Una de las primeras reacciones de política monetaria ante la crisis provocada por el Covid-19 fue reducir las tasas de interés de referencia, herramienta convencional de los bancos centrales. Estas acciones, como enseñó la crisis financiera del 2007-2008, deben ser rápidas y en gran escala dado el impacto limitado a corto plazo.

En el caso de las economías desarrolladas la efectividad de esta herramienta está restringida dadas las bajas tasas que han prevalecido en la última década. No era el caso de la economía mexicana que entró a la crisis actual en fase recesiva del ciclo económico y con una tasa de referencia del 7.25 por ciento.

El pasado 14 de mayo Banxico decidió, por cuarta ocasión este año, disminuir la tasa de interés de referencia dejándola a un nivel de 5.5 por ciento. Estas disposiciones son todavía insuficientes. La tasa de referencia en México es la más alta entre sus pares de Latinoamérica, seguida por la de Colombia a 3.25%, Brasil a 3%, Chile a 0.5% y la de Perú a 0.25 por ciento. Un factor relevante a considerar es el rezago que hay entre los movimientos de la tasa de interés de referencia y el impacto a la economía real.

Mientras que las economías avanzadas se benefician de un costo del endeudamiento menor desde hace más de una década, en México, debido al sobreendeudamiento de gobiernos pasados, los recursos del presupuesto destinados a pagar intereses de la deuda son comparables con aquellos que se destinan a salud o educación.

La cautela con la que Banxico ha reaccionado parece obedecer a una preocupación, posiblemente excesiva, por un aumento en la inflación. Oliver Blanchard argumenta que es más probable que observemos niveles bajos de inflación en un futuro cercano, dado el entorno económico en desarrollo, que niveles preocupantes de alta inflación.

El nivel de desempleo y subempleo será más alto. Datos del Inegi a marzo de 2020 muestran que 56% de la población ocupada se encontraba en condiciones de vulnerabilidad laboral y 27% se ocupaba en el sector informal. Esta parte de la población ha sido afectada directamente durante los últimos meses y, a pesar de la reapertura de movilidad, difícilmente veremos una reactivación pronunciada que mejore sus ingresos.

Además, se espera que los precios del petróleo permanezcan bajos. Por otro lado, no se espera una aceleración en la demanda. En las pandemias, a diferencia de los desastres naturales o las guerras, no hay una destrucción de la infraestructura física y, por lo tanto, tampoco un incremento acelerado de la actividad económica generada por labores de reconstrucción. Finalmente, es muy probable que la incertidumbre generalizada provoque un incremento en los ahorros y reduzca los niveles de consumo.

El fuerte entorno deflacionario en el que nos encontramos y la rígida predilección por evitar el endeudamiento público de este gobierno indica que el riesgo ocasionado por una reducción a la tasa de interés de referencia está contenido. La tasa actual de inflación anual de 2.15% sugiere que Banxico apenas lleva la mitad de los recortes necesarios.

La coordinación entre la política fiscal y la monetaria es fundamental para fortalecer la demanda y evitar la persistencia de la debilidad en el mercado laboral ya observada. Una reducción mayor y acelerada de la tasa objetivo contribuiría al esfuerzo que el Estado está haciendo para proteger la vida y los medios de subsistencia de los sectores más vulnerables.

Lucía Buenrostro

Actuaria por la UNAM

Columna invitada

Lucía Buenrostro es Maestra en Economía por El Colegio de México y Maestra en Matemáticas y Finanzas por el Imperial College (Reino Unido). Es Doctora en Economía por la Universidad de Warwick (Reino Unido). Ha desempeñado labores de docencia e investigación en la UNAM, en la Universidad de Warwick y en la Universidad de Oxford.

Cuenta con una amplia y sólida trayectoria en el sistema financiero internacional donde laboró por casi 15 años en Londres como responsable de áreas de administración de riesgos en la banca de inversión.