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Ucrania: donde se define nuestro futuro

La guerra en Ucrania me consterna y duele profundamente por muchas razones. Primero, porque el dolor de los ucranianos también es nuestro. Porque en pleno 2022 y aún en pandemia, parece que no hemos aprendido las lecciones que la vida nos quiere enseñar y nos rehusamos a (RE)nacer y (RE)surgir como humanidad. Tenemos todo el potencial para co-crear un mundo mejor y, lejos de ponernos a trabajar para lograrlo, optamos por seguir igual (o peor).
He dedicado varios años de mi vida a la causa de la libertad porque como Don Quijote, soy idealista y estoy convencido que “la libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos. Con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre, por ella y por la honra, se puede y se debe aventurar la vida.
Hoy, los ucranianos están pagando con su propia vida el precio de la libertad, suya y nuestra. Esta guerra me desgarra el corazón porque se veía venir y no se evitó, porque hubo señales que no quisimos ver, errores que no se enmendaron y fallas que no se corrigieron a tiempo. El resultado es una guerra que está costando miles de vidas inocentes y que aún podría llegar a ser de dimensiones imprevistas.
Occidente, esta gran civilización de la que me siento honrado y agradecido de pertenecer, ha cometido una serie de errores consecutivos y sistemáticos que dan para una reflexión más larga y profunda. Hemos dejado a Dios de lado y al desconectarnos de nuestra propia raíz y esencia, hemos minimizado nuestros valores y nos hemos vuelto vulnerables y susceptibles de perder lo que muchas generaciones lograron y sacrificaron para llegar hasta aquí, empezando por la libertad.
Hemos desviado nuestra atención de los principios que nos definen, minando los cimientos de una sociedad libre, virtuosa y próspera. A veces por error, otras por egoísmo u omisión, no hemos tenido el valor suficiente para defender la Verdad porque nos han hecho creer que todo es relativo. Vivimos distraídos y desconectados, por eso hemos sido presa fácil del engaño y la manipulación, de la mentira y la propaganda.
Nos hemos equivocado al elegir líderes egoístas y egocéntricos, incapaces de defender esos valores y de facilitar un proceso de co-creación en el que todos podamos contribuir en la construcción de una realidad mejor. La falta de un auténtico liderazgo virtuoso, nos ha puesto contra la pared y nos ha metido en un hoyo muy profundo.
El futuro de occidente depende de lo que suceda en Ucrania, un país de gente extraordinariamente valiente, fuerte y resiliente que en pocos días ha sido el escudo de Europa y ha dado lecciones magistrales de heroísmo al mundo.
Tras la invasión de Vladimir Putin, Ucrania se ha convertido en la frontera donde chocan dos realidades, la de una civilización que aún puede (RE)nacer y ser más libre si se arrepiente de sus errores y con humildad se (RE)plantea todo, si se atreve a creer y a (RE)crearse para ser más fraterna y solidaria; en pocas palabras, una civilización que está llamada a convertirse y a (RE)inventarse. Versus la realidad cimentada en un sueño autoritario que, a través del miedo y el control, busca la unidad de un pasado y unas fronteras que hace mucho dejaron de existir. Es el choque entre el anhelo de un futuro libre y próspero versus el anhelo de un pasado autoritario y sin mayor sentido.
Mucho se está escribiendo sobre esta guerra. Aunque sabemos cómo empezó, no sabemos cómo va a terminar. La reflexión que aquí comparto no es la voz de un experto ni de un académico queriendo dar explicaciones sino la inquietud de una persona que se considera ciudadano del mundo, hoy profundamente afligido por la guerra y emocionalmente conectado con la realidad en Ucrania; una persona que simplemente quiere hacer sentido de todo esto porque existe una convicción más grande que el mismo dolor que genera la guerra: Occidente y el mundo entero pueden (RE)nacer y (RE)surgir.
Lo que estalló el 24 de febrero con la invasión a Ucrania, empezó varios años atrás. Aquí un par de señales que ya lo anticipaban. En agosto de 2016, estando en Moscú, por medio de unos amigos en común, nos invitaron a Claudia mi hermana y a mí a la sede de Young Guard – United Russia donde jóvenes muy cercanos a Vladimir Putin hablaron de la visión de su presidente (compartida y avalada por ellos) sobre su país y el mundo. Nos llamó mucho la atención cuando con una sonrisa y una voz plagada de orgullo, explicaron que Putin era el líder más fuerte del mundo y que tenía un “plan perfecto” para devolverle la gloria a Rusia, extendiendo sus fronteras. Haber anexado a Crimea, decían, era prueba de lo mucho que lograrían en los años por venir.
Curioso que nos entregaron un libro con el testimonio de veteranos de la Segunda Guerra Mundial pues insistieron que nuestra generación tiene que saber lo que Rusia sufrió para no volver a vivir algo así. Ojo, hoy la mayoría de los rusos han dejado de tener acceso a información del exterior y a redes sociales, lo que limita su visión a la mera narrativa de la propaganda rusa. Aunque Rusia ha sufrido el horror de varias guerras, hoy, el relato es que están “liberando” a Ucrania de un mal mayor. Por cierto, en sus oficinas, los jóvenes de United Russia tienen un reloj con un letrero que dice: "En el cielo está Dios y en la tierra Rusia”.
