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El auge y la caída de los imperios: las lecciones de la historia que Estados Unidos ignora

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OpiniónEl Economista

De Roma y Persia al Imperio británico, las grandes potencias han tropezado una y otra vez con los mismos peligros: endeudamiento, guerras interminables, corrupción, polarización y pérdida de legitimidad. Estados Unidos muestra hoy inquietantes paralelismos con ese pasado.

“Mira hacia el pasado, con sus imperios cambiantes que surgieron y cayeron, y también podrás prever el futuro”.

— Marco Aurelio

¿Es cíclica la historia? Quizá no. Pero rima con una precisión inquietante.

Todos los imperios que alguna vez dominaron buena parte del mundo terminaron por derrumbarse, desde los persas aqueménidas hasta los virreyes británicos. Y la receta del colapso se ha mantenido sorprendentemente constante a lo largo de los milenios: exceso fiscal, aventurerismo militar, corrupción política, división social y una corrosiva pérdida de confianza en las instituciones.

Aunque rara vez se define a sí mismo como un imperio, Estados Unidos parece seguir esa misma fórmula. Los paralelismos son demasiado precisos como para ignorarlos.

Como señaló sin rodeos en 2025 el historiador Mike Duncan, creador de The History of Rome:

“Todo el mundo tiene fecha de caducidad. Toda entidad tiene un periodo de vida e, inevitablemente, llega una fase de declive. Estados Unidos sigue siendo inmensamente poderoso; no estamos al borde de desaparecer del escenario mundial. Pero, ¿parece que nos dirigimos hacia algún tipo de fracaso terminal? Absolutamente. Sin duda se siente así”.

En este reportaje examinaremos el declive imperial de Roma, Persia, los Habsburgo españoles, el Imperio otomano y el Imperio británico, para después confrontar cada una de esas lecciones con el espejo de los Estados Unidos contemporáneos.

Anatomía del ascenso imperial: la arquitectura común del poder

Todo gran imperio ha ascendido hasta la hegemonía apoyándose en una estructura conocida: innovación militar, productividad económica, fortaleza institucional, confianza cultural y capacidad para proyectar poder más allá de sus fronteras.

Las disciplinadas legiones romanas y su código jurídico unificador, por ejemplo, transformaron una ciudad-Estado en un coloso mediterráneo. Desde Asia, los mongoles perfeccionaron la movilidad militar hasta construir el mayor imperio terrestre contiguo de la historia. Por su parte, los británicos combinaron la supremacía naval con una formidable producción industrial y una red mundial de comercio que les permitió controlar casi una cuarta parte de la superficie del planeta.

Tras la Segunda Guerra Mundial, en 1945, Estados Unidos escribió su propia versión de ese guion. Contaba con una fuerza militar sin rival y logró colocar al dólar como principal moneda de reserva mundial. A ello se sumaron la superioridad tecnológica, el poder blando de Hollywood y Silicon Valley y el liderazgo de instituciones internacionales que iban de Naciones Unidas a la Organización Mundial del Comercio.

Cuando la Unión Soviética se disolvió, Estados Unidos quedó solo en la cúspide de un sistema internacional que algunos analistas describieron como dominado por la única “hiperpotencia” del planeta.

Las semillas del declive se plantan durante la grandeza

El éxito de un imperio también prepara el terreno para su eventual fracaso.

Edward Gibbon, cuya monumental Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, publicada originalmente en 1776, sigue siendo una de las grandes obras sobre la mortalidad imperial, lo expresó con su habitual contundencia:

“La decadencia de Roma fue el efecto natural e inevitable de una grandeza desmesurada. La prosperidad maduró el principio de la decadencia. Las causas de la destrucción se multiplicaron con la extensión de las conquistas y, tan pronto como el tiempo o el accidente retiraron los soportes artificiales, la estupenda estructura cedió ante la presión de su propio peso”.

Ray Dalio, el multimillonario gestor de fondos que dedicó años a estudiar el auge y la caída de los imperios neerlandés y británico, sostiene que este patrón puede observarse como un ciclo económico y político.

