¿Conoce usted la historia de algún deportista extremo que haya tenido un accidente muy grave que casi le cueste la vida y que, a pesar de ello, tras un doloroso y tardado proceso de recuperación, regresa a la práctica de su actividad peligrosa?

Pues tal parece que los bancos estadounidenses, después de romperse todos los huesos hasta la quiebra en la crisis del 2008, han regresado al bungee de los créditos subprime.

Y quizá no podría ser de otra manera, porque la vocación de los estadounidenses es saltar al vacío del consumismo y los bancos siempre han estado ahí para proporcionar la liga que les permita ese salto base.

Los créditos subprime son aquellos que tienen una baja y a veces nula calificación crediticia para ser otorgados. Son préstamos de muy alto riesgo, a tasas altas, que encuentran su recompensa en los clientes que logran liquidar sus cuentas.

Hasta antes del 2008, las hipotecas subprime habían reportado enormes ganancias a los grupos financieros estadounidenses, porque la mayoría de los préstamos tenían la intensión de ser pagados por sus acreditados, pues implicaba la formación de un patrimonio.

Pero el cambio repentino en el nivel de las tasas de interés y la recesión económica iniciada desde diciembre del 2007 cambió el panorama de muchos acreditados que simplemente ya no pudieron hacer frente a la mensualidad de su casa.

Había créditos sin investigación para la compra de una segunda o tercera propiedad, con montos que no requerían enganches y que otorgaban más de 120% del valor del inmueble. Claro que se volvieron impagables con la crisis.

Hoy, los créditos hipotecarios de ese tipo siguen ausentes, pero han regresado al mercado financiero de Estados Unidos las tarjetas de crédito subprime y los créditos personales y automotrices a personas que no son sujetos de crédito.

Del 2010 al 2011, el número de acreditados subprime de tarjetas de crédito aumentó en 41%, con límites de crédito tan altos que no se veían desde los tiempos previos de la gran recesión.

Los créditos automotrices para personas con historiales crediticios malos alcanzaron al cierre del año pasado los 176,000 millones de dólares. En este caso, las garantías se encuentran en las mismas unidades, pero las tasas de depreciación de los vehículos hacen que rara vez se recobre el total de lo prestado.

No es difícil reclamar a estos bancos si no tuvieron la capacidad de aprender la lección de la crisis. Sobre todo cuando tuvieron que ser rescatados con recursos públicos, en un país donde el libre mercado y la Iniciativa Privada son los amos del juego económico.

Si bien es cierto que la mayoría de los grupos financieros han pagado sus deudas con el gobierno, incluso generando un buen negocio para las finanzas públicas, también es verdad que no podrán aspirar a crecer si solamente le pagan a los pocos clientes 100% cumplidos que quedaron en el mercado estadounidense.

La Reserva Federal y el gobierno de Barack Obama quieren hacer todo lo posible para que se reactive la economía y se vuelvan a generar empleos. Y un poco de deportes extremos en el sistema financiero es algo que perfectamente pueden tolerar en Washington.

El sistema bancario mexicano se mantuvo alejado de la crisis financiera de hace cuatro años. Los bancos y los clientes aprendieron a usar de mejor manera el dinero prestado tras la crisis de 1995.

Hoy quizá habría que poner atención en nuestro país en los créditos de nómina y los préstamos personales que ya se están convirtiendo en un problema para las finanzas personales de miles de personas y pueden implicar cierta dificultad para algunos acreedores, por lo demás, el sistema financiero formal es muy sano.

Hay canales informales, como las casas de empeño o la usura, que son todo un tema en México, pero son parte de la enorme economía escasamente regulada que afecta a este país.

Si en Estados Unidos aprendieron la lección de la crisis pasada, si ahora al menos se fijan si a quien le prestan tiene trabajo y si los deudores son más prudentes, puede ser que ese arriesgado juego del crédito extremo ayude a la reactivación económica.

ecampos@eleconomista.com.mx