Lectura 3:00 min
Cuba y la diplomacia petrolera

Opinión
En algún barrio de La Habana, una madre cubana prepara el desayuno de sus hijos, de madrugada, en la oscuridad. El país sufre apagones constantes. La leche que guardó ayer ya no sirve: lleva más de veinte horas sin electricidad. El 31 de enero, Cuba registró el mayor apagón de su historia: 63 por ciento del país quedó simultáneamente a oscuras.
Mientras la isla se hunde en su peor crisis energética desde el llamado "Período Especial" después de la caída de la Unión Soviética, México mantiene una curiosa generosidad con La Habana. El director de Pemex confirmó esta semana en la conferencia mañanera que la factura cubana suma 1,400 millones de dólares desde 2023. "¡Claro que nos pagan!", exclamó Víctor Rodríguez Padilla. Pero aquí la aritmética morenista falla. Tras la captura de Nicolás Maduro, Cuba perdió a su principal proveedor de crudo. México pasó a llenar ese vacío, convirtiéndose en 2025 en el mayor exportador de petróleo a la isla.
Pemex anunció simultáneamente que a partir de marzo reducirá drásticamente sus exportaciones como parte de la estrategia para procesar todo el petróleo en refinerías nacionales. "La política es que el crudo sea para beneficio de los mexicanos", sentenció. Una declaración interesante si no viniera con el compromiso de seguir vendiendo a Cuba "si hay disponibilidad".
La paradoja es evidente: si el objetivo es que cada barril mexicano se quede en territorio nacional, ¿por qué Cuba recibe tratamiento preferencial? Los envíos a la isla representan 3.3 por ciento del total exportado, no el "menos de uno por ciento" que repite Sheinbaum. Superan lo exportado a toda Centroamérica y Sudamérica combinadas.
La diplomacia petrolera con Cuba tiene raíces ideológicas que trascienden la lógica económica. Durante décadas, esa solidaridad tuvo costo simbólico. Hoy tiene costo financiero y una incongruencia estratégica insostenible.
Cuba atraviesa el colapso económico: su PIB se contrajo 11 por ciento entre 2020 y 2024. Nueve de sus 16 termoeléctricas están fuera de servicio. Y aquí está la ironía más amarga: el crudo mexicano no resuelve el problema. Las refinerías cubanas son tan obsoletas que solo procesan petróleo ligero, precisamente las mezclas Istmo y Olmeca de mayor valor comercial para México. El exembajador Ricardo Pascoe lo describe sin ambages: "Es un regalo a fondo perdido". Cuba no tiene capacidad real de repago sostenido.
Mientras tanto, las refinerías mexicanas siguen sin alcanzar la autosuficiencia prometida. En diciembre, el valor de las exportaciones petroleras cayó 61 por ciento. Y Pemex canceló contratos con clientes que pagan a precio de mercado para honrar compromisos con una isla que, según cifras oficiales, representa una fracción irrelevante de su operación.
La presidenta insiste: "México es solidario". Pero la solidaridad no puede construirse sobre inconsistencias contables ni justificarse cuando las finanzas públicas enfrentan sus propias tensiones. Si la política energética es que cada barril sea para los mexicanos, que lo sea sin excepciones ideológicas.
El petróleo mexicano no enciende las luces de Cuba. El problema de la isla no es de abastecimiento: es de infraestructura destruida por seis décadas de gestión centralizada. Seguimos exportando solidaridad ideológica disfrazada de comercio, subsidiando una causa que ni Rusia ni China pueden sostener.
La madre habanera no sabe de estos debates. Solo sabe que el refrigerador no funciona y que la noche será larga. Otra más.
