Tuvieron que pasar tres años para que el presidente Trump tomara la primera decisión de política exterior que cambiará el destino de la geopolítica estadounidense frente al mundo.

Al ordenar la muerte del general Qasem Soleimani, líder de la Fuerza Al Quds, una unidad especial de la Guardia Revolucionaria creada durante la guerra entre Irán e Irak con el fin de preparar y ejecutar operaciones clandestinas fuera de Irán, Donald Trump agita varios campos de batalla: el dedicado a la batalla histórica entre chiitas contra sunitas; el correspondiente a la lucha religiosa entre Irán frente a Israel, y por supuesto, el correspondiente a la batalla ideológica entre Estados Unidos frente a Irán desde la revolución de 1979 en la que huyó el sha Reza Pahlevi.

Trump desmantela la arquitectura que esbozó Obama en Oriente Medio a través de dos cambios radicales: cumple su promesa electoral de retirar a su país del acuerdo nuclear iraní firmado por Francia, Alemania, Reino Unido, Rusia, China, y dinamita la posibilidad de una negociación de paz con Palestina al permitirle a Israel la expansión de su política de territorios ocupados. Por si fuera poco, Trump reconoce a Jerusalén como capital de Israel y traslada su embajada a esa región.

Al romper con el acuerdo nuclear, Trump estrangula las finanzas públicas de Irán al bloquear la venta de 80% de su petróleo y genera tensión con países europeos con los que Irán mantiene interacciones comerciales importantes, particularmente con Francia.

La revolución islamista de Irán representó un vuelco en las relaciones con Estados Unidos. Respaldado por los estadounidenses, el sha Reza Pahlevi abandonó el país y retornó del exilio el ayatolá Jomeini convirtiéndose en líder supremo. Fundamentalistas asaltaron la embajada de Estados Unidos en Teherán durante 444 días desde el 4 de noviembre de 1979. Estados Unidos rompió relaciones diplomáticas y, hasta hoy, pocas veces llegaron a acuerdos.

Uno de sus acercamientos ocurrió tras los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York y Washington. Irán, en la persona del general Qasem Soleimani, ayudó a Barack Obama con información sobre el líder de Al Qaeda, Osama bin Laden, terrorista sunita apoyado con financiamiento y logística de Arabia Saudita, enemigo de Irán. Soleimani también ayudó a Estados Unidos a combatir el Estado Islámico.

El acuerdo nuclear con Irán distanció a Obama de Israel, pero fue uno de los mayores acercamientos que un presidente de Estados Unidos haya tenido con Irán durante los últimos 35 años, y representó para el estadounidense una victoria en su política exterior. En el 2016 el candidato republicano Donald Trump prometió abandonar el acuerdo. Cumplió.

Qasem Soleimani tenía las atribuciones no oficiales de canciller y de líder militar. Irán, desde 1980, creó a la Guardia Revolucionaria para operar una ruda política exterior desde la sombra a través de milicias terroristas que expandieron sus brazos hacia Irak, Libia, Palestina, Yemen y Siria.

A través de los hutíes en Yemen, Irán bombardeó instalaciones petroleras de Arabia Saudita con drones el pasado septiembre, y avisó que regresaría a enriquecer uranio para fabricar armamento nuclear. Así respondía a Trump por sus sanciones económicas.

10 días atrás, la milicia iraquí proiraní, el Partido de Dios (Kataeb Hezbolá), asesinó a un contratista estadounidense en Irak y Trump preparó su respuesta.

Con un juicio político en su contra y su intención de reelegirse en 11 meses, Trump toma su primera decisión en política exterior de gran calado desde que llegó a la Presidencia.

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Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.