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Opinión

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Un tratado de la desigualdad

Para analizar la desigualdad en las democracias actuales merece la pena seguir de cerca un libro de Pierre Rosanvallon, La sociedad de los iguales, para compensar el análisis de Pikkety, La sociedad del siglo XXI.

Las democracias actuales, dice, han avanzado en la garantía de las libertades, en la ciudadanía política; pero han retrocedido en la ciudadanía social. Hay una fractura entre las dos. El aumento de las desigualdades es a la vez indicador y motor de esa fractura. Es la lima sorda que provoca una descomposición silenciosa del vínculo social y, simultáneamente, de la solidaridad .

El contenido, a grandes rasgos, es: las desigualdades no encuentran el mínimo remedio político hasta fines del XIX; se acentúan las soluciones en los años veinte del XX; se incrementan en el periodo entre 1945 y los años setenta; pero empiezan a disminuir a partir de los años noventa, hasta hoy.

Siendo este panorama verdadero, hay que decir que, incluso con las rebajas y recortes de los últimos veinticinco años, la situación media es mejor que la de cualquier otra época: sanidad y educación gratuitas, pensiones, prestaciones de desempleo. El dramatismo está en las rentas bajas. Aunque el tópico, verdadero, requiere alguna matización, es cierto que últimamente los ricos se han hecho más ricos o se han quedado igual, pero los pobres se han hecho más pobres.

El gran cambio hacia una menor solidaridad se produce en los años noventa. Según Rosanvallon, se debió a tres factores: la crisis de las instituciones de solidaridad, el advenimiento de un nuevo capitalismo y la metamorfosis del individualismo. El detonante fue la crisis económica de mediados de los años noventa (en 1995, la tasa de desempleo en España era de 22.9 y la media europea de 11.2%).

No es posible resumir todo el análisis, de acuerdo con Rafael Gómez Pérez. Especial importancia tiene el paso desde un individualismo de la universalidad a un individualismo de la singularidad, en el que los seres humanos ya no se ven principalmente como semejantes. La elección individual justificaría todo y, por tanto, no habría fundamento para quejarse de que las ganancias de algunos directivos sean estratosféricas ( en 1990, por ejemplo, en Estados Unidos los 200 directores generales de las grandes empresas ganaban 150 veces el salario medio del obrero de producción ). Algo semejante ocurre con las ganancias de las estrellas (de algunos deportes, del cine, de la música popular, etc.).

Dando por estable, y como valor, esa singularidad, Rosanvallon propone dos elementos decisivos que deberían inspirar política y actitudes: la reciprocidad y la comunalidad. La reciprocidad puede ser definida como igualdad de interacción (...) la regla que crea consensos porque se basa en un principio de equilibrio en las relaciones sociales . Por su parte, una comunidad se concibe como un grupo de personas unidas por un vínculo de reciprocidad, por un sentimiento de exploración aunada del mundo, por el hecho de compartir un entramado de adversidades y de esperanzas .

La nota más pesimista de este libro está en la introducción: Una mayoría de personas, a veces muy amplia, tiene la sensación de vivir en una sociedad injusta, sin embargo ese juicio no da lugar a acciones reivindicativas o a decisiones políticas seriamente susceptibles de invertir el curso de los acontecimientos . Es cierto que los recursos, también los del Estado, son limitados, pero siempre es posible recortar en gastos públicos innecesarios, aumentar la presión fiscal a quienes más tienen, fomentar el voluntariado y la ayuda –con control profesional– a organizaciones benéficas sin fines de lucro.

*Máster y doctor en Derecho de la competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de competencia, protección de datos y consumidores del despacho Jalife & Caballero.

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