Lectura 4:00 min
Todos iguales, todos jodidos
“Imagina que no hay posesiones
Me pregunto si puedes
No hay necesidad de codicia ni hambre
Una hermandad humana
Imagina a toda la gente
Compartiendo todo el mundo”
John Lennon, Imagina
El diccionario de la lengua de Oxford da dos acepciones a la palabra utopía, término acuñado por Tomás Moro en 1516 en su obra con ese título: 1. Plan o sistema de gobierno en el que se concibe una sociedad perfecta y justa, donde todo discurre sin conflictos y en armonía. 2. Proyecto, deseo o plan ideal, atrayente, y beneficioso, generalmente para la comunidad, que es muy improbable que suceda o que en el momento de su formulación es irrealizable.
En este universo ideal todos los individuos que componen la sociedad serían iguales, alcanzando el mundo descrito por John Lennon en su famosa canción. Obviamente, tal cómo lo define el diccionario, esto es irrealizable, un sueño, una utopía. ¿Pero qué sucede si quien encabeza el gobierno, como es el caso de López Obrador, en su concepción filosófica de lo que tiene que ser el Estado, diseña la política pública para tratar de lograr ese mundo en donde haya igualdad de resultados, uno donde el mérito es irrelevante (a propósito de la reforma educativa maoísta)?
Más concretamente, ¿por qué una política pública diseñada para tratar de lograr que haya igualdad de resultados deriva en una sociedad sin libertades, una en donde todos son iguales, pero viviendo en condiciones de pobreza, donde igualdad, pero en la miseria?
Partamos de reconocer que cada individuo es diferente. De entrada cada quien (exceptuando el caso donde tenga gemelos idénticos) nació con una dotación genética única, lo que determina cuáles son sus habilidades así como el potencial que tiene para la absorción y aplicación de conocimientos, factores determinantes de lo que será su desempeño en la actividad laboral que elija, misma que le redituará en la generación de un flujo de ingreso. Dada las diferencias genéticas y el entorno en el cual se desarrolla, cada individuo tiene sus propias preferencias y necesidades subjetivas que desea satisfacer y hacia las cuales destinará el ingreso generado. Esto último implica que la canasta de consumo de cada individuo y la intensidad con la cual satisface cada una de sus necesidades varía entre individuos.
En este mundo, donde cada individuo es diferente en cuanto a sus capacidades y sus necesidades, es crucial cómo estén diseñadas las reglas del juego para que permitan una eficiente y eficaz cooperación entre todos los individuos. Estas reglas tienen que establecer que haya igualdad de condiciones de acceso a todos los mercados de bienes, servicios (incluyendo los educativos y de salud) y de factores de la producción. El objetivo es que haya equidad en la prosperidad y en donde, habiendo jugado todos con las mismas reglas y con árbitros independientes e imparciales, la participación de cada quien en el ingreso nacional dependa de cuál sea la aportación que haga a su generación, dependa de su mérito.
Cuando, por otra parte, el objetivo es lograr igualdad de resultados, las habilidades y capacidades de cada quien dejan de ser relevantes; la liga entre la productividad asociada a la habilidad genética y a los conocimientos adquiridos y el valor de lo aportado al ingreso nacional se rompe; el mérito no solo no se reconoce sino, peor aún, se castiga; mata el incentivo para la mejora individual. Bajo este sistema, se supone que las necesidades de todos son iguales y es el gobierno quien decide cuáles se satisfacen y con qué intensidad, por lo que el gobierno se entromete en la esfera privada, violentando, hasta su extinción, la libertad individual de elección. Este sistema, en lugar de generar riqueza la inhibe y termina siendo uno en donde hay igualdad, pero en la miseria. Todos iguales, todos jodidos y muy infelices (excepto el gobernante). Equidad en la prosperidad o igualdad en la miseria. ¿Usted qué prefiere?
Twitter: @econoclasta

