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El hombre hecho a sí mismo o el Dios de los Trump

Opinión
Dos tradiciones dominan el relato que forjó los valores, las leyes, la conducta y la moral de los pueblos del mundo conocido como Occidente que nace y se inspira en la cosmogonía judeocristiana (la Biblia). Este secreto ayuda a comprender nuestro comportamiento y la aparición de liderazgos, como el de Donald Trump, y otros políticos que gobiernan y se creen dioses o tocados por la gracia divina y su misión es salvar a “su pueblo”. Parece trivial el asunto, pero discernir por qué suceden estos fenómenos ayuda a guiarnos y saber hasta dónde están dispuestos a ir líderes, como el presidente estadunidense, que ostentan tanto poder.
Entender nuestro presente requiere que nos remontemos al siglo IV de nuestra era. En aquel tiempo, dos clérigos y filósofos discutieron un asunto que hoy parece irrelevante, carente de sentido y significado. A uno se le conoce como Pelagio y el otro, más cercano a nosotros, es Agustín, obispo de Hipona, provincia africana, y los católicos lo nombran San Agustín. Estos dos hombres discutieron si el hombre se salva por la gracia divina o por su voluntad y sus obras. Es un sinsentido para el hombre moderno, pero lo que deriva de esto fundó a nuestro mundo.
Pelagio sostuvo que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza y como la voluntad divina no conoce límites, la voluntad humana puede superar todos los obstáculos. Es el origen del hombre hecho a sí mismo todopoderoso. Si estas palabras suenan familiares y las encarnan personas como Trump, Musk, Bezos, Thiel Zuckerberg, entre otros tecoligarcas, entonces desentrañamos cómo una antiquísima polémica es fuente de valores y creencias de los hombres hoy en día. Por su parte, Agustín arguye lo opuesto: el hombre no es libre del todo porque nunca logra conocerse a sí ni entender las causas de su proceder. Estas ideas se hicieron laicas con la Ilustración y nace el reino del hombre.
Para Pelagio, el hombre se salva con sus obras. Para Agustín, lo salva la gracia divina, pues Dios nada debe a la humanidad y sus méritos le tienen sin cuidado. Esta nimiedad para nosotros los modernos distingue los valores del mundo anglosajón, de los del mundo católico. En aquel tiempo Agustín ganó la polémica. Hoy, Pelagio es nuestro guía. El hombre que desconoce límites, que se erige en rey de la creación, el superindividuo. Esto remite a la depredación del planeta, al progreso sin brida, de que todo es rendimiento y convoca a la arrogancia (hybris).
Y si podemos crear el paraíso en la tierra, ningún esfuerzo o sacrificio es excesivo. Todo se vale. Todavía más: este superhombre es el que tiene derecho a hacer y deshacer y puede sojuzgar a los débiles. He aquí el credo de los hombres, como Trump, que se sienten hechos a sí mismos y que nada deben a la relación con otros hombres: son antisociales, hiperindividualistas y voluntariosos. Se asemejan al Dios de la Biblia. En la versión griega del Eclesiástico (15:14) leemos que Dios «creó al hombre y lo dejó librado a su propio albedrío» (el original hebreo dice «a su propia inclinación»). Y así como la voluntad divina no conoce límites, la voluntad humana puede superar todos los obstáculos.
En el Nuevo Testamento encontramos frases que contemplan la posibilidad de que los hombres lleguen a ser como dioses: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (Mateo 5:48), o «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo dije: Dioses sois”?» (Juan 10:34, que alude a Salmos 82:6). En Génesis 1:28, retumba esta sentencia: «Multiplicaos, llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra». El origen del antropocentrismo que con el tiempo se reveló como la depredación de nuestro planeta.
Uno de los grandes historiadores de las ideas políticas, Tzvetan Todorov interpreta esta sentencia bíblica, que siguen al pie de la letra los discípulos modernos de Pelagio, aun sin conocerlo: Si “Dios actúa solo, sin interactuar con sus semejantes (porque no los hay), de modo que también el hombre está destinado a hacerlo, sin preocuparse de su entorno humano ni de la sociedad que lo forma”… la frase del Génesis nos permite entender, desde un punto de vista muy pelagiano, que el hombre se crea a sí mismo y que su voluntad no tiene límites. (Los enemigos íntimos de la democracia). Muchos años después, estas ideas que nacen de la teología del Dios de la Biblia se tornan terrenales.
En el tiempo de la Revolución francesa Condorcet, alumno destacado de las ideas pelagianas las seculariza: la voluntad del hombre sustituye al Dios todopoderoso de la antigua polémica entre Agustín y Pelagio. Condorcet teoriza que si la humanidad se lo propone podrá erradicar el mal de la tierra y el Progreso (la nueva deidad) será infinito. El Paraíso celestial ahora será aquí y ahora, en la tierra. Así, la voluntad de poder asume el papel de viejas ideas milenaristas de una vida después de la muerte. Sustituir lo sagrado por la profana voluntad humana facilita el ascenso de una nueva esperanza: el hombre puede transformarse a sí y transformar al mundo a la medida de sus deseos y voluntad. Es el nacimiento del “Hombre Nuevo” para los comunistas y del hombre individualista, superhéroe, todopoderoso del capitalismo.
De esta transformación se encargará el legislador, sostiene Saint-Just. Apunta Todorov: “«El legislador da órdenes para el futuro. No le sirve de nada ser débil. Tiene que querer el bien, y perpetuarlo. Tiene que hacer de los hombres lo que quiere que sean». La materia humana maleable queda en manos del legislador… Dicho de otro modo: no puede dejarse de recurrir a la violencia, y a la Revolución la sucederá el Terror, que deriva no de circunstancias fortuitas, sino de la propia estructura del proyecto. Como se trata del bien supremo, todos los caminos que se sigan para alcanzarlo son buenos («No le sirve de nada ser débil») y se tiene derecho a destruir a los que se oponen a él”.
Hoy nuevamente afloran estas añejas ideas, derivadas de la muy antigua concepción del mundo (cosmogonía). En un mundo laico, las encarnan personajes que se creen dioses, y asumen que su misión es salvar a “su pueblo” y que ese fin superior lo justifica todo, así sea a costa de grandes sacrificios, muerte y destrucción. Estos personajes surgen en épocas de grandes cambios tecnológicos que sacuden los cimientos sociales, momentos de temor, de zozobra, de incertidumbre. Vivimos tiempos inciertos e ignoramos el derrotero que nos depara el destino. En medio de estas tinieblas una pequeña luz de esperanza consiste en comprender las ideas que nos gobiernan y nos subyugan. Pareciera que el mudo judeocristiano, como Sísifo, está destinado a repetir sucesos que podríamos llamar genéricamente como mesianismo.