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La libertad está condicionada y no es absoluta

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OpiniónEl Economista

Dudemos de nuestras creencias. La biología, la cultura, el medio ambiente y la tecnología determinan lo que somos y lo que creemos. Los procesos bioquímicos nos inclinan a actuar de una u otra manera, independientemente de nuestra voluntad. Muchas de las ideas políticas y económicas son hipótesis que han sido útiles para guiarnos. Ello es independiente de que sean verdaderas o falsas. Han servido para dirigir nuestro proceder en una u otra dirección. Con el tiempo, algunas perduran y otras desaparecen. Por ello, ideas como la libre elección de las personas debe entenderse en un contexto amplio, social y político.

Por ejemplo, el mito del homo economicus surge en el siglo XVIII con pensadores como Adam Smith, David Ricardo y más tarde John Stuart Mill, quienes imaginaron al ser humano como un agente racional que maximiza su beneficio individual. Esta figura se consolidó con la economía neoclásica del siglo XIX. Autores como William Stanley Jevons y Léon Walras, formalizaron la idea de que las decisiones humanas podían modelarse mediante cálculos matemáticos de utilidad. El supuesto era claro: el individuo elige libremente, guiado por la razón, y el mercado es el espacio donde dichas elecciones se equilibran.

Esta hipótesis fue extraordinariamente útil para construir modelos de mercado y justificar políticas. Pero hoy la ciencia contemporánea nos obliga a matizar esta visión. La biología humana establece límites invisibles: nuestras neuronas, hormonas y predisposiciones genéticas y epigenéticas condicionan la manera en que percibimos y actuamos en el mundo y reaccionamos ante él. El cerebro es un órgano motivado por fuerzas bioquímicas que moldean nuestra conducta. Igualmente influyen en nuestra actuación las narraciones y las condiciones biopsicosociales.

La neurociencia ha documentado que la maduración desigual de las regiones cerebrales influye en nuestro autocontrol. Estudios longitudinales como el proyecto ABCD, publicados en JAMA Network Open (2024), muestran que los adolescentes con corteza prefrontal más delgada y regiones subcorticales más desarrolladas tienen mayor probabilidad de consumir alcohol, nicotina o cannabis antes de los quince años. Este hallazgo es crucial: la vulnerabilidad aparece antes de la exposición, lo que significa que la voluntad es condicionada por el desarrollo biológico. Como se aprecia la libre elección queda al margen, pues la voluntad está circunscrita en nuestra arquitectura cerebral.

El ambiente físico refuerza estas limitaciones. El consumo de alimentos ultraprocesados, la calidad del aire, la exposición a tóxicos o la luz que regula nuestros ritmos circadianos influyen en la conducta. La voluntad se despliega siempre en un escenario material que la limita. No decidimos en el vacío. El cuerpo responde a estímulos invisibles que condicionan la energía, el humor y la capacidad de concentración.

El consumo de alimentos ultraprocesados, por ejemplo, impacta la salud metabólica y la salud mental. Un metaanálisis publicado en Nutrients encontró que las dietas basadas en estos productos aumentan 44% el riesgo de depresión y 48% el riesgo de ansiedad: la química de lo que ingerimos altera directamente el estado de ánimo y la capacidad de concentración. Además, investigaciones recientes señalan que los ultraprocesados afectan la síntesis de neurotransmisores y la microbiota intestinal, lo cual modifica el sueño y el comportamiento emocional.

La calidad del aire es otro factor decisivo. Estudios epidemiológicos han demostrado que la exposición prolongada a contaminantes atmosféricos se relaciona con deterioro cognitivo y mayor incidencia de trastornos neurodegenerativos. El cerebro, altamente dependiente del oxígeno, responde de manera sensible a partículas finas y metales pesados presentes en el aire urbano, lo que condiciona la memoria, la atención y el rendimiento intelectual.

