Lectura 8:00 min
Israel González Élan transforma un XPENG G6 en una obra de arte

El artista mexicano trasladó su universo visual a un XPENG G6, en una intervención que reunió tecnología, tradición y una reflexión sobre la vida, la muerte y nuestra capacidad de transformar la realidad.
Para Israel González Élan, conocido también como Matador, la oscuridad y la luz no son fuerzas contrarias, sino partes de una misma unidad. La vida y la muerte forman parte de un ciclo que va mucho más allá de nuestra comprensión. Esta idea, presente en su trabajo desde hace años, encontró una nueva forma de expresión sobre la carrocería de un automóvil eléctrico.
La intervención de un XPENG G6, presentada el 31 de octubre en Paseo Interlomas con motivo del Día de Muertos, permitió al artista multidisciplinario trasladar su lenguaje geométrico a un soporte que nunca antes había explorado.
El proyecto partió de una obra preexistente, Módulo de acontecimiento cromático, perteneciente a su serie Más allá de la materia, en la que investiga la existencia de otras realidades, los portales, las vibraciones y aquello que puede encontrarse después de la muerte. Al trasladarla al automóvil, Matador encontró una intersección entre el arte contemporáneo y la tradición mexicana, sin renunciar a su propio lenguaje.

Israel González Elán.
Cuatro lienzos y una arquitectura en movimiento
Con una formación en diseño gráfico y un máster en comunicación visual, Matador encontró en el automóvil un nuevo desafío creativo.
Para desarrollar la intervención, imaginó el vehículo como cuatro lienzos principales. Comenzó por los laterales, las superficies con mayor presencia visual, y continuó con el cofre, el toldo y la parte posterior.
El ejercicio implicó adaptar sus composiciones a los volúmenes y curvas de una estructura industrial. Un automóvil es, de alguna manera, una arquitectura en movimiento, concebida desde la ingeniería para que cada una de sus partes responda a una función específica.
En este caso, esa arquitectura encontró otra lectura mediante la geometría, uno de los elementos centrales del trabajo del artista, quien la considera una forma elegante y ordenada de representar la realidad.
También aparece aquí una relación interesante entre dos maneras de entender la tecnología: aquella que desarrollamos a través de la ingeniería y la que Matador explora desde la conciencia, la percepción y nuestra conexión con el universo.
La tecnología interna de la que habla el artista no tiene que ver con circuitos o dispositivos, sino con aquello que sucede dentro de nosotros, con nuestra capacidad de percibir, imaginar y relacionarnos con lo que nos rodea.
Es precisamente esta coincidencia de conceptos la que vuelve interesante su colaboración con XPENG. Por un lado, un automóvil que surge de la investigación tecnológica; por el otro, un artista que lleva años explorando las estructuras invisibles del ser humano y del universo.
El inframundo y la luz interior
Una de las coincidencias más interesantes del proyecto fue que Matador nunca había trabajado conscientemente con la cosmovisión mexica. Sin embargo, al plantearse la necesidad de incorporar referencias al Día de Muertos, encontró en una de sus propias obras un punto de partida.
Módulo de acontecimiento cromático representa un universo oscuro atravesado por una luz central, una especie de sol interior que funciona como brújula o chispa divina.
La pieza, construida a partir de una paleta que va del azul cobalto profundo al ultramar, permitió establecer una relación con el Mictlán, el inframundo de la cosmovisión mexica.
En esta tradición, la muerte no necesariamente representaba el final de la existencia, sino un tránsito. Una idea que encuentra cierta correspondencia con las investigaciones de Matador sobre la transformación, las vibraciones y la posibilidad de otras realidades.
El sol ocupa un lugar fundamental en su pensamiento. Es el dador de vida, una manifestación de lo divino y el centro alrededor del cual se organiza nuestra existencia. Esta reflexión también forma parte de su serie El Camino del Sol.
La oscuridad, lejos de representar únicamente algo negativo, resulta indispensable para comprender la luz. El artista encuentra incluso una analogía en el ojo humano: la parte oscura del iris y la pupila, que nos permite recibir la luz y observar el mundo.
Para Matador, ambas forman una unidad de fuerzas que parecen opuestas, pero que en realidad se complementan.
