En la industria de refinación estadounidense, el 2018 ha sido un año de contrastes. Por un lado, Motiva, de Aramco, continúa explorando planes de expansión por hasta 600,000 barriles diarios de capacidad adicional en su refinería de Port Arthur, Texas. Por el otro, Philadelphia Energy Solutions (PES), el complejo refinador más grande de la costa este de Estados Unidos, se declaró en bancarrota.

La discusión pública sobre la refinación en México —hasta ahora centrada en un extraño concepto de necesidad y viabilidad— está completamente rebasada para abordar un contraste de este tipo. Influenciados por nuestro pasado petrolero monopólico y monolítico, a cada rato perdemos de vista (me incluyo) que los negocios no son buenos o malos en lo abstracto ni en lo absoluto. Dependen de una serie de factores individuales, desde acceso y costo del capital financiero y humano hasta posición geográfica, configuración de activos, costos logísticos e integración de cadena de valor. También de su momento en el tiempo. Para Motiva, en Port Arthur, la refinación continúa siendo un buen negocio. Para PES, en Pennsylvania, lo llegó a ser; pero ya dejó de serlo.

El fenómeno no es exclusivo a la refinación. Como país, nos ha costado mucho trabajo entender que hay campos y plays que, por sus características particulares, Pemex no debería operar. En algunos casos, de hecho, nadie los debería operar; lo petrolero, por sorpresivo que pueda parecer, no es garantía de rentabilidad. Pero, regresando a Pemex, en muchos casos no sólo no tiene los recursos financieros, sino que no es el mejor para hacerlo. No se puede pretender ser competitivo en todo.

El concepto de right to win (derecho a ganar), que en el mundo de la consultoría se ha vuelto tan usado como un cliché, es una herramienta útil para pensar sobre esto. Es la forma “moderna” de preguntar dónde están tus ventajas comparativas, dónde deberías invertir para aprovechar una mayor probabilidad de ganar o agregar valor que tu competencia. Donde no la tengas, si no estás dispuesto a perder por mucho tiempo, mejor ni te metas.

Hay que separar en niveles: ¿México tiene derecho a ganar en refinación? Producimos bastante crudo y tenemos una demanda creciente por gasolinas, sí. Pero nuestro sistema nacional de refinación dista mucho de poder competir en escala y eficiencia con el de Estados Unidos, nuestro principal proveedor y competidor.

Hoy por hoy, tener acceso a una de las gasolinas más baratas del mundo (medida por costo de refinación) nos quita buena parte del “derecho” estructural que ser petroleros nos confiere.

¿Pemex tiene derecho a ganar en refinación? Igual que México, produce bastante crudo y sus gasolineras satisfacen buena parte de la demanda del país, así que parece tener una posición estratégica envidiable. Pero su sindicato es famosamente corrupto e ineficiente. Sus refinerías existentes, mal mantenidas y lejos de estar óptimamente configuradas, operan a una fracción de su capacidad. Queda poco claro que proyectos faraónicos de refinación de Pemex, que han generado notorios fracasos en el pasado, sean la mejor manera de utilizar su capital limitado.

¿Qué hay, entonces, de los privados? ¿Podría alguna empresa o consorcio privado especializado encontrar la combinación correcta entre estructura de capital, despliegue tecnológico, diseño logístico, posición geográfica y escala para poder competir y ganar desde el territorio mexicano? Los planes anunciados por algunos privados, de construir pequeñas refinerías modulares en nuestro país, apuntan a que sí, aunque justo la industria de refinerías modulares se ha vuelto famosa por plantear muchos proyectos y concretar pocos.

A estas alturas, sin embargo, debería ser claro que no es el punto si alguien lo puede lograr o no. El punto es que hemos actuado como si una nueva refinería no sólo fuera un derecho, sino uno por el que mereciera la pena luchar ciegamente. No lo hemos cuestionado lo suficiente.

Ojalá se ponga de moda hablar sobre el right to win energético. Ojalá empezáramos a pensar competitivamente. De lo contrario, no sólo no vamos a poder entender por qué Motiva crece mientras PES muere. Tampoco vamos a saber en cuál de los dos caminos estamos.

Qué desperdicio tener un nuevo modelo y seguir pensando como antes.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell