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América Latina tras el tsunami azul

Alexia Bautista | Columna invitada
“Las elecciones en Estados Unidos son demasiado importantes para que solo voten los norteamericanos”. Escuché esta frase a un exembajador mexicano en Washington, tras el tsunami azul del martes 3 de noviembre en las elecciones intermedias estadounidenses. La utilizó para ilustrar por qué el voto de castigo a Donald Trump tiene implicaciones globales. Para América Latina, una región que ha recuperado un protagonismo inusual en la política exterior de la Casa Blanca, este resultado podría significar mayor actividad en el hemisferio.
Me explico. Un presidente debilitado internamente puede ser más activo en el exterior. No sería la primera vez. George W. Bush perdió el control del Congreso en 2006 y, pese a la oposición demócrata, decidió aumentar la presencia militar en Irak. Barack Obama, tras el revés legislativo de 2014, apostó por el acercamiento con Cuba y el acuerdo nuclear con Irán. Ambos casos ilustran cómo, ante un Congreso adverso, la política exterior ofrece un espacio de mayor autonomía que decisiones internas, como el presupuesto, que exige acuerdo con el legislativo.
Esto no quiere decir que el presidente Trump tendrá completa libertad de acción para continuar con su política intervencionista en la región. Los demócratas recuperarán una de las facultades más importantes del Congreso que es la de investigar al Ejecutivo. Y los motivos sobran. Desde los ataques militares contra embarcaciones sospechosas de transportar drogas hasta los acuerdos migratorios con Nayib Bukele, la intervención en las elecciones brasileñas y el rescate financiero a Javier Milei en vísperas de las intermedias argentinas. Todos son candidatos a investigaciones legislativas serias.
Sin duda, el caso más emblemático es el de Venezuela. El acuerdo con North American Blue Energy Partners (NABEP), que otorga al gobierno estadounidense derechos sobre una participación accionaria del 35%, ha generado hartos cuestionamientos sobre su legalidad y transparencia. Los legisladores demócratas llevan meses pidiendo cuentas sobre el destino de los ingresos petroleros venezolanos y, a partir de enero, podrán citar a declarar a quien quieran.
El nuevo equilibrio político tendrá otra consecuencia relevante para la diplomacia. Con el Senado bajo control demócrata, será más difícil para Trump confirmar embajadores, especialmente si se trata de aliados políticos. A finales de octubre, 94 de las 196 posiciones de embajador estadounidense estaban vacantes. La nueva mayoría legislativa podría prolongar ese vacío.
Otra consecuencia que, desde mi perspectiva, merece atención es que la victoria demócrata podría llevar a algunos gobiernos latinoamericanos a recalibrar su relación con Washington. Pienso especialmente en aquellos que seguirán en el poder después de 2028 y tendrán que cultivar relaciones con los potenciales candidatos a suceder a Trump.
¿Y México? No anticipo un cambio relevante en la relación bilateral. En temas prioritarios como China, crimen organizado y narcotráfico hay un consenso bipartidista y los demócratas pueden ser tanto o más exigentes en esos frentes. Por eso me pareció acertada la cautela de la presidenta Sheinbaum en su mañanera posterior a la elección. Fue una postura realista al recordar que la relación es con el Ejecutivo. Marcelo Ebrard tocó el mismo son al subrayar que Trump conserva la facultad de imponer aranceles. Habría que añadir el veto presidencial, que podría frenar casi cualquier intento legislativo de corregirle la plana. Con todo, considero que la elección también dejó un claro mensaje de rechazo a la política arancelaria trumpista.
El tsunami azul es una buena noticia para el equilibrio institucional estadounidense al devolver al Congreso su función de contrapeso, debilitada en el último par de años. Para América Latina, el desafío consiste en lidiar con una Casa Blanca más vigilada, pero no por ello menos poderosa ni menos dispuesta a ejercer su influencia.

