Para Donald Trump, la diplomacia es una kermés perteneciente al mundo gore.

Zona rave. El presidente de Estados Unidos agrede físicamente al primer ministro de Montenegro Dusko Markovic. Lo hizo el 22 de mayo del 2017, durante la cumbre de la OTAN en Bruselas. Para ocupar un lugar privilegiado frente a los lentes de las cámaras, Trump estira su brazo, desbalancea a Markovic y, con ello, le impide  ubicarse a lado del secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg.

La quebradora. Trump demuestra con holgura su técnica ruda de lucha libre. Atrapa, detiene y aprieta la mano de Emmanuel Macron. Para el francés, se trata de un juego de vencidas. Tal vez. Especula. Para Trump es un reto. Es 30 años mayor que Macron pero decide mostrarle su virilidad de manera prosaica: “Soy más fuerte que tú, y lo hago público”, pudo haber pensado. Así se entretienen los simios del siglo XXI. Golpes y albures como lenguaje. Ocurrió el 25 de mayo del 2017, en Bruselas.

Teléfono de horror. Donald Trump suspende la llamada telefónica en el minuto 22. Se enoja, enfurece. El primer ministro de Australia, Malcom Turnbull, aborda un tema pendiente heredado por Barack Obama: Estados Unidos se comprometió a recibir y dar asilo a 1,250 refugiados de Siria que huyen de la guerra civil. Trump reacciona: “Es el peor acuerdo de la historia”, porque los inmigrantes serán los “próximos terroristas de Boston”, en referencia a los dos hermanos de origen checheno que perpetraron el atentado contra el maratón en dicha ciudad estadounidense en abril del 2013. “Por mucho, es la peor llamada telefónica que he tenido durante la jornada”, le dice Trump a Turnbull. Acto seguido, Trump da por terminada la llamada. Ocurrió en enero del 2017.

El juego de los berrinches. En marzo del 2017 Trump rehúsa entrelazar su mano con la de la canciller Angela Merkel. En su rol antieuropeo, tiene que mostrar dureza con la defensora del modelo de política comunitaria, multiculturalista y librecambista. Para eliminar la ambigüedad, Merkel llena el vacío con su voz para proponerle al presidente de Estados Unidos el clásico apretón de manos. Trump la evita con los ojos para no pronunciar una palabra.

Crash therapy. se trata del juego de kermés favorito de Donald Trump. Insultar y golpear relaja. Al menos lo dicen los creadores de crash therapy. El presidente de Estados Unidos insulta a El Salvador, Haití y al continente africano. Lo mismo a presidentes que a sociedad en general. “¿Por qué recibimos a gente de países de mierda?”, pregunta Trump.

Acto seguido, exterioriza su sueño de sólo recibir noruegos.

Bodas y colonialismo hechizo. El presidente Trump condiciona su visita a Copenhague a que la primera ministra danesa le ponga precio a Groenlandia. “No está dentro de la agenda”, responde el equipo de Mette Frederiksen. Entonces Trump cancela el viaje que había sido programado para el 2 de septiembre. “Los hemos ayudado, los queremos”, dice Trump, pero asegura que al no viajar a Dinamarca ahorrará costos.

Philip Rucker alerta en The Washington Post sobre la guerra cultural que Trump intenta instaurar en Israel. Su objetivo fue entregarse a los brazos de Benjamin Netanyahu y etiquetar a los demócratas como antisemitas. Trump cambió la Embajada de Estados Unidos a Jerusalén, reconoce a los Altos del Golán como parte de Israel y toma una línea dura en contra de Irán (al salir del acuerdo nuclear). Rucker recuerda palabras de Trump de esta semana: “Por lealtad no pueden votar por los demócratas”, les dice a los judío-americanos.

Estados Unidos creó la industria diplomática del soft power para cubrir sus estrategias duras de expansión geopolítica. Tal parece que Trump se ha dedicado a desmontar los objetivos suaves del Departamento de Estado. Su figura carece de diplomacia y provoca que a Estados Unidos se les vea y huela sus riñones.

Trump dilapida su diplomacia, la joya de su país, legado de Henry Kissinger. Los republicanos y demócratas no hacen nada para impedirlo. Unos enmudecen y los otros patalean. Nada más.

El Paso, terrorismo étnico

La guerra cultural de Trump escapa de la virtualidad. El ataque en El Paso se basa en los argumentos teóricos de Donald Trump. En efecto, para pasar de las redes sociales a la realidad de las armas se requiere cierto desequilibrio mental. Pero es más fácil que ocurra si se incuba el odio en la sociedad. Trump lo sabe.

Hace cuatro años Trump inició su guerra cultural en contra de México. Pocos lo mencionaron por su nombre. No es una guerra declarada, pero es una guerra.

Si México convocara a una conferencia internacional sobre diplomacia en contra del odio, no sólo regional como el secretario Marcelo Ebrard ya lo hizo, tendría mucha atención de muchas partes del mundo.

Ya son muchos los países agredidos por el presidente de Estados Unidos, comenzando por sus aliados europeos, y, por supuesto, Mexico.

Trump se divierte en la kermés gore.

@faustopretelin

Fausto Pretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.