Lectura 6:00 min
Los clásicos no muerden ni mueren en una sola interpretación: por qué Jóse Azeite sí verá La Odisea de Christopher Nolan
Los mitos clásicos son lenguaje e imaginación pura, dice Azeite, y podemos ponerles la cara que se nos antoje.

Opinión
En una redacción de cierto periódico cuyo nombre no viene al caso, José Azeite, crítico literario y editor, se remece en su cómoda silla de trabajo. Está, eso sí, incómodo con sus pensamientos. Se mueve de un lado a otro como un metrónomo, midiendo el ritmo de sus ideas.
¿Qué le preocupa a Azeite? Caray, leyendo las noticias del mundo pareciera que hemos perdido la capacidad de imaginar. “Pero es que todo lo que imaginaron las aves de mal agüero se está cumpliendo”, Azeite piensa, hundiéndose en una ansiedad existencial.
El crítico voltea a ver la página casi en blanco. Repiensa lo que ha escrito. ¿No es frívolo hablar de una película que ni siquiera se ha estrenado? Otro oscuro pensamiento surca su frente: ¿Será que vivimos tan malos momentos que ya no es posible hablar con libertad del arte, la poesía, el cine, conciertos, caricaturas y telenovelas? Ya no podemos llorar sabroso con una canción ni desvelarnos con una novela sin sentirnos culpables. La autocensura abunda. El mundo se está convirtiendo en un lugar triste.
Pero, ay, Azeite piensa que sus lectores no buscan tristes asuntos cuando hojean el periódico buscando su columna. El coraje regresa al corazón de Azeite, lo que lo hace retomar el tema original de su columna: ¿cómo que le andan haciendo muecas a la adaptación de La Odisea que Christopher Nolan dirige y está próxima a estrenarse?
Muchas preguntas en esta columna. Sigamos con una más: ¿qué es un clásico? Azeite recuerda al maestro de economía de su juventud, Daniel Galindo. Galindo enseñaba en su clase que un clásico es aquel cuyo título puede reducirse a unas cuantas palabras y todo mundo sabe a qué se está refiriendo uno. Así, se puede decir que se está leyendo La riqueza de las naciones sin mencionar el título kilométrico que Adam Smith le dio a su obra. O se puede decir que nos encanta el Quijote sin hablar de “el ingenioso hidalgo”.
Un clásico es entonces una piedra de toque de nuestra cultura, un meme culto. Siguiendo con una idea de Italo Calvino, los clásicos son esos libros (o pieza artística) que un lector siempre dice “Estoy releyendo a… “ en vez de simplemente decir “Estoy leyendo “, porque da pena decir que todavía no se ha leído el clásico en cuestión. El clásico, dice Calvino, es un libro que se puede reservar para otro momento, un libro que genera riqueza y curiosidad a quien lo lee, y también para quien lo tiene en su buró, esperando tiempos mejores.
En su rico ensayo “¿Por qué leer a los clásicos?”, Calvino propone varias definiciones de clásico y una le queda al calce a la película de Nolan: los clásicos son las obras inolvidables, las que se mimetizan con la cultura general sin necesidad de haberlas leído. Se sabe quién es Batman aunque nunca se haya leído un cómic en la vida, o quién es Frankenstein aun cuando venga a la mente un monstruo y no un científico enfermo de soberbia. (Azeite se siente brillante con la comparación).
Es lo mismo que sucede con la obra homérica. Pregunta por ahí qué es una odisea y lo más seguro es que te contesten que es un sinónimo de aventura. La Odisea es un clásico que no hace falta leer para conocerlo. Por eso, dice Azeite, los clásicos no muerden porque regresar a ellos (o entrar por primera vez a sus dominios) es llegar a tierra ya conocida. Odiseo llegando a Ítaca es una metáfora de la memoria recuperada y eso, aunque no conozcamos bien a Homero, lo podemos entender todos.
Y es que los clásicos aguantan más de una definición. Azeite se detiene a pensar no solo en los clásicos modernos sino sobre todo en los mitos. La mitología, dice el crítico, no existe más que en el lenguaje y la imaginación. La mitología de un pueblo sirve en sus inicios para entender fenómenos naturales y dar forma a su cultura, pero una vez que trascienden esa aduana llegan al dominio de la universalidad. Tláloc es un dios azteca, sí, pero en nuestro imaginario moderno bien podría ser un mal padre contemporáneo que nos maltrata con la lluvia. Tláloc pervive porque los mexicanos lo conocemos desde siempre y podemos darle la encarnación que nos dé la gana. Lo que importa es el lugar que ocupa en nuestra imaginación colectiva.
Mucha gente se atacó y desmayó cuando Christopher Nolan escogió Lupita Nyong’o como su Helena de Troya. Nyong’o es bellísima pero es de color. ¿Cómo va a ser que una mujer negra interpretará esa belleza mediterránea por la que diez mil barcos fueron a una guerra que duró una década? Todos escandalizados en redes sociales. Inclusión forzada, agenda woke, gritaba la multitud. El horror, el horror.
Azeite se vuelve a remecer en su cómoda silla. ¿Por qué Nyong’o es una Helena perfecta? Porque Helena no es una sola. Homero tampoco es un único autor, tanto La Ilíada como La Odisea son productos de una cultura milenaria a la cual se le da una personalidad autoral que también es mítica. Todos los personajes de la epopeya tienen tantas versiones como lectores e imaginantes la conocen. Fijar a los personajes a una sola imagen, una única definición, es no entender la naturaleza de los clásicos.
Por supuesto que en los textos homéricos abundan las descripciones de los personajes. También el narrador se toma su tiempo hablando exhaustivamente de las embarcaciones y las armas de cada héroe. Son fascinantes y alimentan al lector, incluso si no conoce nada de barcos ni de espadas y pabellones. Quien lee puede darle la forma, color y brillo a la armadura de Aquiles o monumentalidad al muro impenetrable de Troya que su imaginación conciba; sin duda no tienen una versión unívoca. Otro tanto se puede decir de los personajes. La Helena que propone Nolan es una bella mujer de piel oscura porque la única constante del personaje es que ha de ser de una belleza deslumbrante. La belleza, ya se sabe, es cambiante y es el artista quien la propone en su particular visión de la obra. Por eso se llama adaptación, remata José Azeite.
Por fin deja Azeite de menearse como si tuviera lombrices. “Los clásicos no muerden pero la soberbia de la ignorancia sí”, piensa Azeite. ¿Y quién lo contradice?