En su modelo, los imperios suelen surgir después de que un gran conflicto establece una nueva potencia dominante. Sigue un periodo de paz y prosperidad que estimula el endeudamiento y las burbujas financieras, aumenta la desigualdad, alimenta los enfrentamientos entre ricos y pobres y, finalmente, coincide con la aparición de rivales externos.

Dalio ha sostenido que Estados Unidos se encuentra en la etapa 6 de este ciclo, una fase que denomina “desorden mundial”, en la que “no hay reglas, la fuerza impone el derecho y las grandes potencias chocan entre sí”.

La caída: seis causas que se repiten

1. Sobreextensión financiera y degradación de la moneda

Si existe un hilo conductor especialmente persistente en los colapsos imperiales, es la incapacidad de pagar las cuentas.

Los imperios cuestan cantidades extraordinarias de dinero: ejércitos, carreteras, burocracias y la administración permanente de territorios lejanos. Cuando los ingresos dejan de cubrir los gastos, los gobernantes han recurrido históricamente al mismo remedio peligroso: degradar su moneda.

Para ilustrarlo, Roma redujo el contenido de plata de su denario de alrededor de 90% a menos de 5% a lo largo de tres siglos, provocando una fuerte inflación.

Los Habsburgo españoles, inundados por la plata procedente de América y al frente de la monarquía más poderosa de Europa, declararon la bancarrota nueve veces entre 1557 y 1666. La España de Felipe II quedó abrumada por guerras interminables contra Francia, los otomanos e Inglaterra. Apenas llegaba la plata del Nuevo Mundo, volvía a salir para pagar a los acreedores extranjeros.

Siglos más tarde, al otro lado del Canal de la Mancha, Gran Bretaña derrotó a Alemania en la Segunda Guerra Mundial, pero perdió su imperio en el proceso. En 1945 salió de la guerra devastada, cargada con una deuda gigantesca e incapaz de sostener sus compromisos globales.

Ahora volvamos la mirada hacia Estados Unidos.

En mayo de 2026, la deuda nacional bruta estadounidense se situaba en 38.91 billones de dólares, y crecía a un ritmo aproximado de 7,390 millones de dólares diarios.

En relación con el PIB, la deuda pública alcanzó 122.6% en el cuarto trimestre de 2025, mientras que los intereses netos pagados por esa deuda casi se triplicaron durante los últimos cinco años.

Según la Oficina de Presupuesto del Congreso de Estados Unidos, tan sólo los pagos de intereses consumirán 14.52% de todo el gasto federal para el año fiscal 2028.

Es una trampa parecida a la que devoró a Roma y agotó a los Habsburgo.

2. Sobreextensión militar y guerras interminables

“Un gran imperio, como un gran pastel, se reduce con mayor facilidad por los bordes”.

— Benjamin Franklin

Las grandes potencias suelen caer en la tentación de privilegiar la expansión sobre la consolidación.

El Imperio otomano extendió sus fuerzas por tres continentes —norte de África, los Balcanes y Medio Oriente— hasta que su ejército empezó a tener dificultades para reclutar soldados y mantener la moral. Las derrotas militares frente a Grecia entre 1821 y 1832, Serbia entre 1876 y 1878 y las pérdidas catastróficas de la Primera Guerra Mundial dejaron al imperio incapaz de conservar su periferia.

Como señala Britannica, el declive había comenzado incluso antes, cuando el sultán Solimán el Magnífico “se retiró cada vez más de los asuntos públicos para dedicarse a los placeres de su harén”, dejando la autoridad en manos de grandes visires corruptos.

La sobreextensión militar romana se volvió fatal cuando el imperio ya no pudo costear la defensa de sus fronteras mediante ciudadanos-soldados y recurrió a mercenarios que no sentían lealtad hacia los ideales romanos.

Entre 235 y 284 d.C., 26 personas reclamaron el título de emperador. La inestabilidad política en la cima terminó convirtiéndose en vulnerabilidad militar en las fronteras.

Estados Unidos, por su parte, ha pasado buena parte de la era posterior a los atentados del 11 de septiembre de 2001 involucrado en guerras.

