El 8 % de la energía y la proteína de la alimentación de los mexicanos proviene del trigo; sin embargo, importamos más de lo que producimos, a pesar de que fue en nuestro país donde nació la Revolución Verde, que permitió elevar la productividad del cultivo en el mundo.

Son varias las razones que explican por qué estamos en esta situación de dependencia. Se comentan las más importantes, para posteriormente expresar algunas posibles acciones y cambios que ayudarían a corregir en alguna medida ese problema.

La superficie sembrada de trigo ha disminuido. El área cultivada anualmente en los 80 superó 1 millón de hectáreas, mientras que la última década promedió 30% menos. En ese periodo, el rendimiento aumentó de 4.1 a 5.2 toneladas por hectárea; sin embargo, la producción anual se redujo en 12 %, además de que la población nacional es ahora mayor en 52 por ciento.

La política económica nacional cambió drásticamente: de una economía cerrada y con participación resuelta del Estado en la producción de insumos y la comercialización, se transitó a una apertura comercial con dos de los principales países exportadores y la supresión de los principales instrumentos de intervención estatal.

Otro cambio entre los 80 y la actualidad ha sido la clase de trigo que producimos. El noroeste del país, que produce dos tercios del total nacional, redujo la producción de trigo harinero para producir, en cambio, trigo cristalino, que no es panificable y sirve para hacer pastas de sopa, como espagueti o macarrón.

En Sonora ocurrió un brote de una enfermedad del trigo, llamada carbón parcial, que reduce el rendimiento y la calidad, pero también el acceso a mercados internacionales. El trigo cristalino es más resistente a esa y a otras enfermedades del trigo. Además, tiene un mayor rendimiento que el trigo harinero, aun en ausencia de enfermedades.

El trigo cristalino, que representa actualmente 70 % de nuestra producción, no solo satisface la demanda de sémola, la materia prima de la industria de pastas, sino que también se exporta y se usa como alimento para animales. En cambio, el consumo nacional de trigo panificable es abastecido en 73 % con importaciones.

No sólo padecemos insuficiencia de producción de trigo panificable. Nuestra industria necesita trigo con características que no coinciden precisamente con las que ofrece la mezcla de variedades que producimos. Tenemos que desarrollar variedades con las cualidades requeridas.

Por otra parte, nuestra producción, aunque tiene altos rendimientos, es ineficiente. Se desperdicia gran parte de los insumos utilizados, lo cual, además de elevar los costos, genera contaminación y degradación ambiental.

En la segunda parte se mencionarán oportunidades para aumentar la cantidad y el valor de la producción mexicana de trigo, de manera sostenible.

* Luis Fernando Iruegas Evaristo es especialista de la Subdirección Técnica y de Redes de Valor en FIRA. La opinión es responsabilidad del autor y no necesariamente coincide con el punto de vista oficial de FIRA.

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