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Opinión

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Xilitla, Edward James

Xilitla es un pueblo enclavado en la Huasteca potosina. Un lugar en la sierra, en la selva. Perfecto para cultivar café, para cazar venados y para escapar de la sofisticación hipócrita de Europa. El Edén.

O al menos así le pareció a Edward James, aristócrata del siglo XX. Aristócrata descendiente de una antigua y adinerada familia escocesa. Se decía que la madre de James era hija ilegítima del Príncipe de Gales que más tarde sería el Rey Eduardo VII, el mismo que le dio nombre al mundo en el que su supuesto nieto se crió: la Inglaterra eduardiana.

Bueno, seamos claros: cuando James nació (1912), Eduardo VII llevaba dos años muerto y enterrado, en ese mundo asfixiante, de aburrimiento sofisticado, canchas de tenis (Tennis anyone?), clases en Eton y cocteles al atardecer.

Ante semejante exceso de civilización, lo único que James pudo hacer para sobrevivir fue juntarse con los locos artistas que parecían ser el antídoto a esa vida tan cómoda, pero sin chiste. Se convirtió en uno de los mecenas más importantes de las vanguardias, especialmente del movimiento surrealista.

Fue amigo y apoyo financiero de Salvador Dalí y René Magritte, quienes lo trataban como a un colaborador creativo, no como a un simple pagador. Entre otras cosas, es coautor de obras importantísimas del movimiento como Teléfono langosta y el protagonista sin cara de El principio del placer, de Magritte.

¿Alguna vez, en la primaria, fue usted el niño con balón nuevo al que los demás niños trataban como amigo con tal de que les prestara la pelota?

Así era la relación de Dalí y James. Sabrá usted, entonces, lo que siguió: cuando llegó un niño con un mejor juguete, Dalí abandonó a James.

Edward James, destrozado y cargando con un fracaso matrimonial escandaloso, escapó a América. Primero a California y luego a México, a donde emprendió un viaje espiritual para encontrar el Edén.

Lo encontró en Xilitla, San Luis Potosí. Ahí construyó un jardín surrealista de esculturas, coronado por un castillo, un sueño de opio: Las Pozas.

cmoreno@eleconomista.com.mx

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