Los conflictos en Irak, Afganistán y, más recientemente, Irán podrían alcanzar un costo de entre 4 y 6 billones de dólares, según estimaciones vinculadas a la Harvard Kennedy School.

En términos humanos, las guerras encabezadas por Estados Unidos desde 2001 habrían provocado cerca de 940,000 muertes directas. Si se incorporan las muertes indirectas derivadas del deterioro de los servicios sanitarios y la seguridad alimentaria, la cifra se elevaría a entre 4.5 y 4.7 millones.

Y, como Roma, Estados Unidos también dispone de sus propios mercenarios. Se les puede llamar “ejércitos privados” o “contratistas de defensa”; entre los ejemplos más conocidos figuran Academi, antes Blackwater, y Constellis.

A pesar de poseer la fuerza militar más poderosa del planeta, Estados Unidos no ha conseguido alcanzar sus objetivos estratégicos en numerosas guerras desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

No consiguió imponerse militarmente en Corea —1950-1953, con alrededor de 37,000 estadounidenses muertos y 92,000 heridos—; perdió la guerra de Vietnam —1965-1973, con 58,220 muertos y 303,644 heridos—; y abandonó Afganistán después de dos décadas de guerra —2001-2021, con 2,459 estadounidenses muertos, más de 20,000 heridos y unos 2.3 billones de dólares gastados—, dejando nuevamente a los talibanes en el poder.

Hoy se suma la guerra en curso con Irán, que ha reducido las reservas estadounidenses de misiles hasta niveles cuya reposición podría tardar varios años.

Irán, entretanto, continúa en pie pese a meses de bombardeos, destrucción de infraestructura civil y bloqueo económico.

3. Corrupción y deterioro institucional

“Las civilizaciones mueren por suicidio, no por asesinato”.

— Arnold Toynbee

La tesis de Toynbee era que los golpes decisivos contra las grandes potencias suelen proceder de dentro, no de fuera. Y la corrupción es uno de los mecanismos mediante los cuales se produce ese suicidio interno.

Durante la última etapa de la dinastía aqueménida, la malversación burocrática había penetrado tan profundamente en el Imperio persa que éste ya era vulnerable ante Alejandro Magno mucho antes de que cruzara el Helesponto.

Roma experimentó el mismo fenómeno, aunque con mayor rapidez. El historiador romano Salustio describió cómo la destrucción de Cartago, el principal rival exterior de Roma, eliminó una de las presiones que habían contenido los excesos de las élites romanas.

“Primero creció en ellos el ansia de dinero y después la de poder; éstas fueron, podría decirse, la raíz de todos los males. Porque la avaricia destruyó el honor, la integridad y todas las demás cualidades nobles”.

Cicerón, el célebre orador romano, documentó la corrupción de magistrados como Cayo Verres y advirtió al Senado que, si la ley no se aplicaba por igual a todos, la reputación del dominio romano quedaría destruida.

La observación atribuida a Tácito —“cuanto más cerca está el colapso del imperio, más disparatadas son sus leyes”— resulta un síntoma reconocible de una república que se aproxima a su fase final.

La cleptocracia del Imperio otomano fue institucional y sistémica. Conforme la autoridad política pasó de sultanes competentes a sus favoritos y visires, “la corrupción se filtró en todos los niveles de la administración”. Los intentos de reforma quedaron una y otra vez bloqueados por élites atrincheradas que anteponían el beneficio personal a la renovación institucional.

En Estados Unidos, Thomas Jefferson anticipó esta dinámica con inquietante claridad en 1785:

“No está lejano el tiempo en que la corrupción en este país, como en aquel del que derivamos nuestro origen, se habrá apoderado de los jefes del gobierno y, a través de ellos, se habrá extendido por todo el cuerpo del pueblo; cuando comprarán los votos de la gente y harán que ésta pague el precio”.

