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Opinión

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Ya hay defensa del consumidor. Gracias, Lady Profeco

La prepotencia de la hija de un burócrata le permitió a una institución regresar del limbo de los puestos, para premiar a los amigos, y revivir como una indispensable instancia para la economía mexicana.

Sigo creyendo que la conducta de adolescente tardía de la hija de Humberto Benítez no fue responsabilidad directa del funcionario, pero le hizo finalmente entender al gobierno federal que en estos tiempos no se puede desdeñar el quinto poder de las redes sociales.

Ya tenían la probadita del movimiento #YoSoy132, pero ése era el calor de la campaña. Sin embargo, #LadyProfeco fue un acto de las redes sociales en pleno ejercicio del poder en este gobierno.

Benítez Treviño pagó con su chamba la combinación de los excesos de su hija y la intromisión en la vida política contemporánea de la vida en línea. Pero, al mismo tiempo, esta mezcla permitió rescatar de la lista de los puestos públicos destinados al premio político a una institución que es básica, en una economía como la mexicana.

No tengo el gusto de conocer a Alfredo Castillo, pero lo que ha hecho hasta ahora al frente de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) implica que ya no sería posible dar marcha atrás en sus funciones.

Basta con revisar la plantilla de exprocuradores para encontrar algunos innombrables de la política mexicana y entender que esa institución ha sido usada como cementerio de elefantes, dinosaurios y chacales.

Pero los visibles sellos en hoteles de Polanco, en los mostradores de las líneas aéreas en el aeropuerto de la ciudad de México, más los operativos en otros sectores, como el de los combustibles, hacen pensar que la Profeco puede realmente funcionar.

Si a usted actualmente no le gusta la gasolina Magna o Premium de Pemex, pues aguántese o cómprese una bicicleta, porque no hay otra opción. Pero si usted elige alguna determinada marca de servicio celular, de televisión por cable, de cerveza o refresco, se supone que tiene la opción de la libre competencia.

No estamos acostumbrados en este país al poder del consumidor. Más bien la costumbre es que nos aguantemos a lo que nos den: seguros atados a un servicio, revistas obligatorias con el cable, malos tratos, colusión de precios, políticas de no cambios ni devoluciones. En fin.

¡Claro que los hoteleros se enojan y le mientan la madre a la Profeco! Nunca nadie los había molestado. Lo mismo sucede con las líneas aéreas.

Falta que la Profeco, bajo la conducción de este personaje tan cercano al presidente Peña Nieto, se meta en las grandes ligas de las telefónicas, gaseras, cableras y tantas otras empresas que imponen sus condiciones a sus clientes.

Ya no tiene más camino el titular de la Profeco que profundizar en la verdadera defensa del consumidor. Ya tiene la atención de la opinión pública y no puede fallar. La Profeco debe ser algo más que un recopilador de precios y editor de una revista. Tiene que ser una Procuraduría en toda la extensión de la palabra.

Por ahora al menos promete que eso quiere ser.

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