Detrás de los juicios que hacemos de los demás, están todas las normas culturales y sociales con las que crecemos, entre lo que se considera comestible y no comestible, lo bueno y lo malo para comer.

La pandemia del Covid-19 ha generado toda una serie de especulaciones sobre su origen. Análisis genéticos del virus lo han encontrado en murciélagos, quienes son los huéspedes del virus, y por medio de un intermediario entre ellos y los humanos, el virus pasó a los humanos. Se cree que este intermediario puede ser la civeta o el pangolín.

Cuando la epidemia brotó en Wuhan, China, y se hizo el análisis genético del virus, muchos voltearon a ver un mercado de Wuhan en donde se comercializaban ilegalmente animales salvajes. El mercado fue cerrado desde el 1 de enero de este año por parte de las autoridades chinas en lo que se investiga y se sabe más acerca del coronavirus.

De inmediato, en redes sociales empezaron a circular videos en los que se ve a personas de origen asiático comiendo sopa de murciélago y los comentarios racistas no se hicieron esperar. Muchos acusaron “a los chinos” de comer de todo y por ende, de ser los culpables de la epidemia.

Aunque tienen la reputación de comer animales salvajes, lo cierto es que en China, culturalmente no es aceptado comer carne de animales salvajes. La gastronomía china no los tiene contemplados como parte del repertorio gastronómico. La raíz del consumo de animales exóticos viene desde los años 60-70, cuando debido a las hambrunas que mataban a la población, se hizo un experimento de usar las especies de animales salvajes. Sin embargo, esto no prosperó más que en las comunidades más pobres y excluidas.

En los tiempos recientes, el consumo de animales exóticos se convirtió en un símbolo de estatus. Algunos saberes de la medicina tradicional china atribuyen poderes curativos a ciertas partes de dichos animales.

En febrero pasado, el prestigiado journal científico The Lancet publicó un artículo en el que se establece que los primeros contagiados del Covid-19 tenían nula relación con el mercado en cuestión. Después, se estableció que los videos no correspondían a lugares chinos, sino a lugares de islas de Indonesia y Micronesia.

El relacionar el murciélago como huésped del Covid-19 a la sopa de murciélago se debió más a una relación por asociación que a una evidencia científica.

Especialistas en cultura china del mundo insisten en señalar el racismo y la xenofobia que prevalecen en las acusaciones. Guardando las proporciones, ya había episodios en la historia en los que el riesgo percibido en crisis epidemiológicas se relaciona con lo que se come. En la crisis de las vacas locas de la década de 1990 en Europa, no se cuestionó de manera generalizada el “raro y exótico” hábito de consumo humano de la carne de res y aunque en un punto bajó el consumo, volvió a la normalidad en los siguientes años.

Detrás de los juicios que hacemos de los demás están todas las normas culturales y sociales con las que crecemos, entre lo que se considera comestible y no comestible, lo bueno y lo malo para comer.

Estas normas establecen un “nosotros” y “ellos”, entre quienes comen de manera similar y quienes lo hacen de manera diferente. Esta diferencia no establece por el momento una relación clara y directa con el origen del Covid-19. La sopa de murciélago ni siquiera era china.

Y probablemente en tiempos venideros conoceremos más acerca del virus antes de señalar a quienes comen diferente, bajo el pretexto de la causalidad de la pandemia.

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.