Madrid.- Cuando Donald Trump se convirtió en el candidato republicano en 2016, muchos vaticinaron que su retórica incendiaria se templaría durante la campaña contra Hillary Clinton, con tal de atraer a votantes centristas. Una vez elegido, sin un ápice de la esperada circunspección, se dijo que la presidencia y el Partido Republicano le harían adoptar un tono más decoroso. Hoy sabemos cuán ingenuas fueron estas predicciones. Trump no se moderó; más bien, se envalentonó.

Lo más preocupante no es que el peculiar estilo Trump se haya mantenido inmutable, sino que el Partido Republicano y el Gobierno se hayan moldeado a su imagen y semejanza. Hoy son pocas las voces republicanas que osan cuestionarle y, en el seno de la Administración, el presidente se ha rodeado progresivamente de una camarilla de yes-men, apartando a los pocos que se oponían a sus ideas más descabelladas. Con las elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina, merece la pena repasar brevemente los múltiples rostros que ha ido enseñando Trump, y que terminan convergiendo en uno: la completa abdicación de las responsabilidades de Estados Unidos para con el resto del mundo.

Trump ha mostrado una cara nacionalista, plasmada en sus famosos eslóganes de America First y Make America Great Again. Todo esfuerzo de cooperación global es vilipendiado en nombre de una anacrónica concepción de soberanía nacional. Ante la actual pandemia, el presidente ha abrazado el llamado “nacionalismo de las vacunas”, renunciando a participar en el COVAX, una iniciativa apoyada por la OMS que busca garantizar una distribución equitativa de las mismas.

En cualquier circunstancia, Trump se ha revelado como un gran detractor de las soluciones multilaterales, priorizando en su lugar los entendimientos bilaterales y la acción unilateral. La administración Trump ha cuestionado múltiples compromisos internacionales e incluso ha renunciado a algunos de ellos, entre los que destacan el Acuerdo de París sobre el cambio climático y el acuerdo nuclear con Irán (con la consiguiente imposición, en este último caso, de abusivas sanciones secundarias a terceros países). La política exterior de Trump se ha basado esencialmente en golpes de efecto, como el asesinato del general iraní Qasem Soleimani o el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel.

Trump ha dejado patente que suele entender las relaciones internacionales como un juego de suma cero, con vencedores y vencidos. Esta filosofía ha impregnado su política arancelaria y, en concreto, su “guerra comercial” con China. Para muestra, un tuit: “Cuando un país (Estados Unidos) pierde miles de millones de dólares en comercio con prácticamente cada país con el que hace negocios, las guerras comerciales son buenas, y fáciles de ganar”. Ciertos acuerdos internacionales, por otro lado, son contemplados por Trump como transacciones de las que espera obtener un rédito personal directo, como constata el escándalo con Ucrania que suscitó su impeachment.

Por último, el presidente ha enseñado una faceta iliberal, despreciando los contrapesos institucionales y también la labor de ciertos sectores de la prensa, a los que ha acusado constantemente de propagar noticias falsas (ocultando su tendencia a hacer justamente eso). En el plano exterior, Trump ha patrocinado una especie de “internacional iliberal”, que vincula a una serie de líderes mucho más preocupados por su supervivencia política que por la salud democrática de sus respectivos países. Para estos líderes, los derechos humanos no sirven más que para ser invocados de forma interesada y selectiva.

Bajo el turbulento mandato de Trump, en definitiva, Estados Unidos ha renunciado abiertamente a ejercer de guardián del “orden liberal”. Sin embargo, no debemos llevarnos a engaño y pensar que una derrota de Trump frente al candidato demócrata, Joe Biden, equivaldría a un retorno inmediato al mundo de ayer 21 de octubre.

Pese a que los programas de ambos candidatos son radicalmente distintos (como cabe esperar que ocurra en un país tan polarizado como Estados Unidos), se aprecian ciertos puntos en común.

Por ejemplo, Biden aboga por dar un tratamiento prioritario a los productos estadounidenses y conceder subsidios a industrias domésticas. La postura del Partido Demócrata respecto a China también se ha endurecido, aunque sigue siendo menos agresiva que la expresada por Trump, y enfatiza la conveniencia de apoyarse en países aliados. Si algo está claro, en todo caso, es que la pugna entre China y Estados Unidos por la supremacía tecnológica —por ejemplo, en el ámbito de la Inteligencia Artificial— va a seguir siendo feroz.

Sería un error, por otra parte, idealizar el pasado y aspirar a replicarlo. La trayectoria de Estados Unidos como primera potencia global ha tenido sus luces y sus sombras, y los problemas estructurales del país estaban ya presentes antes de que el actual presidente llegara al poder (de hecho, en gran medida explican su elección en 2016). Lo mismo puede decirse sobre muchas de las tensiones que aquejan al sistema internacional.

Dejando la nostalgia de lado, toda nuestra atención debería centrarse en afrontar con garantías el mundo de mañana.

El Covid-19 ha mostrado con crudeza que la cooperación multilateral no debería verse como una opción, sino como una obligación. No obstante, estamos permitiendo que muchas organizaciones internacionales se oxiden ante nuestros ojos. Un actor fundamental como es la OMS adolece actualmente de una preocupante falta de recursos, especialmente tras la retirada de financiación por parte de Estados Unidos. Mientras tanto, la OMC sigue teniendo su Órgano de Apelación bloqueado por la negativa de Trump a nombrar nuevos jueces, lo cual conlleva la parálisis del mecanismo de solución de diferencias.

De igual modo que hará falta reformar estas instituciones para adaptarlas a los contextos que deberán navegar, también será preciso imaginar nuevas regulaciones globales para desafíos tales como el desarrollo de la Inteligencia Artificial y otras tecnologías emergentes. Y, por supuesto, deberemos seguir dando pasos firmes en la lucha contra el cambio climático. China ya ha declarado su intención de alcanzar la neutralidad de carbono antes de 2060, mientras que la Comisión de von der Leyen ha hecho del European Green Deal una de sus principales propuestas para esta legislatura. Esa es la línea que debemos seguir.

El próximo 3 de noviembre, todos —no solo los estadounidenses— nos jugamos mucho. Aunque una potencial administración Biden no sería capaz de resolver todos los problemas que heredaría, sí que contribuiría a que Estados Unidos recuperase compromisos abandonados, se reencontrase con sus aliados occidentales y redescubriese una política menos efectista y más racional. La reelección de Donald Trump, por el contrario, profundizaría las tendencias aquí analizadas, ensancharía la brecha entre Estados Unidos y la Unión Europea, y muy probablemente infligiría daños irreversibles (ahora sí) a la cooperación internacional. Sea cual sea el resultado de las elecciones, el mundo deberá gestionar de la mejor manera posible una realidad que no depende del criterio de ningún presidente: no hay país, por importante que sea, que pueda enfrentarse por sí solo a los retos colectivos que tenemos ante nosotros.

El autor

Javier Solana, ex alto representante de la UE para asuntos exteriores y política de seguridad, secretario general de la OTAN y ministro de Asuntos Exteriores de España, es presidente de EsadeGeo-Centro de Economía y Geopolítica Global y miembro distinguido de la Brookings Institution.

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