El 23 de octubre de 2002, con tan solo 17 años, tuve oportunidad de encontrarme por primera vez con el Secretario de Estado de Estados Unidos, Colin L. Powell, en el marco de la Cumbre Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) en Los Cabos. 

Cuando Colin Powell pasó frente a mí a su llegada al APEC Surf Café donde un grupo de jóvenes entrevistábamos a los líderes de APEC, estiré el brazo para saludarlo y él amablemente se detuvo para corresponder el saludo. La primera impresión que me causó fue la de ser un hombre sencillo, carismático, inteligente, amable y sensible ante los demás. 

Sus logros como militar y diplomático trascienden su vida. Consejero de Seguridad Nacional del Presidente Ronald Reagan, Jefe del Estado Mayor Conjunto, dirigió la operación Tormenta del Desierto durante la Guerra del Golfo en 1990 y en 2001 se convirtió en el primer Secretario de Estado afroamericano, muy querido y respetado por su lealtad y vocación de servicio. 

La conductora del evento me dio la palabra y pedí al Secretario Powell un mensaje de aliento para los jóvenes de la región Asia-Pacífico. Esto respondió:

“La educación es todavía más que un requisito en el siglo XXI, para adquirir las destrezas que se les exigirán. La tecnología de la información: cada país de la APEC se hará más refinado con el tiempo. Las necesidades de las empresas, las necesidades de los gobiernos, las necesidades de la salud, serán más exigentes, más técnicas, más sofisticadas con el tiempo. La educación tiene que ser algo continuo y ustedes han comenzado ahora. Pero además de la educación, todos los jóvenes tienen que desarrollar muy temprano en la vida esos hábitos de autodisciplina, de creer en sí mismos, de creer en su país, de creer en su sociedad, de estar dispuestos a trabajar con empeño, de estar dispuestos a soñar, de estar dispuestos a aceptar el fracaso en la vida… Mientras se educan, mientras desarrollan las destrezas que necesitan para el futuro, desarrollen también los hábitos de disciplina personal, de aferrarse a un objetivo, de que no se frustre lo que desean, de acariciar siempre un sueño, de trabajar con empeño para realizar ese sueño, de experimentar el fracaso y aprender cómo enfrentarlo, olvidarse de él y seguir adelante. El mañana siempre será un poco mejor.”

Al final del evento me acerqué a despedirme y muy accesible me permitió abrazarlo para tomarnos una foto. 

Tres meses después de esta grata experiencia, las noticias sobre una posible guerra en Irak ocupaban las primeras planas de los periódicos y gran parte de los noticieros. Todos los días se hablaba de una posible guerra y la impotencia de no poder hacer nada invadía la voluntad de muchas personas. 

El 28 de enero de 2003 escribí una carta al Secretario Powell expresándole los sentimientos que en ese momento se apoderaban de la mayoría de quienes queríamos que se evitara la guerra. Para respaldarla, juntamos 2,542 firmas en 5 días entre familiares, amigos y muchas personas que me apoyaron pasando la voz y juntando firmas. Hubo voces que criticaron este esfuerzo o que dijeron que Colin Powell jamás recibiría mi carta con las firmas. Yo siempre creí y sigo creyendo, que todo es posible.

Parte de la carta decía: “Los jóvenes de México y de distintos países del mundo estamos muy angustiados, tristes y a la expectativa sobre lo que sucederá en torno al conflicto en Irak. Creemos que usted y todos los miembros del gabinete del Presidente Bush que toman esta decisión, pueden llegar a una solución pacífica; ustedes tienen todo el poder en sus manos y toda la responsabilidad de ejercerlo en beneficio de su país, sus ciudadanos y los del resto del mundo. El poder económico y militar que ustedes tienen les da los medios necesarios para resolver conflictos internacionales de esta magnitud por medio de soluciones pacíficas.”

“No queremos que se siga sembrando odio en los corazones de miles de personas que, del otro lado del mundo, habitan en Irak y en otros países árabes… Lo felicito sinceramente por su desempeño como Secretario de Estado y esperamos verlo muy pronto como el hombre que buscó, luchó y alcanzó el más grande logro de su vida, evitar la guerra..

El tiempo se ha encargado de explicarnos muchas cosas. En aquel momento, la esperanza de que nuestras voces fueran escuchadas era muy grande, y lo fue hasta el 20 de marzo, día en que Estados Unidos lanzó su primer ataque contra Irak. 

El jueves 8 de mayo recibí un sobre café que decía Department of State; cuando lo vi me emocioné mucho. Abrí ese sobre y encontré otro de color blanco que por cierto estaba abierto. El sobre tenía grabado con letras azules: The Secretary of State, Washington.

Cuando saqué la carta y vi la firma, quedé muy sorprendido. Colin Powell leyó mi carta, vio las firmas y amablemente respondió. Lamentablemente la guerra sucedió pero queda la satisfacción de saber que nuestras voces fueron escuchadas por el propio Secretario de Estado. Siempre estaré agradecido por la atención de haber escrito una carta a un joven que recién acababa de cumplir 18 años. Pocas personas en esos niveles de poder se toman el tiempo para escribirle a un joven de un país distinto.

