Me ha llamado la atención lo que el pasado fin de semana dijo el arzobispo de Canterbury, Justin Welby, después de la reina Isabel II, principal figura de la iglesia anglicana: “Jesús no era un hombre blanco”.

Si revisamos la iconografía de Jesucristo, veremos que casi siempre es representado como un hombre caucásico. Y aunque hoy en día, basados en criterios científicos, sabemos que no existen las razas humanas, y que clasificaciones como “ario” o “caucásico” no tienen fundamento, no deja de llamar la atención que, en general, la civilización occidental ha concebido a Jesucristo como blanco.

Considérese, por ejemplo, el Jesús de los “Legionarios de Cristo”: rubio, ojos azules, copiosa barba, nariz recta. Ese Cristo no podría ser, bajo ningún parámetro, un judío de aquella época. Esa imagen es profundamente racista.

El racismo –entendido no sólo como la doctrina o actitud que afirma la existencia de razas humanas, sino, peor aún, como la doctrina que postula la superioridad de una raza humana sobre las demás–, es un sinsentido. No tiene justificación científica.

Cuando un filósofo se ha aventurado a hablar sobre “razas humanas”, invariablemente termina diciendo un disparate. Aristóteles, al tratar la esclavitud, que justificaba como natural, hacía énfasis en que los griegos eran libres por naturaleza, de modo que, quien no era griego, era susceptible de esclavitud. Kant, en su ensayo sobre las razas humanas, afirma que los caucásicos son superiores; le siguen los amarillos, y luego, muy atrás, los negros. Hasta el fondo están los nativos americanos. Hegel, por no contener su boca, acabó diciendo otra pifia: “África no pertenece a la historia del Mundo... los negros no tienen sentido de personalidad, su espíritu duerme, permanece hundido en sí mismo, no avanza.”

Peor todavía que lo dicho por los filósofos, cierta interpretación teológica de Génesis 9, 20-27, resulta espeluznante. Según este pasaje, Noé, su familia, y las especies animales sobrevivieron al diluvio gracias a el arca que el patriarca tuvo a bien construir por instrucciones divinas –Dios tenía intenciones de acabar con el mundo–. Noé tenía tres hijos: Cam, Jafet y Sem. Cierto día, Noé bebió de más y quedó dormido y desnudo. Su hijo menor, Cam, lo vio. ¿Qué fue lo que Cam hizo a su padre, que le valió una horrible maldición? Rabinos y teólogos proponen una de estas tres posibilidades: 1) Cam sodomizó a su padre; 2) Cam castró a su padre; 3) Cam se acostó con una de las esposas de su padre. Cualquiera que haya sido el agravio, el caso es que Noé maldijo y abominó a Cam: sería el siervo y esclavo de sus hermanos. Desde la edad media, algunos teólogos y filósofos cristianos pensaron que había tres razas humanas, y que estas provenían de los hijos de Noé. Los blancos descendían de Jafet, los semitas de Sem, y los negros de Cam. La maldición de Noé se tradujo en la maldición de Dios sobre la raza negra, que desde entonces serviría a los blancos. Y esta interpretación fue muy común entre los devotos tratantes de esclavos de los siglos XVI a XIX. Misioneros, cristianos y católicos, enseñaron a los negros, durante la colonización africana en el siglo XIX, mientras les evangelizaban, que era deseo de Dios que ellos sirvieran a los blancos. ¡Y llegaron a creerlo!

Los racistas han tratado de justificar su postura desde la interpretación bíblica, la filosofía y la ciencia. La iconografía “aria” de Cristo ha sido una herramienta muy importante. Los descubrimientos de Darwin les sirvieron para “justificar científica y filosóficamente” la superioridad blanca, y sostener que los negros eran una sub-raza, y que, por tanto, los blancos tenían derecho a esclavizarlos. También sirvió a los nazis para justificar el exterminio de los judíos. Pero los descubrimientos de Darwin dicen otra cosa.

En “Descendencia del Hombre”, Darwin escribe que solo hay una especie humana, y que todos los hombres descienden de un ancestro común. En sentido estricto, no hay razas humanas; la actual ciencia (cfr. Vida, Naturaleza y Ciencia, Ganten Detlev, Taurus, p. 377) ya no las acepta. Expertos en biología y genética del Instituto Max Planck han concluido que genéticamente todos somos africanos: “La raza, en el sentido de las diferencias en el color de la piel, es vista desde la perspectiva actual como un fenómeno superficial sin la mayor importancia.” Acorde con estos avances científicos, la directiva 2000/43/EC del Consejo de la Unión Europea establece: “La Unión Europea rechaza cualquier teoría que pretenda establecer la existencia de razas humanas separadas.”

Valdría la pena recuperar las palabras del arzobispo Welby y reconsiderar la iconografía occidental de Cristo.

@VenusReyJr