George Washington, en su discurso de despedida de 1796, identificó con igual precisión el vehículo que temía pudiera alimentar esa corrupción: los partidos políticos. Advirtió que podían convertirse en “poderosos instrumentos mediante los cuales hombres astutos, ambiciosos y sin principios” fueran capaces de subvertir el poder popular y apropiarse de las riendas del gobierno.

Leídas hoy, esas advertencias parecen diagnósticos contemporáneos.

En abril de 2026, la aprobación del Congreso estadounidense era de apenas 10%. Una encuesta de Gallup registró que incluso entre los republicanos el respaldo al Congreso controlado por su propio partido había caído a 18%; entre los independientes era de 8% y entre los demócratas, de sólo 3%.

La democracia estadounidense opera bajo un mosaico de normas éticas —entre ellas la STOCK Act, la cláusula constitucional sobre el poder presidencial de indulto, las reglas de financiamiento de campañas y los mecanismos de supervisión de contratos federales— concebidas para impedir el enriquecimiento personal y la influencia extranjera en los cargos públicos.

Pero la práctica ofrece un panorama distinto.

Legisladores han comprado o vendido acciones de sectores sobre los que ejercen funciones regulatorias, con escasas consecuencias. Entre los casos señalados se encuentran Markwayne Mullin, Lisa McClain, Dan Crenshaw y Nancy Pelosi.

También se han documentado operaciones de legisladores, cónyuges o familiares con acciones de empresas de defensa antes de conflictos militares. Entre los nombres citados figuran Marjorie Taylor Greene, Josh Gottheimer, Bruce Westerman, Gil Cisneros, Jefferson Shreve, Ashley Moody, Bob Bresnahan y Michael McCaul.

La familia Trump, por otra parte, ha acumulado una fortuna multimillonaria vinculada a una empresa de criptomonedas. World Liberty Financial (WLF), cofundada por Donald Trump, Donald Trump Jr., Eric Trump, Barron Trump y Steve Witkoff, habría generado más de 1,000 millones de dólares en ganancias.

También han surgido otras conexiones. El multimillonario de las criptomonedas Justin Sun invirtió 30 millones de dólares en WLF a finales de noviembre de 2024, poco después de la reelección de Trump. Posteriormente, una investigación de la SEC fue abandonada.

El presidente Trump también indultó a Changpeng Zhao, fundador de Binance, quien había sido condenado por violaciones relacionadas con las normas contra el lavado de dinero, después de que Binance contribuyera a generar ingresos sustanciales para WLF.

Los indultos presidenciales también han sido cuestionados por favorecer a donantes políticos por encima de los intereses de la justicia. Entre los casos documentados figuran:

• Julio Herrera Velutini, acusado de soborno.

• Trevor Milton, condenado por defraudar a inversionistas.

• Paul Walczak, condenado por apropiarse de 10 millones de dólares correspondientes a salarios de empleados.

• Joseph Schwartz, sentenciado a tres años de prisión por un fraude fiscal de 39 millones de dólares relacionado con impuestos sobre nómina.

• Adam Kidan, quien se declaró culpable de conspiración y fraude.

Una revisión de The New York Times encontró que, de 346 grandes donantes posteriores a las elecciones que fueron examinados, 197 habían obtenido beneficios financieros o estaban vinculados con sectores favorecidos por medidas que incluyeron indultos y cambios regulatorios favorables.

La corrupción también alcanzó la reconstrucción de Afganistán.

Contratistas defraudaron al gobierno por miles de millones de dólares en una zona de guerra. El Inspector General Especial para la Reconstrucción de Afganistán (SIGAR), creado por el Congreso para supervisar los 145,000 millones de dólares destinados por Estados Unidos a reconstruir el país, documentó niveles extraordinarios de fraude.

Una retrospectiva de SIGAR publicada en diciembre de 2025 concluyó que el esfuerzo de Washington “se convirtió en un enorme ciclo de corrupción, despilfarro y abuso de miles de millones de dólares”. El informe documentó 1,327 casos individuales de malversación y fraude que sumaron 29,200 millones de dólares en pérdidas.

Tampoco pueden ignorarse los archivos Epstein. Ninguna figura estadounidense de alto perfil mencionada en los documentos publicados ha sido procesada o encarcelada en relación con la red de tráfico sexual.

