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El atolladero de Trump con Irán podría hundir a Estados Unidos
Está por verse cuánto daño más sufrirán las instituciones estadounidenses a causa de la desacertada aventura política de Trump en Oriente Medio. La amenaza a la democracia, la estabilidad social y la resiliencia económica de EU es mayor.

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BOSTON – Bajo la presidencia de Donald Trump, la política exterior estadounidense ha tocado fondo. La guerra de su administración contra Irán, que se desata justo después del secuestro del dictador venezolano, perjudicará a Estados Unidos y cambiará la percepción que el resto del mundo tiene del poder estadounidense.
Por supuesto, esta no es la primera vez que Estados Unidos emprende una intervención desafortunada y mal planificada en el extranjero. Una de las más significativas, dado el contexto actual, fue el derrocamiento por parte de la CIA del primer ministro iraní elegido democráticamente, Mohammad Mossadegh, en 1953, tras la nacionalización de la industria petrolera del país, propiedad de británicos. Si bien sería exagerado afirmar que el derrocamiento de Mossadegh causó la Revolución iraní de 1979, no cabe duda de que la descarada intervención de la CIA influyó en la percepción que muchos iraníes tenían de la monarquía absoluta que Estados Unidos instauró en su lugar.
Por eso, muchos sectores de la población iraní —incluidos comunistas, conservadores y liberales— apoyaron inicialmente el derrocamiento del Shah. Trágicamente, el ayatolá Ruhollah Khomeini distaba mucho de ser un líder que buscara el consenso. Rápidamente traicionó a sus antiguos aliados y estableció el régimen teocrático sumamente represivo que aún se mantiene en el poder.
La lección es que las intervenciones estadounidenses suelen tener muchas consecuencias imprevistas. No solo generan resentimientos duraderos, sino que también moldean el poder blando (el poder de persuasión y atracción) que Estados Unidos siempre ha utilizado para mantener unida su red de alianzas globales y convencer a otros de que su hegemonía es benigna, contribuyendo así a la estabilidad y la previsibilidad internacionales.
Esto es importante, porque la mayoría de la gente se opondrá naturalmente cuando la potencia hegemónica se comporta de forma prepotente. Las demostraciones frecuentes e injustificadas de poder duro tienden a erosionar el poder blando, especialmente cuando una intervención carece de una justificación coherente. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos al menos tenía el objetivo primordial de detener la expansión del comunismo, que representaba una amenaza real.
Peor aún para el poder blando de un país es una campaña mal planificada que demuestra un total desprecio por la vida de los afectados. Eso es lo que estamos presenciando ahora en Oriente Medio. La guerra impulsiva de Trump sin duda llevará el poder blando de Estados Unidos a su punto más bajo, y a nadie en su administración le importa reconstruir lo perdido. Lejos de valorar el poder blando, esta Casa Blanca ve las amenazas y los acuerdos bilaterales como un sustituto para ganarse la simpatía de los líderes y la opinión pública extranjeros.
Es cierto que el régimen iraní ha sido particularmente cruel y represivo. La mayoría de los iraníes no sienten simpatía por el nuevo líder supremo, Mojtaba Khamenei (hijo del anterior líder supremo), ni por la Guardia Revolucionaria Islámica. Pero eso no significa que el régimen vaya a colapsar, y mucho menos implica que la intervención estadounidense vaya a traer paz y estabilidad a la región.
Lo más sorprendente de esta guerra es su pésima planificación, incluso comparada con algunas de las intervenciones más desastrosas de la CIA durante la Guerra Fría. Los ejércitos estadounidense e israelí contaban con numerosos objetivos bien definidos y bombas de precisión, pero carecían de una estrategia de salida clara.
Debería haber sido obvio que el régimen iraní no colapsaría de inmediato, incluso si su cúpula dirigente fuera decapitada. Y era más que previsible que la represalia iraní buscaría desestabilizar la región y disparar los precios del petróleo. Todo el mundo siempre ha sabido que el estrecho de Ormuz es la baza principal del régimen. Sin embargo, la administración Trump parece haber ignorado estas consideraciones, al menos a juzgar por las recientes declaraciones de altos funcionarios.
En consecuencia, el régimen iraní podría haber llegado a creer que tiene la ventaja. Sabe que los estadounidenses no desean una guerra prolongada y está dispuesto a soportar el bloqueo actual y la represión de la población el tiempo que sea necesario para garantizar la supervivencia de la República Islámica. La creciente consternación de los mercados globales refleja esta situación.
En un momento en que la economía ya parecía frágil —reflejado en las constantes especulaciones sobre una burbuja de IA—, la inestabilidad del mercado energético y la creciente incertidumbre global podrían acarrear graves problemas. El fuerte aumento de los precios del petróleo frenará la inversión y el crecimiento económico, además de impulsar los precios al alza. El consiguiente aumento del desempleo y la inflación resultarán costosos para los gobiernos en el poder, incluidos los de Europa, que se enfrentan a desafíos de populistas de derecha (a pesar de que la mayoría de los líderes europeos se oponen a la guerra y rechazan categóricamente el llamamiento de Trump para enviar buques de guerra que ayuden a Estados Unidos a reabrir el estrecho).
En el ámbito nacional, es lógico pensar que Trump debería pagar un alto precio político por su guerra en las elecciones de mitad de mandato de noviembre. Pero Trump es el supuesto líder antisistema, y si sus seguidores más acérrimos culpan al sistema, en lugar de a él, del deterioro de la economía, esto podría polarizar aún más al país y debilitar sus instituciones.
Es probable que el propio Trump eche más leña al fuego intentando polarizar a republicanos y demócratas, y quizás incluso emprendiendo acciones internas aún más incendiarias. Al fin y al cabo, las instituciones estadounidenses ya son débiles, y muchas de las normas y controles que deberían limitar el poder presidencial han dejado de funcionar. Esto beneficia la agenda de Trump, y él aprovechará cualquier oportunidad para debilitar aún más las instituciones.
Está por verse cuánto daño más sufrirán la democracia y el poder blando de Estados Unidos a causa de esta desacertada aventura en el extranjero. Pero algo parece probable: serán los estadounidenses quienes pagarán las consecuencias, y serán mayores de lo que podemos comprender del todo. La amenaza a la democracia, la estabilidad social y la resiliencia económica de Estados Unidos es ahora mayor que nunca en la historia reciente.
El autor
Daron Acemoglu, premio Nobel de Economía 2024 y profesor de Economía en el MIT, es coautor (junto con Simon Johnson) de Power and Progress: Our Thousand-Year Struggle Over Technology and Prosperity (PublicAffairs, 2023).
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