Un año y medio después de recibir la carta de Colin Powell, me invitaron a participar en la Cumbre de APEC 2004, esta vez en Santiago de Chile. Era sábado 20 de noviembre del 2004, menos de veinte días habían transcurrido en que el Presidente George W. Bush se había reelegido para un segundo mandato. Unos días antes, Colin Powell, había renunciado a su cargo para el segundo periodo de gobierno, sustituyéndolo la hasta entonces Asesora de Seguridad Nacional Condoleezza Rice. Aún así, viajó a Chile como Secretario de Estado.

Después de una larga y exhaustiva revisión por parte de los agentes del Servicio Secreto y bajo intensas medidas de seguridad, ocupamos nuestros lugares dentro del gran salón en donde en un período de 48 horas habíamos escuchado a 7 Presidentes y Primeros Ministros. Un día antes en ese mismo salón, habíamos estado con el Presidente de China Hu Jintao, el Primer Ministro de Singapur Lee Hsien Loong, y el Presidente de Chile Ricardo Lagos. Esa mañana estuvimos con los Primeros Ministros Abdullah Ahmad Badawi de Malasia, Helen Clark de Nueva Zelanda, John Howard de Australia y el Presidente Susilo Bambang Yudhoyono de Indonesia. Las medidas de seguridad durante la estancia de estos líderes, habían sido muy estrictas; sin embargo, nunca tan fuertes como en víspera de la llegada del Presidente George W. Bush. 

Sentado a un lado de la alfombra roja por donde habían entrado los mandatarios anteriores, esperaba impaciente la llegada del Presidente Bush. Alrededor los empresarios también esperaban ansiosos. Tres filas delante de mí estaba sentado el Ing. Carlos Slim Helú, del otro lado del pasillo sonriente ante las cámaras la ex Miss Universo y esposa del ex presidente argentino Carlos Menem, Cecilia Bolocco. 

Los minutos transcurrían y los agentes del Servicio Secreto parecían cada vez más acelerados. Repentinamente se abrieron las puertas por donde habían entrado todos los mandatarios  y nos pidieron que nos pusiéramos de pie para dar la bienvenida al Secretario de Estado de Estados Unidos, Colin Powell. 

Antes de que el Presidente Bush iniciara su discurso titulado Building Peace and Prosperity, le pedí a una agente de seguridad que me permitiera acercarme al Secretario Powell para darle las gracias por la carta que me envió. Vaya petición ingenua. Por supuesto, la agente de seguridad rechazó mi petición y me dijo que era imposible. En ese momento pensé que esta vez tendría que aceptar la realidad pero no perdí la esperanza. 

Al final del evento, mi mayor sorpresa fue cuando me percaté que el Secretario Powell venía en la misma dirección por donde entró y estaba a unos cuantos pasos de acercarse a menos de un metro de mí. En ese momento no lo pensé dos veces y qué bueno que así fue porque probablemente no hubiera reaccionado como lo hice. Cuando Colin Powell pasó frente a mí, di un paso al frente y me acerqué a él. Lo saludé de mano y con una sonrisa, sorprendido por mi repentino acercamiento, me contestó. Mientras caminaba junto a él le dije que estaba muy emocionado de volver a verlo y le manifesté mi profundo agradecimiento por la carta que me había enviado un año atrás. 

Mientras caminábamos, él se despedía de los empresarios levantando la mano y sonriendo ante las cámaras. El momento inesperado y de mayor sorpresa para mí, y ahora pienso que también para los agentes del Servicio Secreto que nos rodeaban, fue cuando estiré el brazo derecho para entregarle mi carta de agradecimiento.

En el momento en que estiré el brazo y el Secretario alcanzó a tomar un extremo del sobre, un agente del Servicio Secreto que venía atrás de nosotros, me empujó hacia la derecha para proteger a Colin Powell. En el momento en que sentí el empujón, arrebaté por instinto la carta de la mano del Secretario, y él sorprendido de ver lo que sucedía, volteó hacia donde yo estaba con un gesto de asombro. El mismo agente que me empujó a mí, siguió caminando al lado del Secretario en donde yo venía e inmediatamente salieron del salón.

Varios años después nos volvimos a encontrar en la ceremonia de inauguración de la Biblioteca Presidencial de George W. Bush en Dallas. Desde aquel primer encuentro en 2002 seguí sus pasos, leí sus libros sobre su propia historia y sus consejos de liderazgo. Siempre estaré agradecido por las personas que he conocido y, sin duda, Colin Powell es uno de esos líderes que dejan una huella muy especial. Descanse en Paz.

*El autor es presidente fundador del Instituto de Pensamiento Estratégico Ágora A.C. (IPEA). Primer Think Tank de jóvenes mexicanos y de Un millón de jóvenes por México.

aregil@ipea.institute

Twitter: @armando_regil