Y, finalmente, un solo grupo de presión centrado en política exterior financia las campañas de una mayoría del Congreso.

El American Israel Public Affairs Committee (AIPAC) se ha convertido en uno de los actores externos con mayor gasto en las elecciones al Congreso.

Durante el ciclo electoral 2023-2024, AIPAC gastó 126.9 millones de dólares, incluidos 55.2 millones en aportaciones directas a candidatos, de acuerdo con registros de la Comisión Federal Electoral recopilados por Sludge.

Todos los candidatos respaldados por AIPAC que aparecieron en una boleta electoral general en 2024 ganaron. Otro recuento encontró que 349 miembros del 119º Congreso —65% de la totalidad de sus integrantes— recibieron fondos relacionados con AIPAC durante ese ciclo.

El gasto del grupo se ha concentrado especialmente en derrotar a políticos progresistas críticos de las políticas del gobierno israelí.

4. Polarización política y pérdida de unidad cívica

Todos los imperios en declive han sufrido una fractura del consenso social que originalmente los mantenía unidos.

La República romana tardía quedó consumida por el enfrentamiento entre los optimates —la élite senatorial— y los populares, reformistas aliados con sectores de la población común.

Salustio escribió:

“El patrón de partidismo y faccionalismo habituales y, como consecuencia, de todas las demás prácticas viciosas había surgido en Roma... cada hombre actuaba en beneficio propio, robando, saqueando y despojando. De esta manera, toda la vida política quedó dividida entre dos partidos, y la República, que había sido nuestro terreno común, quedó mutilada”.

Ray Dalio ha situado a Estados Unidos en la etapa 5 de su ciclo de desorden interno, una fase que históricamente puede desembocar en guerra civil o transformación revolucionaria.

Según su análisis, los cambios registrados en Estados Unidos durante la última década —creciente desigualdad, enormes déficits y una transformación del panorama mundial— están interconectados y forman parte de una dinámica que ya ha ocurrido numerosas veces por razones semejantes.

Estados Unidos entra en el año de su 250 aniversario con señales claras de que su tejido cívico se está desgarrando en prácticamente todas sus dimensiones.

La polarización política se ha convertido en una profunda animadversión hacia quienes pertenecen a la tribu política contraria.

Gallup encontró que el porcentaje de estadounidenses que se definían como moderados cayó a un mínimo histórico de 34% en 2025, mientras que 77% de los republicanos se identificaron como conservadores y 55% de los demócratas como liberales.

Pero quizá la señal más alarmante del deterioro de la unidad cívica sea el aumento de la violencia políticamente motivada.

Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), entre 2016 y 2025 se documentaron 25 ataques y complots dirigidos contra funcionarios electos, candidatos, jueces y empleados públicos impulsados por extremismo partidista: más del triple de los registrados durante los 25 años anteriores en conjunto.

Sólo la lista de incidentes de alto perfil ocurridos entre 2024 y 2026 muestra hasta qué punto la violencia atraviesa el espectro político:

• Julio y septiembre de 2024: dos intentos de asesinato contra el entonces candidato Donald Trump.

• Abril de 2025: un atacante incendió con bombas incendiarias la residencia del gobernador de Pensilvania, Josh Shapiro.

• Mayo de 2025: dos empleados de la Embajada de Israel fueron asesinados a tiros en Washington D.C.

• Junio de 2025: la legisladora de Minnesota Melissa Hortman y su esposo fueron asesinados. El senador estatal John Hoffman y su esposa resultaron heridos en un ataque relacionado.

• Septiembre de 2025: el activista Charlie Kirk fue asesinado a tiros mientras intervenía en la Universidad del Valle de Utah.

• Noviembre de 2025: las agresiones contra agentes del ICE aumentaron más de 1,150% frente al mismo periodo del año anterior.

• Abril de 2026: un individuo armado irrumpió hacia un control de seguridad en las inmediaciones de la cena de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca.

• Mayo de 2026: un tiroteo en una mezquita de San Diego dejó tres muertos.

