Cuando la Gran Carrera por el Gran Premio de México 2018 se comenzaba a hacer vieja y el rugir de los motores se empezaba a ser monótono, ocurrió el suceso.

Los narradores deportivos habían contado prácticamente toda la historia: Lopitos, mejor conocido en su tierra como el Molido Solitario, había colocado su bólido 1953 en la punta de la carrera de lado a lado; Ricky, mejor conocido el Gallo Blanco, se la pasó peleando el separado segundo lugar con Pepe Tony el Irlandés a grado tal que los que al inicio de la carrera lucían como los más civilizados, puesto que son muy preparados ellos, resultaron que se llevan de al tiro refeo.

Ah, y el Cuaco Regio no había logrado agarrar el paso. Más que un corcel de cuadra, parecía una bestia recién desuncida y separada de la yunta con la crin marchita. A lo mucho, iba trotando.

Todo comenzó con un silbatazo. En las pantallas colocadas estratégicamente en la parte más alta del graderío, en lugar de apreciarse los encontronazos lámina con lámina entre Ricky y Pepe Tony, rodaba una bola.

Y detrás de ella, 11 pelados corriendo, dejando el alma en el suelo. Y detrás de ellos el griterío, las cervezas, los denuestos y el “puuuuuu...”.

Y todo aquello, succionado por cámaras para entregas simultáneas en salas, cantinas y las repúblicas autónomas de godinlandia.

Los corredores hicieron su mejor intento por celebrar cuando salieron a la cancha los nuestros. Bueno, al Ricky francamente eso no le sale. No está en su naturaleza la pasión mundana del fisgol. Pero hasta Lopitos dijo que podíamos ganar por blanqueada y le dijeron que esto no era béisbol.

Y ya entrados en gastos, se armó el cuadrangular. El volado lo ganó Lopitos. Le tocó jugar con el Cuaco.

El regiomontano le dijo: es que no nos acompletamos, se le dijo a la raza que vinieran porque hoy se ocupa y nos dejaron colgados.

—Te cambio a mi vieja por unos pelaos p’al juego—. Le dijo el Cuaco a Lopitos, pero aquél no aceptó el ofrecimiento, ya saben que es medio desconfiado. Así que fue a su remolque, hurgó entre tanto carro chocado que trae ahí y le prestó uno que otro destartalado.

Primero quiso sacar a un bato que traía unas ligas en la muñeca y no quiso o, más bien, se agarró de su damisela Lolita y nomás no se bajó; luego quiso mandar en préstamo a un refinado jugador al que le dicen el Minero, pero tampoco llegaron a un trato. Dicen que ese no da brinco con huarache y de plano él cobra muy caro.

Al final le completó el cuadro y los del Cuaco, todos ellos con su uniforme morado perdieron por goliza.

En el otro partido, ahí sí luego luego se completaron. Ricky se reforzó con las tribus del barrio. Puso a los jesuses en la delantera, a Jorgito G (así como Becky Gy pero sin “y” porque a éste sí le gustan las señoras y dice que no tiene novia ni en las plurinominales). Y puso en la cancha a un veracruzano que como que lo bajó de la porra porque llegó todo carraspeado.

En el equipo de Pepe Tony salió con su equipo estelar. El veterano Carlitos del Colmo, flanqueado por los alimentadores de balones Kikin­ el Rezandero (que acabó cambiando por Perla Negra a mitad del juego) y otro que lo único que me acuerdo es que no sabe leer, y ya de la media para abajo otras estrellas de menor brillo.

Cuando el partido se estaba poniendo bueno vinieron los primeros cambios y refuerzos. Ricky El Gallo Blanco sumó a un ex cura guerrillero que, dicen, está pelón que lo pasen, porque de al tiro le sabe a la estrategia; descansó al veracruzano que nada más entregaba balones y puso como aguador a un viejillo barbón que no suelta un puro.

Es el tiempo que ese partido no acaba. Pero en lugar del de partido parecen los rosarios de Amozoc y ya todos traen las espinillas moradas. Se han picado los ojos, escupido la cara, enseñado la lengua, jalado los pelos y no hay quien los detenga.

Mientras en las gradas, Lopitos hamacándose junto a la hielera.

Todo apunta a que el tercer partido lo gana por default. Ah, y también la carrera, pero esto no se acaba hasta que se acaba. Hagan sus últimas apuestas y a ver qué pasa en el cierre del domingo: se cumplen los pronósticos o en la meta ocurre lo inesperado y Lopitos­ pierde la tercera.

Diego Badillo

Editor de Los Políticos

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Periodista mexicano, originario de Amealco, Hidalgo. Editor del suplemento Los Políticos de El Economista. Estudié Sociología Política en la Universidad Autónoma Metropolitana. En tres ocasiones he ganado el Premio Nacional de Periodismo La Pluma de Plata que entrega el gobierno federal. También fui reconocido con el Premio Canadá a Voces que otorga la Comisión Canadiense de Turismo, así como otros que otorgan los gobiernos de Estados Unidos y Perú.