La siguiente escala del viaje fue precisamente Kiev. Ya era tal la tensión entre ambos países, que no había vuelos directos de Moscú a Kiev y tuvimos que volar vía Letonia. Al llegar, Olga nuestra guía hizo cuatro comentarios muy reveladores en el traslado del aeropuerto al hotel. Pidió que no mencionáramos a Rusia para nada, afirmó que Putin era peor que Hitler por lo que estaba haciendo con Ucrania (y lo que ya sospechaban podría hacer más adelante). Con una voz entrecortada dijo que hasta ese momento, más de 10,000 ucranianos habían perdido la vida luchando contra los rusos en estas intervenciones militares de Putin. Hizo énfasis en que, de ser necesario, ucranianos de todas las edades estaban dispuestos a todo con tal de defender su país; decididos a tomar armas o lo que encontraran para evitar que los rusos ocuparan su patria. De eso hace 6 años. ¿Qué tanto sabíamos antes del 24 de febrero de 2022?
Otra pieza indispensable para tratar de comprender lo que pasa, es lo que en varias ocasiones nos ha explicado Andrei Illarionov, querido amigo, siempre honesto y muy polémico a quien conocí en 2007, dos años después de haber asistido a Vladimir Putin como su principal asesor económico y sherpa (2000-2005). Andrei reconoce que Putin es una de las personas más inteligentes y talentosas. Cuenta que lee mucho, trabaja duro, piensa rápido y entiende muy bien las fortalezas y debilidades de sus rivales. “No he conocido a una persona mejor preparada para un debate que Putin” Es muy reservado y tiene un gran dominio personal.
En su visión del mundo y su ideología, no existen grupos étnicos separados, rusos, ucranianos o bielorrusos. Para Putin existe el concepto y el ideal de una sola nación unida. Una nación unida que fue “artificialmente dividida” a través del tiempo. Él concibe que uno de sus propósitos más grandes es volver a unir esas naciones en una sola. Su fórmula es: un idioma (ruso), una religión (ortodoxa rusa) y un príncipe (él). Su objetivo es la recreación de la Rusia histórica recuperando las fronteras del imperio ruso en el siglo XVIII. Lo considera un llamado superior, casi una misión divina y por ello está dispuesto a aferrarse a su visión incluso a costa de su popularidad. De ahí que sea muy difícil que algo o alguien pueda detenerlo.
En su intento por lograrlo, se ha encontrado con varios obstáculos y uno de ellos es Occidente. El enemigo que, según él, se opone a su sueño porque quiere quitarle algo que le pertenece: Ucrania y especialmente Kiev, la Roma ortodoxa, un lugar sagrado que debe ser de Rusia y de nadie más. Para Putin, Occidente es el enemigo que lo confronta en la puerta de su propia casa, que vulnera su ideal y su seguridad; que atenta contra su misión superior; el enemigo al que debe amenazar a cualquier precio y al que debe impedirle quedarse con una de sus piezas más preciosas, la joya de la corona del príncipe, su corona: Ucrania.
Para Putin, perder a Ucrania es entregar parte importante de su sueño al adversario, a esa civilización a la que se ha empeñado en dinamitar muchas veces desde sus propias entrañas financiando y apoyando movimientos que buscan alterar y romper esos cimientos que dan identidad y que son clave para lograr la unidad de este lado del mundo. Putin no sabe perder y es difícil imaginar que, estando tan acorralado, se rendirá. El riesgo es que él mismo pierda el control y se atreva a hacer algo peor.
La eficacia de las sanciones para hacerlo retroceder o sentarlo a negociar aún es un enigma. Veo difícil que oligarcas y su propia gente puedan convencerlo o presionarlo para ceder. Putin se ve a sí mismo en otro plano y está convencido que tiene una misión. No creo que renuncie a su sueño de lograr una Rusia unida ni que se resigne a ver cómo Occidente celebra un triunfo que conllevará la anexión de Ucrania a la Unión Europea.
De este lado, los riesgos son enormes y los retos hacia adelante también. Putin sabe que su carta más fuerte son las armas nucleares y sólo nos queda pedir a Dios un milagro para que no prevalezca la lógica: “si yo no gano, tú tampoco y si yo pierdo, tú también”. En todos estos años desde que asumió el poder ha demostrado ser capaz de todo con tal de lograr sus objetivos aunque eso implique sacrificar a su propia gente. La moneda está en el aire. Nuestro futuro está en las manos de Dios y, en los próximos días, el futuro de Occidente se definirá en Ucrania. Pase lo que pase, ojalá estemos abiertos a un nuevo comienzo para bien de todos. Occidente puede y debe (RE)nacer y (RE)surgir y no necesariamente de las cenizas. Que Dios nos ayude y nos proteja.
*El autor es presidente Fundador del Instituto de Pensamiento Estratégico Ágora A.C. (IPEA). Primer Think Tank de jóvenes mexicanos y de Un millón de jóvenes por México.
Twitter: @armando_regil
Sitio web: http://armando-regil.com/