Una de las señales más claras de que algunos estadounidenses ya no consideran viable mantener la unión es el crecimiento de la retórica secesionista organizada.

En 2023, Marjorie Taylor Greene pidió un “divorcio nacional” entre los estados republicanos y demócratas.

Una encuesta de YouGov de 2023 encontró que 23% de los estadounidenses apoyaba la idea, y Greene volvió a plantearla en septiembre de 2025, después del asesinato de Charlie Kirk.

De forma todavía más llamativa, el apoyo a la secesión aumentó de 13% a 23% en Minnesota, de 9% a 22% en Connecticut y de 16% a 29% en California.

Al mismo tiempo, una encuesta de The New York Times y Siena encontró que 64% de los estadounidenses considera que el país está demasiado dividido para resolver sus problemas, frente a 42% en 2020. El porcentaje de quienes creen que la nación todavía puede afrontar sus desafíos cayó a 33%.

5. Pan, circo y distracción de las masas

“Hace mucho que las masas dejaron atrás sus preocupaciones. El pueblo, que antes otorgaba mandos militares, consulados, legiones y todo lo demás, ya no se involucra y ahora sólo desea con todo el corazón dos cosas: pan y circo”.

Alrededor del año 100 d.C., el poeta romano Juvenal acuñó la expresión panem et circenses —pan y circo— para describir cómo la clase dirigente mantenía dóciles a las masas.

Diversas investigaciones académicas han establecido paralelismos explícitos con los Estados Unidos modernos, donde las grandes distracciones generadas por el entretenimiento, los medios y el discurso gubernamental pueden desviar la atención de asuntos urgentes, incluida la corrupción política.

Las herramientas, por supuesto, han cambiado: algoritmos de redes sociales, ciclos informativos de 24 horas y entretenimiento disponible sin interrupción. Pero el mecanismo resulta inquietantemente familiar.

Gibbon observó una dinámica semejante durante los últimos siglos de Roma. Escribió que los cortesanos de los emperadores introdujeron “un veneno lento y secreto en las entrañas del imperio” al destruir el valor público, alimentado por “el amor a la independencia, el sentido del honor nacional, la presencia del peligro y el hábito del mando”.

Hoy, generales, padres fundadores e intelectuales ya no ocupan el centro de la admiración popular. Millones dirigen su atención hacia las figuras que aparecen en las pantallas: influencers, estilos de vida cuidadosamente fabricados, las Kardashian o Mr Beast, por superficiales que puedan resultar algunos de sus contenidos.

La aspiración ya no siempre consiste en superar a esas figuras, sino simplemente en imitarlas.

6. Erosión del poder blando y de la legitimidad internacional

Los imperios no comienzan a caer con un colapso militar o económico. Primero pierden la narrativa: la historia que justifica su predominio ante ellos mismos y ante los demás. Es lo que Joseph Nye denominó soft power o poder blando. Históricamente, su erosión puede preceder en una generación al debilitamiento del poder duro.

Dos guerras mundiales hirieron de muerte la legitimidad del Imperio británico. La contradicción moral de combatir en nombre de la libertad mientras se mantenía a millones de personas bajo dominio colonial, combinada con el ascenso de movimientos nacionalistas desde India hasta Kenia, resultó imposible de contener.

Mahatma Gandhi no derrotó al ejército británico. Derrotó la confianza de Gran Bretaña en la legitimidad de su propio imperio.

Estados Unidos registró la mayor caída general entre todos los países incluidos en el Global Soft Power Index 2026 de Brand Finance, retrocediendo en todos los indicadores salvo en reconocimiento internacional.

Una encuesta mundial de 2025 encontró que la imagen neta de Estados Unidos había caído de +22% a -5% en un año, mientras que China subió hasta +14%. Donald Trump, por su parte, recibió valoraciones negativas en 82 de los 100 países encuestados.

Por primera vez, la reputación de China superó a la de Estados Unidos en términos de posición internacional.

El dólar: la trampa de la moneda de reserva

Una de las semejanzas más significativas entre Estados Unidos y los grandes imperios del pasado se encuentra en el papel de la moneda de reserva.