La tradición mexicana desde otro lenguaje
Las calaveras y el cempasúchil fueron elementos incorporados específicamente para esta intervención. Aunque su presencia respondía a la celebración del Día de Muertos, inicialmente representaron un desafío para Matador, quien consideró que podían entrar en conflicto con su lenguaje abstracto.
El reto fue encontrar una manera de integrarlos sin perder la identidad de su obra.
Las calaveras adquirieron un significado relacionado con el final de la vida, pero no necesariamente de la existencia. El artista compara esta idea con los ciclos cotidianos de descanso y despertar, donde cada final también abre la posibilidad de un nuevo comienzo.
El cempasúchil, con su color luminoso, encontró una relación natural con el sol y su presencia dentro de la composición. Sus tonos naranjas contrastan con los azules profundos que representan el inframundo.
El resultado no buscó reproducir literalmente las deidades mexicas ni ilustrar su mitología, sino construir un diálogo entre símbolos reconocibles de nuestra cultura y el universo visual que el artista ha desarrollado a lo largo de su trayectoria.
En esta intervención, la geometría funciona como un lenguaje capaz de reunir elementos aparentemente distantes. La oscuridad y el sol, la muerte y la vida, lo ancestral y lo contemporáneo encuentran un espacio común.
La colaboración con XPENG permitió llevar estas ideas a un soporte distinto y acercar el trabajo de Matador a un público que no necesariamente frecuenta los circuitos tradicionales del arte contemporáneo.
Entre la geometría, el Mictlán y una obra compartida
Quizá uno de los aspectos más interesantes de la experiencia ocurrió después de que el automóvil estuvo terminado.
Matador imaginó la posibilidad de incorporar trazos sobre una calavera para que otras personas pudieran participar y dejar algo propio en la pieza. Su intención era que la obra no permaneciera estática, sino que siguiera transformándose a partir de la participación colectiva.
La presentación reunió a familias, niños y visitantes que encontraron en el automóvil algo más que un objeto para observar. Las actividades de dibujo y pintura permitieron extender la experiencia artística hacia el juego y la convivencia, en un espacio donde la tecnología y una de las celebraciones más queridas de México encontraron un punto de encuentro.
Para el artista, esta participación fue una de las partes más significativas del proyecto. Cada persona podía llevarse un recuerdo de la experiencia y, al mismo tiempo, sentirse parte de algo construido entre todos.
La idea responde también a una convicción que atraviesa su manera de entender el arte: la importancia de conservar nuestra capacidad de asombro.
“Nunca deberíamos de perder este asombro como cuando niños”, expresó Matador, al hablar de la necesidad de permitirnos transformar la realidad de una manera lúdica, sin olvidar el juego, el cariño y las emociones.
Esta forma de entender la creación tiene mucho que ver con su proceso artístico. Para él, experimentar con un soporte desconocido no significa únicamente resolver un problema técnico o compositivo. También implica permitirse jugar, equivocarse, descubrir nuevas posibilidades y aprender a través de la experiencia.
En este sentido, la colaboración con XPENG encontró un significado particular. La marca apostó por establecer un diálogo entre la movilidad eléctrica, la creación contemporánea y una tradición profundamente mexicana, permitiendo que la intervención trascendiera el diseño del vehículo para convertirse en una experiencia compartida.
Lo que comenzó como un encuentro entre un artista y un automóvil terminó reuniendo a personas de distintas generaciones alrededor de una misma propuesta.
El propio Matador reconoce que una de sus mayores satisfacciones fue observar a las familias mexicanas reunidas, las expresiones de sorpresa y la manera en que los visitantes hicieron suya la experiencia.
Hay algo especialmente valioso en esa reflexión. Estamos acostumbrados a relacionar la tecnología con el futuro, la velocidad y los avances de la ingeniería, pero pocas veces pensamos en su capacidad para acercarnos a los demás. Olvidamos que la tecnología también forma parte de nosotros, que habita en nuestro presente y en nuestra manera de relacionarnos con el mundo.
Tal vez por eso resulta interesante que un automóvil nacido de una firma tecnológica, concebido para llevarnos de un lugar a otro, haya terminado convirtiéndose en un punto de encuentro.
Y que una obra concebida a partir de la oscuridad, el sol y las preguntas sobre lo que existe más allá de la materia encontrara también otra forma de trascender: a través de las personas que participaron en ella.
Coincido con algo que me compartió Israel: aprender, compartir, convivir y cocrear es, finalmente, parte de lo que le da sabor a la vida.

