producción → distribución.
Bernardo Bastien-Olvera, investigador de la UNAM especializado en clima, sociedad y economía ambiental, explicó en entrevista con El Economista que las empresas no deberían evaluar únicamente la resistencia física de sus instalaciones, sino también la vulnerabilidad de los insumos y proveedores de los que depende su producción. De esta manera, una compañía ubicada a cientos de kilómetros de la trayectoria de un huracán puede enfrentar consecuencias económicas sin recibir directamente sus vientos o lluvias
Evacuar, cerrar o continuar: una decisión bajo incertidumbre
La prevención plantea además una decisión compleja para autoridades y empresas: actuar cuando todavía no se conoce con certeza qué tan severo será el impacto. Cerrar demasiado tarde puede elevar el riesgo para las personas y la infraestructura, mientras hacerlo anticipadamente puede significar suspender una actividad que finalmente no habría sufrido daños.
Polo dejó un ejemplo de esta incertidumbre. El martes 22 de septiembre, el IMSS señaló que los modelos no preveían que el huracán tocara tierra, pero su trayectoria cercana al litoral podía generar precipitaciones importantes en regiones costeras y serranas de Guerrero, Michoacán, Colima y Jalisco. Por ello, mantuvo sus medidas preventivas y el despliegue de personal.
Un día después, en Michoacán, las autoridades mantenían suspendidas las actividades escolares en Aquila, Coahuayana, Chinicuila, Coalcomán, Lázaro Cárdenas, Arteaga y Tumbiscatío, mientras Protección Civil continuaba con el monitoreo ante posibles cambios en la trayectoria e intensidad del sistema.
La lógica detrás de estas decisiones consiste en asumir un costo inmediato y controlado para disminuir la posibilidad de enfrentar posteriormente uno mucho mayor.
Por ello, que un huracán cambie de trayectoria, se debilite o finalmente no provoque los daños inicialmente temidos no significa necesariamente que las medidas adoptadas hayan sido innecesarias: en muchos casos, su finalidad es precisamente evitar que la amenaza se transforme en pérdidas humanas y económicas mayores.
Cuando el huracán se va comienza otra factura
Si ocurre un impacto, el costo cambia nuevamente de naturaleza, porque recuperar la infraestructura no significa necesariamente que la actividad económica haya regresado al mismo ritmo.
Otis dejó uno de los ejemplos más claros en Acapulco. A 29 días del impacto, la Comisión Federal de Electricidad había recuperado el suministro para 98% de los usuarios afectados; sin embargo, la demanda eléctrica de la ciudad se encontraba todavía en 170 megawatts frente a los 260 MW registrados antes del huracán, equivalente a alrededor de 65% del nivel previo. La diferencia ayuda a explicar por qué reabrir no es necesariamente recuperarse.
Un hotel, por ejemplo, puede reparar sus instalaciones, pero todavía dependerá de que funcionen el aeropuerto, las carreteras, los servicios públicos y sus proveedores. También necesita que sus trabajadores puedan trasladarse y, finalmente, que los turistas vuelvan al destino.
Guerrero explicó que después de un huracán los establecimientos no sólo deben revisar los daños dentro del inmueble: la situación de los trabajadores, la conectividad y las condiciones generales del destino también determinan cuánto tiempo tardará una empresa en recuperar su actividad. Por ello, el costo económico puede continuar mucho después de que el ciclón desaparece de los mapas meteorológicos.
Prepararse también es una inversión
Las medidas preventivas tienen un costo, pero su objetivo es evitar otro potencialmente mayor. Para Bastien-Olvera, las empresas deben analizar tanto la capacidad de su infraestructura para enfrentar lluvias, inundaciones o temperaturas extremas como las vulnerabilidades existentes a lo largo de sus cadenas productivas.
Esto obliga a ampliar la pregunta tradicional sobre la preparación ante huracanes. Ya no se trata únicamente de saber si un edificio resistirá el viento o si existe un seguro contra daños: una empresa también necesita conocer qué ocurriría si deja de operar el puerto por el que recibe sus insumos, si un proveedor pierde su producción, si sus trabajadores no pueden llegar a las instalaciones o si la electricidad y las comunicaciones tardan en restablecerse.
La evolución de Polo durante esta semana dejó una muestra de cómo esos costos pueden comenzar antes de conocer el desenlace de un ciclón. Las decisiones para proteger a la población, resguardar infraestructura y reducir riesgos comenzaron cuando el sistema todavía era una depresión tropical y aumentaron conforme se intensificó frente a las costas mexicanas.




