Recuerdo un día que salía de darme un baño y me quedé helada. No porque entrara el chiflón, sino porque de repente me quedé atrapada entre varias opciones para poner la toalla. Podía ser en el toallero, sobre el cancel de la regadera, vamos, inclusive doblada sobre el registro del water. Tantas opciones me dejaron frita. Fue una de esas ocasiones extrañas en las que el cerebro no sabe qué hacer.

Me sucedió el sábado en la madrugada. Me desperté sudando frío y muerta de miedo: no sabía de qué escribir el Garage. De nuevo tenía muchas opciones, que es lo mismo que no tener ninguna. Así que aquí estoy, escribiendo una columna sobre el miedo más grande de los escritores (o escribidores, como yo): no saber qué escribir.

Gustave Flaubert no hablaba del miedo a la página en blanco sino del miedo de no lograr la página perfecta, esa que ya no requiere tachaduras ni intercambios ni enmiendas, esa que es limpia y bella.

Si uno tiene un estilo simple, digamos a lo Hemingway, lograr la página perfecta puede resultar sencillo, o así se ve desde afuera. Flaubert no era hombre de palabras sencillas, no imagino la tortura que debía ser para él conseguir esa maldita página perfecta. Madame Bovary es una novela llena de páginas perfectas, pero seguramente a monsieur Flaubert le ha de haber parecido una abominación. Así son los escritores, una raza caprichosa y voluble.

Hablé de Ernest Hemingway aquí arribita diciendo que su estilo es simple. Por favor, no me lo tomen a mal. Yo aprendí inglés leyendo a Hemingway y es precisamente por ese estilo sencillo y lacónico que se le puede disfrutar aunque no se sepa mucho del idioma de Shakespeare.

A Hemingway también le mataba de miedo no tener de qué escribir. Su solución: lanzarse a la vida. Fumar todo lo que se pudiera. Beber todo lo que se pudiera. Ir a los toros. Nadar desnudo en un manantial. De Hemingway es interesante ese contraste entre su modo de escribir casi taquigráfico y su pasión por la vida. Su apetito por los apetitos varios alimentó su obra y al final le costó la vida: se suicidó.

Hemingway venía de un gran árbol genealógico de suicidas. Cuando se mató fue casi como decir: “Bueno, me ha llegado el turno”.

Pero yo estaba hablando de otra cosa. Del miedo de no saber qué decir. Mi ídolo Francis Scott Fitzgerald la sacó del parque siendo muy joven. La llamada era del jazz existió gracias a las palabras de Fitzgerald. Pero el problema con Fitzgerald es que se le agotó el parque muy pronto. Cuando escribió A este lado del paraíso, el libro que lo hizo una estrella, podía escribir 5000 palabras de una sentada. Hacia el final de su carrera, cuando derrotado se volvió un mal guionista de Hollywood, tenía suerte si podía hilar 500 palabras buenas.

Escribo sobre que no sé de qué escribir. Me siento una tramposa. Como Fitzgerald, me siento afortunada si logro juntar unos cuantos cientos de palabras para que quien lea este Garage se pase un par de minutos entretenido. No tengo otra ambición que ser divertida, me mata de miedo ser aburrida. No creo en la página perfecta de Flaubert, ni soy tan aventada como Hemingway y no tengo problemas con el alcohol como el autor de El gran Gatsby. Pero comparto algo con ellos: la vocación por la palabra. Y sí, ese sudor frío de cuando se queda uno speechless, sea porque no se sabe qué decir o porque se tienen demasiadas opciones y nomás no te decides por una.

Ah, miren, se pasó el sudor frío. Logré juntar 600 palabritas para el lector. Espero que no le hayan parecido una pérdida de tiempo.

ConcepciónMoreno

Columnista y Reportera

Garage Picasso