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Ser sacerdote y no creer en Dios

Soy profesor de la UNAM. Hace años que doy clases de Ética en primer año de Filosofía. Cada vez que comienzo el semestre pregunto a mis alumnos si pueden nombrar asuntos relevantes que estudie la Ética. Sin falta mencionan temas como el aborto, la eutanasia, el trato que debemos darle a los animales, la discriminación. En ese momento algún muchacho suele quejarse de los lugares exclusivos para mujeres que hay tanto en el metro como en el metrobús: «eso es incorrecto», concluye. Conforme avanza el año escolar mis alumnos comienzan a entender la importancia para la vida de las mujeres que tienen esos espacios reservados para ellas. Aprenden que las personas tenemos intereses fundamentales y que los de cada uno de nosotros tienen la misma importancia. Nunca falta quien diga que los intereses propios son más importantes que los de los demás. «Claro”, contesto “esa es la impresión que nos da el hecho de que nuestra vida y los caminos que toma nos importa mucho más que el camino que toma la vida de un extraño. Pero esa no es una razón suficiente para justificar que desde un punto de vista imparcial nuestros intereses son más importantes que los de los demás».
Por desgracia los mexicanos no solemos pasar por clases de Ética. Nadie nos forma en asuntos centrales para la convivencia colaborativa, como entender la igualdad moral. Una cosa es que nos hagan repetir los artículos de la Constitución como merolicos «todas las personas gozarán de los derechos humanos reconocidos en esta Constitución y en los tratados internacionales»; otra distinta es entender las consecuencias que habría de tener en nuestra conducta aceptar una idea así, si hemos de ser consecuentes. Bien dijo Rousseau que la humanidad debe ser grabada en nuestros corazones y no solamente impresa en grandes tomos.
La diputada América Rangel no tiene ni idea de las implicaciones morales que tiene este tweet suyo: «Los derechos humanos son, precisamente, para los humanos. Los delincuentes son bestias que no merecen ninguna consideración». ¿Creerá de verdad que hay personas que son bestias? Si lo cree, en que clase de disonancia cognitiva vivirá para cumplir con la obligación que la constitución le impone a las autoridades: “de promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos de conformidad con los principios de universalidad, interdependencia, indivisibilidad y progresividad”. Imagínense no creer en algo y tener que promoverlo, respetarlo y protegerlo en el trabajo. Algo así como ser sacerdote y no creer en Dios. Lo bueno, diputada, es que decir burradas no la hace bestia. Y ya puestos, no olvidemos que hasta las bestias merecen algún tipo de consideración.