Cuando Roma degradó el denario, destruyó la confianza que sostenía buena parte de su economía imperial.

Cuando la libra esterlina perdió su condición de principal moneda de reserva mundial después de la Segunda Guerra Mundial, la hegemonía británica se evaporó en el transcurso de una generación.

Desde 1944, el dólar estadounidense ha ocupado el centro del sistema monetario internacional. En el año 2000 representaba alrededor de 70% de las reservas de los bancos centrales del mundo. Sin embargo, para el tercer trimestre de 2025, esa participación había descendido a 56.92%.

Durante 2025, los bancos centrales compraron más de 863 toneladas de oro, el mayor incremento anual en 70 años. Rusia y China ya realizan entre 90% y 99% de su comercio bilateral sin utilizar dólares estadounidenses. Al mismo tiempo, la alianza BRICS ha desarrollado infraestructura financiera paralela para evitar SWIFT y reducir su dependencia del sistema de compensación dominado por el dólar.

La utilización del dólar por parte de Estados Unidos como instrumento de presión y sanción contra países que se oponen a sus políticas podría haber acelerado esta tendencia. Algunas naciones ya contemplan el yuan como alternativa para determinadas operaciones.

A la luz de experiencias anteriores, este proceso se asemeja a la lenta migración que precede a la pérdida del estatus de moneda de reserva.

 Las advertencias ignoradas

La ironía más cruel de la historia es que los dirigentes de los imperios en decadencia casi siempre tuvieron profetas que les advirtieron hacia dónde se dirigían. Los romanos tuvieron a Cicerón. Los británicos, a Gibbon y Keynes. Los estadounidenses tuvieron a sus propios fundadores.

En 1785, Jefferson advirtió que el momento de protegerse frente a la corrupción y la tiranía era antes de que echaran raíces:

“Es mejor mantener al lobo fuera del redil que confiar en arrancarle los dientes y las garras una vez que haya entrado”.

Unas décadas después, en su discurso de 1838 ante el Young Men’s Lyceum, Abraham Lincoln formuló una advertencia todavía más tajante:

“¿En qué punto, entonces, cabe esperar que se acerque el peligro? Respondo: si alguna vez llega hasta nosotros, deberá surgir entre nosotros. No puede venir del extranjero. Si la destrucción ha de ser nuestro destino, nosotros mismos deberemos ser sus autores y consumadores”.

Arnold Toynbee, tras estudiar numerosas sociedades, sostuvo que, de las 26 civilizaciones surgidas a lo largo de la historia, 19 colapsaron cuando alcanzaron un determinado estado de deterioro moral que él asociaba con su incapacidad para responder a nuevos desafíos.

“Las civilizaciones, creo, nacen y continúan creciendo al responder con éxito a desafíos sucesivos. Se desintegran cuando se enfrentan a un desafío al que no consiguen responder”.

¿Es inevitable el declive?

La respuesta es no. No es inevitable. Pero evitarlo exige algo que los imperios en decadencia han encontrado históricamente muy difícil de producir: una clase gobernante dispuesta a aceptar menos para conservar más.

Cuando comparamos el Imperio británico con Roma, observamos que las instituciones británicas conservaron suficiente flexibilidad para adaptarse. El país pasó del control imperial directo a la Commonwealth y se descolonizó sin sufrir una catástrofe militar de escala comparable a otros colapsos imperiales.

Perdió su imperio, sí. Pero no se perdió a sí mismo.

Ray Dalio, quien sitúa a Estados Unidos en una de las fases más peligrosas de su supremacía, evita pronosticar un colapso inevitable.

Entre las condiciones que plantea para evitar los peores escenarios se encuentran una reforma estructural del ciclo de deuda, la reducción de la polarización política, una mayor inversión en educación e infraestructura y la capacidad de gestionar la transición hacia un mundo multipolar sin recurrir a un conflicto catastrófico.

Todos los imperios han tenido que enfrentarse alguna vez a este veredicto.

Estados Unidos se enfrenta ahora al suyo.

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