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Opinión

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Bienvenido a Tokio, si hablas japonés

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Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar

Manuel Ajenjo

Estuve en Tokio invitado a un Congreso de Derechos de Autor convocado por AVACI y FEESAL, y entre ponencia y ponencia he aprovechado para ejercer otro derecho, menos solemne, pero igualmente placentero: el de observar, comparar y sacar conclusiones. No sé si todas serán acertadas, pero confío en que al menos algunas resulten divertidas

Japón tiene alrededor de 123 millones de habitantes, una cifra que lo coloca en el mismo orden de magnitud que México, aunque con una diferencia geográfica nada despreciable: nuestro país dispone de una superficie casi cinco veces mayor. Dicho de otra manera, los japoneses tienen que aprender a acomodarse en mucho menos espacio, mientras que los mexicanos, aun con tanto territorio, hemos desarrollado una notable habilidad para estorbarnos unos a otros.

Tokio es la prueba monumental de que la multitud no necesariamente produce el caos. Aquí la gente se arremolina, se cruza, converge y desaparece entre avenidas, estaciones y edificios. El célebre crucero de Shibuya, donde miles de personas atraviesan simultáneamente en todas direcciones, parece una coreografía multitudinaria ensayada por una humanidad que, milagrosamente, no necesita director de tránsito. Y, sin embargo, Tokio es una ciudad silenciosa.

No es que falte gente; sobra. Tampoco es que falten automóviles; los hay por todas partes. El tráfico merece capítulo aparte. Puede ser lento, desde luego, pero es asombrosamente silencioso. Abundan las marcas japonesas de automóviles, como corresponde a un país que fabrica buena parte de los vehículos que el resto del mundo conduce. Además, aquí se circula a la inglesa: el volante está del lado derecho y se conduce por la izquierda.

Hasta ahí, todo es cuestión de acostumbrarse. Lo verdaderamente interesante es la manera en que los automovilistas parecen entenderse sin convertir cada maniobra en una declaración de guerra. Las vueltas, los giros y las incorporaciones se resuelven con una naturalidad que a un mexicano puede parecerle sospechosa. Uno mira el tránsito esperando escuchar un claxon, una mentada de madre o, cuando menos, el estruendo de un conductor indignado porque alguien se atrevió a ocupar el espacio que él consideraba de su propiedad. Pero no. Los automóviles avanzan y se acomodan sin que la calle se convierta en un tribunal donde todos son acusados y nadie acepta ser culpable.

En México, el claxon suele ser una extensión de la personalidad. Algunos lo emplean para advertir un peligro; otros, para manifestar impaciencia, reclamar derechos imaginarios o comunicarle al universo que tienen mucha prisa, aunque lleven veinte minutos sin avanzar. En Tokio, en cambio, uno empieza a sospechar que el automóvil puede cumplir su función sin necesidad de convertirse en instrumento de percusión ni en arma de intimidación psicológica.

No quisiera idealizar a los japoneses: seguramente también tendrán sus defectos, sus impaciencias y sus días de mal humor. Pero, al menos en lo que pude observar, han conseguido algo que en otras latitudes parece una utopía: compartir el espacio público sin asumir que cada desconocido es un adversario. Y eso, en una ciudad donde millones de personas tienen que convivir diariamente en un espacio relativamente reducido, no es poca cosa.

El comercio merece también algunas reflexiones. Tokio es una ciudad que recibe turistas de todas partes del mundo, pero el visitante que llega con la ilusión de comprar, curiosear y regresar cargado de novedades pronto descubre que la globalización tiene sus límites. Y uno de ellos está impreso en las etiquetas de los productos. El problema es que el inglés no aparece en las instrucciones, en los envases ni en las explicaciones sobre el uso de lo que uno pretende comprar. Todo en japonés. El contenido, las instrucciones, las advertencias y, probablemente, hasta las recomendaciones para sobrevivir a su utilización. El turista comprador puede aspirar, en el mejor de los casos, a que algún empleado lo auxilie en inglés. No siempre ocurre, desde luego, pero cuando sucede uno siente que ha recibido una distinción diplomática.

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Manuel Ajenjo

Presidente del Consejo Directivo de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y Guionista de televisión mexicano. Conocido por haber hecho los libretos de programas como Ensalada de Locos, La carabina de Ambrosio, La Güereja y algo más, El privilegio de mandar, entre otros

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