Considero que la violencia de género en todas sus manifestaciones, desde los micromachismos hasta los feminicidios, es un mal de la estructura social que debe ser erradicado. Por tanto, toda acción colectiva que tenga como horizonte la erradicación de este mal es, en principio, legítima.

No obstante, quiero distinguir aquí entre la conmemoración del 8 de marzo y el paro del 9 de marzo. Al menos desde la Revolución Francesa han existido mujeres luchando por sus derechos. A finales del siglo XIX, (el 8 de marzo de 1857), tras una serie de huelgas para defender su derecho a mejores salarios y condiciones laborales dignas, un grupo de mujeres norteamericanas organizadas fue reprimido con dureza. Es esta lucha la que conmemoramos el 8 de marzo.

El paro del 9 de marzo tiene también antecedentes históricos. En 1975, en Islandia las mujeres decidieron no asistir al trabajo, no dedicarse a las labores del hogar y, en su lugar, tomar las calles de su país para exigir la igualdad. También en España, más recientemente, las mujeres tomaron las calles masivamente en un paro de labores generalizado.

Cuando se propuso esta acción en México, mi primera reacción fue de contento. Sin embargo, a medida que fueron exponiéndose las motivaciones del paro surgió mi desconcierto. Aparentemente, una de las motivaciones del paro del 9 de marzo es mostrar las importancia que para el mercado tiene el trabajo de las mujeres tanto en la casa como fuera de ella. Es decir, se trata de evidenciar que somos una fuerza laboral importante. No me parece un buen argumento. La razón es que ni nuestro valor como personas ni nuestros derechos dependen de nuestra contribución al valor agregado en el mercado. El capitalismo es el mayor generador de opresión: son las empresas las que no pagan a las mujeres igual sueldo por igual trabajo; es en el mundo laboral donde nos acosan y nos violentan de múltiples maneras.

Por esta razón, mi estupor fue en aumento cuando distintas entidades financieras, confederaciones patronales diversas, así como empresas globales, “nos dieron permiso” de ausentarnos de nuestro trabajo sin repercusiones salariales. Y aún mayor fue mi enojo cuando la Iglesia, ---la institución más representativa del patriarcado, responsable de la ideología que hace de nosotras siervas---, nos “concedió la bendición” para quedarnos en casa.

Es obvio que encerrarse en casa, aislarse, quedarse en la inactividad no es la mejor forma de ganar poder político ni de reivindicar la igualdad.

Otra de las motivaciones que he encontrado para el paro del 9 de marzo es la visibilización de los feminicidios. Me parece que, si tal es el caso, ¿no deberíamos salir todas a gritar, todos los días y por todas las plazas y calles, los nombres y apellidos de las que fueron asesinadas? De nuevo, quedarse en casa no ayuda. Frente a los feminicidios necesitamos redes de cuidado, redes de apoyo y, por supuesto, luchar juntas.

Como dije al inicio, toda acción que busque erradicar la violencia es, en principio legítima. Sin embargo, para evitar que el poder económico y el poder ideológico/religioso se monten en una acción política feminista, es imprescindible que las mujeres tomemos conciencia de que nuestro poder político radica en la acción colectiva en el espacio público.

Unidas y vivas nos queremos.

*Profesora de la Facultad de Filosfía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México.

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