La luz, reguladora de los ritmos circadianos, también determina nuestra conducta. La cronobiología ha mostrado que la alteración de estos ritmos -por ejemplo, en trabajadores nocturnos o personas expuestas a luz artificial intensa en horarios inadecuados- afecta la secreción de melatonina y cortisol, modulando el humor, la energía y la capacidad de concentración. La microbiota intestinal cambia en sincronía con los ritmos circadianos, influyendo en la regulación del apetito y la homeostasis (equilibrio), revelan investigaciones recientes.

Como se aprecia, la voluntad y las elecciones, están condicionadas por factores físicos, biológicos y sociales. La libertad de elección, tan defendida por la tradición del homo economicus está muy constreñida.

Y más allá de la biología y el ambiente, está la cultura (conjunto de creencias y valores compartidos), que tiene un enorme peso en nuestras decisiones y condiciona la libertad, el libre albedrío. La cultura es fruto de los relatos fundacionales de las sociedades. En el caso de Occidente, nuestra concepción del mundo parte de la cosmogonía judeocristiana. La Ilustración dio el toque laico al relato bíblico, que hoy nos inspira. Esta narración nos ha dotado de valores, que establecen lo que es correcto y lo incorrecto (lo bueno y lo malo), y nos permiten colaborar en grandes tareas, como dice Matthew Lieberman en Social.

Pero la cultura es una fuerza ambivalente. Es un conjunto de valores que nos orienta hacia la convivencia pacífica y, a la vez, un sistema de relatos que organiza la acción colectiva en una dirección determinada. Cuando decimos que los relatos compartidos nos permiten colaborar, hablamos de la capacidad humana de construir instituciones, normas y proyectos colaborativos. Pero esa misma capacidad no garantiza que el resultado sea virtuoso. La historia muestra que las instituciones pueden ser democráticas y protectoras, pero también autoritarias y excluyentes. El paso de la cooperación a la violencia colectiva ocurre cuando el relato que sostiene la acción común se manipula o se orienta hacia la exclusión del otro. Lieberman subraya que la cultura nos da la posibilidad de actuar juntos. Coincide con pensadores -como Gustave Le Bon en La psicología de las multitudes (1895)- que esa misma fuerza puede arrastrar a los individuos hacia conductas irracionales cuando el grupo arrastra al individuo y deja en pausa la responsabilidad personal. Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo (1951), mostró cómo relatos ideológicos pueden convertir la cooperación en obediencia ciega y violencia sistémica.

Así, el vínculo es claro: la cultura nos permite construir instituciones porque nos da un marco común de valores y creencias.

Pero al mismo tiempo, puede ser instrumentalizada para legitimar prácticas destructivas. El relato judeocristiano, por ejemplo, reforzó la idea de libertad y responsabilidad individual, pero también estableció jerarquías y exclusiones que marcaron siglos de historia. La paradoja es que la misma fuerza que nos permite convivir y cooperar puede arrastrarnos hacia dinámicas destructivas cuando el relato se convierte en dogma o propaganda. De este modo, la transición entre virtud de la cultura y distorsión o abyección es resultado de su doble naturaleza: la cultura es el cemento de la cooperación, pero también el combustible de la obediencia y la violencia cuando se manipula. La clave está en reconocer que los relatos no son neutrales: orientan la acción colectiva y, según cómo se construyan y quién los controle, pueden sostener instituciones democráticas o alimentar fenómenos inquietantes.

En suma, el libre albedrío absoluto es ficción. La biología establece límites invisibles, el ambiente físico modula nuestras reacciones y la cultura orienta nuestras decisiones. La libertad existe, pero es relativa: se ejerce en un marco de predisposiciones neuronales y valores culturales que nos preceden. La tarea política y filosófica de nuestro tiempo es reconocer que nuestras elecciones están moldeadas por neuronas, hormonas y relatos, y que sólo mediante la construcción de narrativas colectivas orientadas hacia la cooperación podemos enfrentar los riesgos que hoy se incuban en la biología y el ambiente.

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