Washington, DC. Ocurrió lo impensable. Contra todo pronóstico, Donald Trump se convertirá en el 45º presidente de los Estados Unidos. En sintonía con la conmoción y la incredulidad general, la mañana del miércoles 9 de noviembre amaneció gris y lluviosa. Y la pregunta sigue siendo: ¿qué pasó?

Dos temas estuvieron al centro de la elección. Uno, el hartazgo de la sociedad en general con el establishment, esa clase política privilegiada, lejana a los problemas reales de la gente que personificaba Hillary Clinton.

Dos, el descontento y la frustración de la clase media trabajadora. Donald Trump supo dar respuestas simples a las grandes preocupaciones de los estadounidenses: frente al deterioro económico, culpó desde el inicio a México y China por la pérdida de empleos manufactureros, prometió cancelar el NAFTA y rechazar el TPP. Frente a la amenaza del terrorismo, planteó prohibir la entrada a extranjeros musulmanes. Echar a los inmigrantes y levantar un muro para aislarse del vecino indeseable.

La población liberal, universitarios, académicos y, sobre todo, los grandes medios alertaron sobre tan extremas, racistas e irracionales propuestas. Ocho premios Nobel explicaron incluso los costos económicos que implicaría su implementación.

Sin embargo, nadie alcanzó a ver que la división en la sociedad estadounidense, entre la población urbana y la rural, entre hombres y mujeres, entre blancos y minorías, entre mayor y menor nivel educativo, entre más y menos conservadores, resultó infinitamente mayor a lo previsto. Para la mitad, el discurso republicano del enojo y el miedo resultó efectivo. Ahora el temor y la incertidumbre invaden la otra mitad, incluidos los latinos, migrantes, afroamericanos, musulmanes con los que Clinton ganó el voto popular, no electoral.

Paul Krugman, uno de los Nobel aludidos, resumió el drama de la situación en el New York Times. En su nota titulada Nuestro país desconocido , reconoció que si bien el prejuicio racial y la misoginia no están erradicados en EU, creía vivir en un país crecientemente abierto y tolerante, en el que los ciudadanos valoraban las normas democráticas y el Estado de Derecho. Resulta que estábamos equivocados , concluye el economista.

Muchas lecciones se derivarán de esta elección. Sin duda, la más dramática atañe al preocupante encumbramiento de populistas, de izquierda o derecha, como catalizadores de agravios, pero que en lugar de unir terminan exacerbando prejuicios e intolerancia y poniendo en riesgo la convivencia social.

Twitter: @veronicaortizo