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Aranceles a automóviles: la decisión que esperamos

Roberto Morales | Proyección comercial

Un pronto acuerdo parcial esperado con inquietud por el sector empresarial será como la piedra angular. Las negociaciones comerciales entre México y Estados Unidos se aproximan a un anuncio inminente que pondrá a cada uno en una posición reveladora del curso que seguirán las relaciones bilaterales en lo que resta de la administración del presidente Donald Trump.
Se espera que el anuncio incluya la reducción del actual arancel de 25%, al amparo de la Sección 232, a las importaciones estadounidenses de autos desde México, aplicado únicamente sobre el valor del contenido no estadounidense del vehículo. La nueva tarifa bajará previsiblemente a alrededor de 15 por ciento.
De darse este cambio, México pasará de una posición desventajosa a una favorable en comparación con tres de sus principales competidores en el mercado estadounidense, la Unión Europea (UE), Japón y Corea del Sur, a quienes Estados Unidos ya les redujo el arancel de 25 a 15% desde agosto, septiembre y diciembre de 2025, respectivamente.
Estados Unidos representaba 23.1% del contenido de valor añadido incorporado en las importaciones de equipos de transporte desde México en 2017. Para 2024, dicha proporción se redujo a 18.3 por ciento. Considerando este último dato, el arancel efectivo para México bajaría de 20.43 a 12.3 por ciento. Aunque este resultado general debe ajustarse en función de los productos concretos afectados.
Varias partes interesadas comentaron a la Representación Comercial de Estados Unidos que la Sección 232 más estricta para automóviles de México y Canadá coloca a esos productos en desventaja competitiva frente a los automóviles importados de la UE, Japón o Corea del Sur, que no necesitan cumplir con las reglas de origen relativamente estrictas del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (T-MEC).
Por ejemplo, el Consejo Estadounidense de Política Automotriz argumentó que esta brecha socava el T-MEC al proporcionar términos más preferenciales y más certeza a los automóviles importados de esas regiones que a los automóviles importados de Canadá y México, que contienen niveles más altos de contenido estadounidense. Por eso, un acuerdo al respecto daría certidumbre a México en el principal sector que domina en su comercio con Estados Unidos.
En el tablero actual de la negociación, las circunstancias descritas aumentan la presión sobre México. De enero a julio de 2026, México exportó productos automotrices a Estados Unidos por un valor de 95,607 millones de dólares, una baja interanual de 4 por ciento.
Pero el efecto negativo está aminorado. A finales de mayo pasado, Rogelio Garza, presidente de la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz (AMIA), advirtió que los aranceles del 25% encarecen la producción y que las empresas automotrices no pueden absorber indefinidamente este costo, aumentando el riesgo de trasladar el mismo costo a los precios finales.
En las negociaciones, además de la producción compartida, México tiene un efecto colateral a su favor: Estados Unidos requiere de México por sus menores costos de producción y mano de obra capacitada, frente a la pérdida de competitividad global en comparación con los autos chinos. Un dato revelador: casi todos los componentes electrónicos de los autos que se producen en América del Norte provienen de Asia.
Entre los grandes proveedores de manufacturas a Estados Unidos, México es el que más vende y el que menos aranceles proporcionalmente paga en ese mercado. Al estilo transaccional de Trump, ha logrado hasta ahora un quid pro quo. Por eso, en esta partida negociadora, además de que se erosionará el anterior libre mercado del T-MEC, será esclarecedor ver qué más cede México.

