En la nota anterior comentaba que el gran reto de la agricultura mexicana para convertirse en una actividad rentable de forma sostenida depende de las decisiones de producción que tomen actualmente los productores.

Esto es, el proceso de producción, el paquete tecnológico que aplican, la posibilidad de optimizar la cantidad de semilla, de fertilizante, de agua y de pasos de maquinaria, elementos todos que recaen completamente en su decisión.

El agricultor decide si aplica 200 kg de semilla de trigo/ha u 80 kg/ha. También decide si aplica 400 kg/ha de nitrógeno en la producción de maíz o 250 kg/ha. Está en sus manos quemar los esquilmos agrícolas después de la cosecha, o incorporarlos al suelo como materia orgánica. Todas estas decisiones no afectan el rendimiento del cultivo, pero son determinantes en el ahorro de los costos de producción y, por tanto, en la rentabilidad, además de que son fundamentales para la sostenibilidad del suelo, el agua y el medio ambiente de las zonas agrícolas.

En este entorno, se presenta una gran oportunidad para la agricultura mexicana de promover la aplicación de técnicas de agricultura sostenible como la labranza de conservación como una opción económica y técnicamente sostenible.

  • Estas técnicas fueron impulsadas por Estados Unidos desde los años 50 y por Brasil desde 1974, resultado de lo cual en este último país se ha logrado crecer actualmente hasta 26 millones de ha bajo labranza de conservación.
  • A nivel mundial se tienen 125 millones de ha bajo labranza de conservación (9% de la superficie arable mundial) y su uso crece a un ritmo de 6 millones de ha por año.

Se ha documentado que al aplicar técnicas de agricultura de conservación (en el cultivo de maíz y trigo) durante un periodo de cinco años, los costos de producción disminuirían en 15% por los importantes ahorros en fertilizante, agua y diésel; los rendimientos se incrementarían 12%, además de que se disminuiría en forma considerable la emisión de gases de efecto invernadero y se recuperarían los niveles de materia orgánica de los suelos agrícolas.

En este sentido, nuestro país debe canalizar una mayor cantidad de recursos públicos en apoyo a la reconversión del modelo agrícola intensivo en uso de insumos por uno de agricultura sostenible. Y así, poder detonar una segunda revolución verde que ayude a resolver el problema de la rentabilidad de la agricultura comercial y que haga más productiva la agricultura familiar y la de autoconsumo, disminuyendo las emisiones de gases de efecto invernadero y consiguiendo un uso sostenible de los recursos naturales del país.

Pedro Díaz Jerónimo es subdirector de la Subdirección Técnica y de Redes de Valor en FIRA. La opinión es del autor y no necesariamente coincide con el punto de vista oficial de FIRA.

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