Lectura 4:00 min
El año tres y el margen del poder

Enrique Campos Suárez | La gran depresión
El arranque del tercer año de un sexenio marca siempre una prueba de fuego para cualquier administración. Es el momento decisivo en el que se agotan los discursos de transición, se acaba la luna de miel del arranque de gobierno y las cuentas públicas imponen reglas que no son negociables.
Pero hay algo más: superada la barrera del segundo año, cambian los mecanismos de la sucesión presidencial previstos en el artículo 84 constitucional y eso modifica el tablero de juego. Se extingue la posibilidad de una nueva convocatoria a las urnas y con ello se diluyen muchas presiones externas, incluso aquellas que pudieran provenir del fuego amigo. Esto, en cualquier sexenio, abre las posibilidades de imprimir un estilo más personal de gobernar y de plasmar una visión más estricta de lo que esa administración planea dejar como su legado.
A querer o no, romper en el año tres las salvaguardas del artículo 84 implica una liberación de cualquier atadura con el pasado reciente y la presidenta Sheinbaum puede imprimir su visión personalísima de gobierno, de la mano de aquellos funcionarios del gabinete que decida que la acompañen a partir de esta frontera en adelante.
Sin embargo, más allá de cambiar algunas piezas no estratégicas del gabinete, el margen de maniobra del Gobierno es limitado en dos áreas clave: seguridad y conducción económica, que son los dos ejes centrales para cualquier administración.
No hay gabinete más “claudista” que el de seguridad: con el General secretario de la Defensa, Ricardo Trevilla, y el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, este gobierno ha marcado una ruta diametralmente opuesta a los “abrazos no balazos” del sexenio pasado y, sobre todo, un puente sólido en su relación con el gobierno de Donald Trump.
Pero en la conducción económica prevalece la obligación de acentuar la corrección fiscal y, al mismo tiempo, la necesidad de aplicar recursos para los proyectos propios de esta administración. Con las herramientas actuales, sin aventurarse en una reforma fiscal necesaria, los perfiles técnicos tienen un límite y siempre se abre la posibilidad de gestiones más políticas que tengan el reto de aplicar el estilo propio del gobierno actual, sin terminar por generar una crisis macroeconómica si se abandona el saneamiento del déficit y la deuda públicos.
Mover las piezas en la Secretaría de Hacienda necesitaría el aval de los mercados, por más que eso no guste en el estilo de gobernar de la autodenominada Cuarta Transformación; y pocos perfiles cumplirían con ese requisito ante un eventual relevo de Édgar Amador. Quizá Luz Elena González, actual titular de Energía y quien fuera encargada de las finanzas de la Ciudad de México con la propia Sheinbaum. Pero un movimiento así, con la estabilidad fiscal en momentos de fragilidad, requeriría transparencia y pulcritud ante los agentes económicos.
Por lo pronto, el mejor legado que podría dejar el actual gobierno es haber logrado la consolidación fiscal después del desastre que dejó López Obrador. Pero no hay titular del Ejecutivo que no quiera tener una bandera propia para la historia. Al menos ya en el año tres, este gobierno tiene un poco más de margen político ante cualquier intento de control externo, incluso si ese control viniera de quien más dice querer a la Presidenta.
En el año tres, las salvaguardas del artículo 84 implican una liberación de cualquier atadura con el pasado reciente y la presidenta Sheinbaum puede imprimir su visión personalísima de gobierno.

